martes, 30 de septiembre de 2008

Vladímir Ilich Uliánov y los choripanes

LA REVOLUTA – EPISODIO 17

Harina, tierra y pelusa se acumulaban en la panadería desde que Porchetto había regresado de la universidad. Nadie barría el lugar; nadie se lo propuso. Porchetto contaba que sus compañeros de facultad jamás limpiaban porque primero iba la causa y, si quedaba tiempo, el aseo. Incluso se bañaban poco, una o dos veces a la semana. Los pobres, decía, no tienen agua, y capaz que tampoco escoba. Debemos ser como ellos, sermoneaba. Ascetas como el Che Guevara. La limpieza es burguesa; la mugre, popular.

En circunstancias normales, Porchetito habría perdido toda la clientela de la panadería, pero Estación Alicia no vivía jamás circunstancias normales. Su padre, italiano anarquista, había construido buena fama al frente del negocio. Además, “La Espiga Roja” era la única panadería y, con tan poco abastecimiento y con la soja desplazando al trigo, nadie hacía pan en los hornos de barro de los fondos de las casas.

Porchetto veía en aquella dinámica una natural división del trabajo nada asquerosa y porcinamente capitalista. Cada uno en una función, aportando para todos. Una panadería, una verdulería, un bar, una escuela o algo que se le parecía. Las vacas están en el campo y el carro del matadero pasa una vez por semana para abastecer. Poco dinero, trueque seguro. Suficiente para todos. Ascetas como el Che Guevara.

Ahora el panadero comunista ocupaba el centro de la piecita, al fondo de la panadería. Lo acompañaban, a derecha e izquierda, Carlitos y Osvaldito, el chico de la verdulería. Los dos sentados con el respaldo al revés, adonde apoyaban brazos y mentones.

—Voy a dejar de lado que no cumplió con su primera orden, Camarada Trotsky —empezó el Comandante Marx, tragando la ofensa de la desobediencia.

—¿Por? —Carlitos Trotsky realmente pensaba que se había perdido algo.

—Vea por usted mismo —dijo girando para mostrar la habitación—. Nadie. Le pido que convoque a la gente y me viene con este chico. Este-chico-solo. Usted y él, nada más. ¿Qué es esto? —cruzó los brazos con los ojos rojos de furia contenida el Comandate Marx.

—Empecé por lo que tenía, ¿qué quiere? —respondió el otro con la sinceridad a flor de lengua.

—¿Debo entender eso como una rebelión? Ojito, che, ojito —se cabreó Porchetito Marx—. Esto no es moco 'e pvao. Es un asunto muy serio, carajo.

Entonces se silenció y caminó largamente en círculos. Los demás esperaban que dijera algo de inmediato pero el Comandante Marx prefirió cavilar y hallar calma para salir de la tribulación. Volvió a hablar después de tomar aire y de abrir las manos al cielo y llevárselas contra el pecho, como cerrando un chacra.

—Bué, olvídelo... —suspiró largo, expulsando el mal karma— Camaradas, esto es lo que tenemos... Como líder de la revolución me ocuparé de las decisiones tácticas y estratégicas. Ustedes tienen a su cargo la organización de la fuerza del pueblo. Trotsky... —dijo mirando a Carlitos.

El otro ahora no respondió: se había concentrado en las anotaciones del mapa sobre la mesa.

—Camarada Trotsky... —repitió Porchetito—. Le estoy hablando, camarada.

Ninguna respuesta; la misma actitud.

—¡Carlitos, por favor!

—¿Sí?... Uh, perdone, me distraje...

—¡Le pido que responda cuando lo llamo, che!

—Sí, sí, ya dije —volvió a excusarse el Camarada Carlitos Trotsky—, estaba distraído, otra vez perdone.

El Comandante apuntó con el índice a su lugarteniente: tenía cara de querer decir algo importante.

—La revolución no necesita distracciones, camarada —enfatizó.

El otro se explicó, como pidiendo nuevamente disculpas:

—¿Sabe? Pasa que, entre tanta cosa nueva, se me hace que se me va a ser difícil acordarme que me llama a mí cuando dice “Comandante Trotsky”... Yo siempre me llamé Carlitos.

El Comandate Marx trató de ser paciente.

—No me haga repetirlo que me canso con la calor... La revolución exige que cuidemos nuestras individualidades por el bien del colectivo. Por ende... ¿Ve? Ya ando repitiendo... Por ende, decía, sólo mantiene su nombre civil en público. Aquí es Trotsky; Carlitos es para afuera. Esto no está sujeto a debate y esperemos que sea la última vez. Un poco de disciplina, vamos...

Carlitos se declaró por vencido. Porchetito tenía razón; hacía demasiado calor para discutir.

—Está bien, tiene razón, camarada.

—¡Marx, Camarada Marx! —se sobresaltó el panadero, para quien un poco no era suficiente— Termine la idea, che: yo soy el Camarada Marx, usted es el Camarada Trotsky, y el muchacho...

El muchacho. No habían reparado en Osvaldito, el dependiente de la verdulería, que atendía la situación con los ojos abiertos como huevos.

—Puta... No había pensando en él... ¿Tiene algún nombre en mente? —dijo Marx, mirando a Osvaldito, que miró a Trotsky y éste a Marx.

—No hé de qué me ehtá hablando —respondió el chico.

—¿Perdone?.

—Que no hé...

Trotsky interrumpió:

—Camarada, el camarada... No tiene demasiado conocimiento... ¿cómo decir?.... eh...

—¿Teórico? —apuntó Marx.

—Sí, y de otros más. Me parece que va a tener que elegirle un nombre usted.

No era mala idea y era justo: por algo era el líder y era su revolución. Marx no tardó en responder.

—Bien, no es el nombre más apropiado y lo tenía reservado para otro momento y quizá otro líder, pero... En fin, no tenemos otra que rescatar al camarada Vladímir Ilich Uliánov.

Los otros se miraron. Carlitos Trotsky esbozó una sonrisa tímida. Osvaldito seguía con los ojos amplios, sin despegar la barbilla de la silla, como un perro adiestrado. Porchetito Marx notó la situación.

—Lenin, camarada. Lenin. El camarada será Lenin. Camarada Osvaldito Lenin.

Carlitos Trotsky respondió con júbilo, palmeando por encima de la mesa el hombro del otro, que seguía absorto.

—Así me gusta, che... Perdón, quiero decir: es una decisión acertada, comandante Marx.

—Faltaba más —se congratuló el panadero, y decidió darle más valor a la ceremonia dirigiéndose a su nuevo sosías—. ¿Quisiera usted decir unas palabras, Comandante Lenin, nuevo líder bolchevique de Estación Alicia?

Osvaldito Lenin dudó. En la cara se le plantó una sonrisa nerviosa y parpadeó mucho.

—¿Qué poddía decid? Bueno... —se acomodó el pantalón con ambas manos— ...Gdacias.

Porchetito Marx y Carlitos Trotsky esperaban una respuesta más amplia.

—¿Nada más? Hágase una declaración política, camarada... —insistió Porchetito.

—¿Uh?

Marx se dio por vencido; no tenía a los mejores con él pero tampoco tenía mucho más. Decidió olvidar el asunto, felicitó a Lenin por su nombramiento —el gangoso volvió a agradecer sin saber qué más decir— y entró de lleno en las misiones.

—¿Ya están claras, jefe? —se interesó el Camarada Carlitos Trotsky.

—Camarada o comandante; jefe no.... Hay una ya diseñada, y está a cargo de ustedes: la misma que no me cumplió antes.

El Comandante Marx despejó la harina acumulada sobre el plano e indicó un punto previamente marcado.

—Necesito que vayan a las estancias. Reclutamiento.

—¿E quién? —preguntó Lenin.

—La peonada. ¿Tengo que explicar todo? P-e-o-n-a-d-a. Ellos son la carne de nuestro Ejército Rojo. Ellos harán la revolución. Ellos son el pueblo, ¿me entiende? Y no hay revuelta sin pueblo, Lenin. Lo dicen todos los libros de historia, che.

—¿Y cómo hacemos? —se sumó Carlitos Trotsky.

—Usted no sólo que no me hace la tarea para el hogar sino que anda desvariado. ¿Se volvió tonto de golpe? A ver, ¿no recuerda el reclutamiento del Partido previo a la gloriosa Revolución del 17?

—No, pero debo, ¿no?

—Debiera. Es simple, no haremos un reclutamiento masivo sino selectivo. Lo mismo que le dije antes: necesito a los hombres más fuertes, los más ágiles y los más inteligentes. Nuestro poder estará en la claridad de pensamiento de la vanguardia y en la capacidad de comprensión de las masas populares.

—Aaah... —soltó Osvaldito Lenin.

—El trabajo requiere del esfuerzo comprometido, camaradas. Los necesito mañana trabajando a pleno allí. Tarea de base, ¿entienden? Y con una condición, recuérdela: no todos deben saber que la revolución está en marcha.

—Bueno, cuando lo llamé a Osvaldito no le dije para qué. Algo cumplí, Camarada Marx.

—Camarada o Comandante Lenin, no Osvaldito —reconvino el panadero—. Como sea, recuerden que en todos lados hay lobos traidores agazapados tras la piel de un cordero. Otras revoluciones nos han mostrado eso. El asunto es que me los traigan acá para una reunión. ¿Cómo? No importa mucho. Como sea, pero los traen.

—¿Cuántos? —intercedió nuevamente Carlitos Trotsky.

—Con diez estamos bien. Si consiguen una docena, mejor. Tampoco hay tantas armas y necesitamos formarlos durante un tiempo. Ése será el momento de la concientización. Allí veremos quiénes tienen pasta para la revolución y a quiénes desechamos por su falta de compromiso, valentía y claridad ideológica.

—Y la deunión, ¿cómo va a zed?

Carlitos Trotsky miró a Osvaldito Lenin, que había preguntado sin dejar de jugar con el pie sobre la harina del piso. No era una mala pregunta.

—Nosotros podemos venir porque masomeno sabemos, pero arrastrar gente no es fácil, camarada. ¿Cuál es la excusa? —insistió entonces Trotsky.

—Qué se yo, piense, viejo... Cualquier cosa... Una conversación, tomar una grapa... No sé. Evalúe, que para eso tiene puesta la cabeza sobre el cuello.

—¿Un asado?

—Lo que sea... —dijo Porchetito Marx— Pero si es asado que traigan la carne. Acá no hay nada. El pan lo ponemos nosotros. Pueden ser choripanes, mejor, que es menos esfuerzo.

—¿Y a qué hoga? —esa vez Osvaldito Lenin intervino dejando de jugar con el pie.

El Comandante Marx dudó: no había pensado en ninguna.

—Al mediodía está bien, ¿no?, porque si no perdemos el lunes. O no sé, esto de organizar es un poco complicado al principio. Si los pueden reunir a todos y traerlos juntos, a la hora que sea está bien... Al margen, Camarada Trotsky, ¿no tengo que repetirle la calidad secreta de la misión, verdad?

—En absoluto, para nada —dijo el otro, fingiendo seguridad.

—Actúe con tacto —insistió el panadero rebelde—. Observe a la gente, luego hable. Debe elegir con criterio.

—Así será, Camarada Marx.

Los tres se dieron las manos y luego, a pedido de Porchetito, se abrazon entre dubitativos y con la emoción contenida. No hablaron por unos segundos, hasta que Marx retomó.

—Camaradas, el Ejército Rojo ha dado su primer paso. A esta revolución no la para nadie.

Trotsky asintió; Marx sonrió; Lenin se pegó una bolita de mocos sobre el pantalón y dibujó una carita sonriente en el mapa enharinado. Pensó: harina, pan, chorizo. Le dio hambre.

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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Aire

LA REVOLUTA - EPISODIO 16

El té estaba bueno. Doña Margarita contó a Prasky que dejaba los saquitos usados al sol para que la hoja recupere sabor por aquello del infrecuente acceso a mercaderías nuevas. Lo mismo hacía con el café. Y con los jabones: reunía los pedacitos de la ducha hasta que sellaban las juntas.

Prasky se entretenía con las ocurrencias prácticas de la mujer masticando un pelón seco y dulzón. Estaba de mucho mejor humor desde que supo que una persona con vehículo, su salvador, descansaba en su pieza. Ya no pensaba en el pueblo, la maestrita o Lopes, al que apenas confirmase su partida pensaba pasar a saludar. El portugués bibliófilo le había caído bien.

De espaldas a la puerta, no vio a los peones de Giusti entrar al bar y escurrirse, pesados pero silenciosos y furtivos, hacia el cuarto del patrón. Por costumbre, sabía que estará allí si no conversaba con la señora.

Giusti respondió al llamado a la puerta de sus hombres y les ordenó que aguardaran. Los gordos se apostaron bajo el sol, firmes como pilares, sudados aunque imperturbables. El estanciero salió somnoliento y pasó entre ellos hasta el baño sin decirles palabra. Dos minutos después, sus pelos lucían húmedos y peinados hacia atrás y un pañuelo le rodeaba el cuello y escondía el lazo bajo la camisa.

—¿Qué hay? —inquirió cerrando la puerta del baño.

—No mucho, patrón. Todo tranquilo. Lo del fondo están empezando a cosechar y todo lo peone ‘tán trabajando.

—¿Y los de Buenos Aires?

—No vinieron entuavía... Dice uno ‘e lo capatace que podían iegá el lune o marte porque nuabía avión a la ciudá, y como sabían qui iovía por acá, mejor que no venían hasta dijpué.

El que hablaba era el gigante bigotudo que parecía alimentado con avena balanceada, kilos de matambre y vino barato. Tenía una cara inexpresiva, gorda, redonda, y manos de ordeñador o levantador de pesas, con dedos como salchichas. Miraba a su jefe evasivamente. No le sostenía la vista.

—¿Traen las semillas nuevas?

Volvió a hablar el gordo, el líder de la manada.

—No no ensupieron decí, patrón. Dicen que vienen con lo que usté pidió, nada má.

—¿Quién te lo dijo?

—En La Begonia, Don Iusti, el capatá...

—¿Y en las otras, las del sur?

—A la otra estancia no pudimo iegar. La F82 anda medio floja y el camino era un barrial. El capatá no dijo que eios intentaron pasá con lo cabaio aier y casi se le va uno al piso. Ni lo animale se quedan parao, don.

—¿Entonces?

—No sé, patrón. Usté diga.

Giusti pensó un segundo.

—Prueben ir igual —retomó—. Si no llegan, pasen la noche en La Begonia. El sol está calentando y para mañana va a estar más seco. ¿Está escurriendo bien para la laguna?

—No sabemo. Nadie ‘e la estancia cruzó pa’l otro lao. Si hay barrial é porque no hay agua. El único que pasó por ahi fue Dugoni con el Ión Dír. Debe sé por eso que quedó el piso muy movido, Don Iusti.

—Prueben. Si se mueve mucho, vuelvan a la estancia. Mañana pueden ir otra vez. Yo me quedo acá.

—Hecho, patrón.

El sol estaba alto y crudo, sin las nubes que lo habían ocultado por la mañana. Si no volvía a pasar el aguacero, al día siguiente los gordos podrían cruzar la laguna, traer el lote de semillas para preparar la cosecha de segunda y Giusti retornaría sin novedad a la ciudad. Hizo un último comentario que fue una orden implícita de urgencias —“Eso es guita, carajo: nNo puedo perder más tiempo en esta miseria”— y los gordos se retiraron.

El estanciero volvió por el pasillo al bar y vio a Doña Margarita sentada con un extraño. Se detuvo para no incomodar hasta que recordó que la mujer le mencionó al tipo del cuarto, el porteño. No podía ser otro que él —aun arrugado, nadie vestía así en el lugar— y retomó el camino para presentarse.

—No se levante —ordenó—. Bernardino Giusti, mucho gusto.

Prasky se incorporó igual y tomó la mano del viejo. La primera impresión: un tipo recio, seguro de sí, dueño de todo. Nota mental: sonríe sin sonreír y el tono de voz es impersonal.

—Ezequiel Prasky, qué tal.

—Don Giusti es del pueblo pero no vive aquí, joven —intervino la señora—. Es el hombre de la camioneta.

—Me he permitido utilizarle el cuarto para echarme un rato —secundó el estanciero, y otra vez la voz fue informativa, nada especial—. Espero que no le moleste.

A Prasky no le molestó. Le interesaba irse y, receloso o no, tenía ante sí al dueño del único medio posible. Mejor seguir el juego.

—Por favor, para nada... —exageró—. Total ya me voy, o eso espero —sonrió.

—Está de paso, claro —dijo Giusti, resoplando un poco, desinteresado de la conversación, con la mente sobrevolando la camioneta de sus gordos, adelantándose al camino, revisando los campos por los aires y calculando earnings, profits & cost/benefits.

—Más que eso, me quedé. Mi auto se desarmó cuando iba por el camino para la planta de Monsanto, a la que debía llegar ayer pero aun estoy a tiempo —lanzó Prasky—. Bueno, iba: me cambiaron el rumbo por diversión, parece. No ví un pozo y acabé en la zanja. Por lo tanto, aquí estoy, buscando cómo irme...

Por más que trataba de hacer entrar en confianza al tipo, forzando la amabilidad y la simpatía y suspendiendo frases inconclusas del aire, Giusti conocía esos juegos. El viejo disfrutaba sin que se le inflame una vena: había detectado la urgencia. Pero no dijo nada; le devolvió una sonrisa de compromiso —un espasmo milimétrico de la comisura del labio— y el silencio cayó del techo como una bolsa de papas gigante y explotó en el piso.

—Disculpe, señor... —se decidió entonces Prasky, como si intuyera que perdía toda oportunidad— Doña Margarita... ella me dijo...

—El joven necesita ir a la fábrica de semillas —dijo la anciana con decisión, comprendiendo la situación—. Yo le dije que usted estaba en la F82. Espero no haberlo comprometido, pero me imaginé que podía darle un tirón.

Giusti hizo una mueca, pero no por incomodidad o fastidio sino gozosa.

—Si pudiera —acentuó—, con gusto lo haría. Pero, ¿sabe?, la semillera queda lejos y, más importante que eso, no tengo con qué llevarlo. Justito se acaban de ir los peones para las estancias y no vuelven hasta mañana a la tarde o a la noche y eso si consiguen hacer unas diligencias. Realmente es una lástima, pero lamento no poder darle una mano, muchacho.

Para Prasky, la impersonalidad permanente de Giusti era un fastidio, pero no podía cuestionarlo o enfadarse. Su argumento era correcto, hablaba directo y seguro y no dejaba resquicios donde asirse. Lo había fregado; lo estaban dejando tirado en el campo por segunda vez.

—Bué, qué macana —se resignó—, pero igual le agradezco. ¿Sabe si hay otro modo de salir?

—No hay nada —dijo el canoso levantando las cejas, fingiendo resignación—. A no ser que venga el cartero... —tentó, mirando a la mujer.

—No, a ése le falta como un mes para llegar, si viene —respondió Doña Margarita.

Giusti volvió a su comportamiento impersonalmente diplomático.

—Lo siento, amigo, pero va a tener que quedarse un día más. Espero que pueda estar a gusto. En este pueblo no hay mucho pero la gente es de buen corazón y cálida. Seguro que podrán atenderlo —dijo, y se volvió hacia la señora, que se levantaba de su asiento—. Doña Margarita, ¿le va a quedar un cuarto libre hoy para pasar la noche? Con la peonada fuera me tengo que quedar y esto es más cómodo que la estancia. Allá debe estar lleno de gente por la cosecha.

—El único que está es el que ocupa el joven, don Giusti —informó apesadumbrada la mujer, girando sobre sus pies—. Yo...

—Que lo use, señora, no hay problema... —interpuso velozmente Prasky—. Yo sólo voy a bañarme. Lopes me ofreció una cama en su casa. Puedo ir para allá.

—¿Cama? La cama del gato será —corrigió la anciana.

—¿Del gato?... —Prasky se sorprendió: ya había soportado a Crimen y Castigo escurriéndosele entre las piernas, pero dormir en su lecho no le satisfacía; odiaba a los gatos— La que sea, total es una noche. Disponga, Giusti —dijo retomando el diálogo con el estanciero—. Yo sólo paso a buscar mis cosas para que pueda estar tranquilo.

—Le agradezco —respondió impersonalmente el otro.

—No hay nada que agradecer —dijo seco y cortante Prasky, dejando ver por primera vez algún enfado—. Permiso.

Hizo un gesto indicando hacia el pasillo, dio la mano al hombre y saludó a Doña Margarita. Apenas hubo traspuesto la puerta del bar hacia el patio, el estanciero se sentó con la señora a la mesa que antes ella ocupaba con el porteño.

—Monsanto no queda de paso —sentenció, imperturbable.

—No... —dijo la mujer, adquiriendo el mismo tono que Giusti, como si sus conversaciones requirieran de un convenio coral—. Parece que se lo encontró a Chanquía en la ruta y él lo mandó para este lado. Sabe cómo es.

Giusti se rió socarronamente.

—Negro de mierda. Mire que hacerlo perder al divino botón... ¿Pudo hablar algo con él?

—Poquito. Estuvo casi todo el día en la biblioteca.

—¿Con Lopes?

—Sí, parece que la charla estuvo entretenida porque llegó hace unos minutos.

Giusti provocó un instante de silencio, suspendiendo los ojos. Levantó el índice e hizo gala de su desconfianza genética:

—El que pasa por lo de Lopes y se queda es por algo —dijo—. Lopes es raro para este lugar. No coincide, no sé qué hace aquí.

Doña Margarita le conocía las mañas. Lopes no tenía ninguna importancia y ella sabía que Giusti lo sabía pero el viejo era territorial: ese pueblo era suyo.

—No tiene dónde ir, don Bernardino —reconvino suavemente.

—Cuento chino, Doña Margarita, cuento chino —dijo con más firmeza el otro—. Ya sabe, la verdad es que siempre me intrigó saber de ese tipo, aunque no es algo que me ocupe la cabeza. En fin —golpeó las manos en un solo aplauso, relajándose y relamiendo anticipadamente la respuesta a la pregunta:— ¿va a hacer algo de comer para esta noche?

—Sopa de verduras, pensaba. Pero no sé qué quiera usted.

A Giusti le gustó la idea.

—Ya que abrió el juego, si tiene una gallinita pa’ pucherear, me prendo. ¿Hay?

—Siempre. Sólo tengo que comprar un poco de pan.

El viejo alzó las manos, todo un Pilatos, excusándose.

—No me pida que vaya yo. Si Lopes es raro, el de la panadería es un marciano.

—Ay, Don Bernardino, usted es muy desconfiado... —se quejó la dama— Son buenos chicos. Un poco cerrados, eso sí, pero usté sabe cómo es la juventud. Viven acá desde hace años. Nunca han hecho locuras de las que haya que lamentar mucho.

—¿Cómo que no? —se extrañó Giusti— ¿No apoyaron a Saldaña con lo de la luz?

—Eso pasó hace tanto.

—¿Y lo de la semillera? —insistió.

—Travesuras de muchachones... Vea, ya hemos hablado de esto muchas veces y no le veo el sentido a que se preocupe por tan poca cosa —cortó la mujer.

—Tiene razón, pero no sé, no sé... —el viejo miró por la ventana y señaló a un lugar vació en la plaza— De no ser por usted... Vengo acá y por algo siempre me tensiono. O es el campo o no sé qué carajo. A lo mejor es el aire.

—El aire acá es bueno —corrigió suavemente la mujer, con una sonrisa, tratándolo como a un niño enojoso.

—No, Doña Margarita, no —dijo Giusti, con un tono más grave—. El aire de este pueblo es más raro que la mierda, qué no... No se olvide que nací acá. Llevo al pueblo en la sangre, carajo.

—Pero no vive acá.

—Por eso mismo me doy cuenta. Si no me hubiera ido a lo mejor terminaba como el loco del panadero o gastando plata en boludeces como Lopes. Debe ser porque están medio aislados que se les cruzan las ideas. Al final, van a terminar todos pensando igual, todos con el culo al norte.

La señora movió una mano como disolviendo la idea en el aire. Exageraba.

—¿Ah, cómo que no? —insistió el estanciero— ¡Ahí tiene al panadero!

—Sí, eso, el panadero, que es adonde tengo que ir porque si no usted no me come nada esta noche... —la señora le golpeó el pecho con el dedo índice: volví a retar al niño crecido, al hijo o a un nieto y Giusti comprendió.

—Vaya nomás, que el pan es sagrado —sonrió, y volvió a escupir mordacidad—: Pero ande con cuidado, que no me la contagie. El panadero debe ser el que más contamina el aire.

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jueves, 18 de septiembre de 2008

Salvador

LA REVOLUTA – EPISODIO 15

Cuadro claro. El Gordo Saldaña dejó al pueblo sin luz por la huelga. Nadie más pudo con la energía y todos se fueron dejando estar. El valor de la electricidad se fue al olvido, el pueblo se vació y nadie más llegó, excepto la maestrita.

Prasky repasaba el cuento de Lopes con cada paso hacia el hostal de Doña Margarita, apenas interrumpiéndose para quitarse el sudor del rostro y remover la camisa fusionada al torso. La plaza todavía seguía con manchones de agua pero el sol ya había secado el barro de las calles y endurecido la tierra de las veredas. A cambio de ese favor, quemaba la piel y hacía de la humedad un pegote asqueante.

Quien más lo intrigaba era el tipo de la radio, Raimundi. En condiciones normales se hubiera cuestionado cómo teniendo el artefacto y con posibilidad de escuchar noticias, el verdulero no mantenía al pueblo informado. Más aun, siendo el único mediador con la modernidad y el paso del tiempo, era absurdo cuando no inconcebible que no utilizase sus contactos con el mundo para acercar una solución. Pero ese pueblo no vivía en condiciones normales y el verdulero Raimundi no era ajeno a esa extravagancia: sus contactos no eran otra cosa sino personas extraviadas, aficionadas a historias extraterrenas. Perseguidores de ovnis, le había dicho Lopes. Nada salvador podía salir de allí.

Los otros personajes daban aun más pintoresquismo a Estación Alicia. Los empleados del verdulero, el gangoso y el huérfano. Doña Margarita, toda paciencia. El panadero comunista, un sujeto que Lopes le recomendó conocer, revoltoso pero sin muchos seguidores. El bibliotecario tampoco habló mucho de Giusti, el terrateniente que solía visitar el pueblo para atender sus negocios telúricos, y poco más contó del hijo de Saldaña, a la sazón, el gordo que dormitaba sobre el plato en el bar.

Y luego estaba la maestra. Joven y venida de la ciudad, era la única persona con quien él, se dijo Prasky, podría encajar. Eso si a ella no se le habían fulminado también los fusibles.

—Qué calor de mierda, la gran puta.

Una frase del bibliotecario sobre la muchacha le quedó girando en la cabeza: Ana no duerme. El periodista habría querido preguntar sobre los motivos de esa afirmación. Le intrigó que anunciara su condición bajo el título exacto de su canción preferida de Luis Spinetta. El viejo no debía saber nada del Flaco y la coincidencia era extraña, pero lo dejó ir. Lopes ya había cambiado de tema y tampoco su urgencia por saber era extrema.

En cualquier caso, se iría del pueblo minutos después de descubrir cómo regresar al Fiat y siempre que tuviera un alma generosa presta a repararlo o llevarlo lejos del caserío. Al final del día, se decía, no volvería a saber de la maestra. Por alguna razón, estaba confiado en que esa misma tarde de sábado dejaría Estación Alicia. No le había creído al gringo del tractor: era imposible que sólo él volviera por Estación Alicia y nada mens que en quince días. No, definitivamente eso no podía ser.

Prasky, por supuesto, estaba equivocado.

—Si al menos hubiera un cachito de viento.

Llegó a la vereda del bar con los zapatos grises de barro seco y estaba a punto de limpiarse cuando vio a Doña Margarita haciéndole una seña por la ventana. Que pase, que no se preocupe, que es puro barro, muchacho, que para qué se va a molestar, entre, entre, que siempre se ensucia el piso...

—...Dígame, ¿cómo la pasó con el bibliotecario?

—Bien, una charla interesante. La verdad que tienen... ¿cómo decirlo?...Una galería de personajes ilustres... Kafkianos, le diría, aunque no quiero entrar en un lugar común.

Ilustres. Kafkianos. Los ojos de la anciana le devolvieron la respuesta: ¿de qué diablos hablaba? ¿Qué había estado pensando? ¿A quién le decía eso, como si alguien además de Lopes supiera lo que eso pudiera significar? Bueno, la maestra, quizá Ana. Claro, cómo no.

—Venga, joven, siéntese que le voy a preparar un tecito o unos mates.

—Le agradezco, señora, pero preferiría ir al cuarto a revisar mis cosas. Quizá el celular ya se secó y pueda hacer una llamada.

—¿Celular? ¿Como el de...?

—Sí, celular... —Prasky no dejó terminar a la mujer, que estaba a punto de mencionar a Giusti y su propia línea inalámbrica— ...Bueno, es un teléfono como los que tienen acá...

—Aquí hay solo dos. Uno a manija y otro con disco pero ninguno funciona. ¿No le dijo don Lopes? Mire que entre tanto libro anda siempre medio entre las nubes.

—Seguro. Bueno, pero no me refería a esos teléfonos... Éste funciona sin cables y sin operadoras. No me explico cómo andará sin luz por aquí, pero... —Prasky miró a la señora otra vez y volvió a descifrar que hablaba para sí mismo— En fin, es difícil de explicar. Aquí llevan mucho tiempo sin noticias.

—Noticias hay —retrucó Doña Margarita—. Don Lopes recibe el diario y a veces nos ha contado, pero yo no creo mucho. La verdad, nadie cree mucho, porque cuentan cosas que vaya a saber uno si son verdaderas.

—Nunca es bueno creer todo lo que dicen los medios dicen —dijo para salir del paso—. Ahora, si me disculpa, paso al cuarto...

—Ay, no —se sobresaltó la mujer—, quédese. Tengo que presentarle a alguien que a lo mejor lo ayuda. Está atrás. Es Don Giusti, que tiene campos por acá. Él vive en la ciudad y cada tanto se da una vueltita a ver la cosecha y hoy se llegó con la F100, la camioneta.

—Ah, perfecto. ¿Viene enseguida?

—Se fue a recostar un ratito; espérese que se lo llamo.

—No, déjelo dormir. Espero, no hay apuro.


Qué curioso: nada más habían transcurrido segundos desde que se dijera que ese pueblo se secaba irremediablemente y sin noticias y a él le tocaba recibir la buena nueva: el tipo de la pick-up podía ser el rescatador de su naufragio.

“El salvador”, se dijo, y supo reconocer de inmediato el valor imperativo de la palabra. La había pensado cuando, camino al bar, pensaba en el verdulero Raimundi y el potencial redentor de su radio. Y volvía a ella ahora, con Giusti, diciéndose que, en realidad, si nada salvador tenía el pueblo en su propia gente era porque ya nadie pensaba allí fuera de la jaula mental del naufragio en el mar de soja, una cautividad soldada barrote a barrote, día tras día, por años y décadas. Él, más práctico y con el cerebro sin óxido, no se permitiría eso. Salvador, él sí quería un salvador.

Se relajó y aceptó el té de la mujer.


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miércoles, 10 de septiembre de 2008

El dueño del pueblo

LA REVOLUTA – EPISODIO 14

A medida que la mañana se agotó y el cielo mantuvo el capote, al día le subió el mercurio y ya nada detuvo la queja de los benteveos. Habían chillado desde temprano, acompañando el movimiento de las nubes, pero recién les ganó el nervio por el agua segura a la hora del almuerzo, cuando las chicharras batieron duro y parejo: el aguacero sería nocturno, decretaba el cricrí infinito, y así se ahogaría el sábado.

Para el momento en que la siesta empezó a bostezar, el ambiente estaba bien caldeado al vacío y, de tan espeso, el aire había sumido a los pájaros en un trino perezoso e indolente. Excepto, claro, a los benteveos, que eran un escándalo. Mientras conversaba con Lopes y aunque la casa mantenía alguna frescura, a Prasky el calor se le volvió un aceite que lo arrastraba de las narices para recordarle la incómoda atmósfera de Buenos Aires. Más de una vez se preguntó si en Estación Alicia todos los días se sucederían así. Hastiados de ser días, con las horas derretidas y con la banda sonora en estéreo de esos pajarones amarillos y negros como taxis.

Al mediodía, sin contar las chicharras, el pueblo entero sucumbió al sopor y a Prasky, que ya agotaba su estadía con Lopes, se le dio por pensar hondo. En esos momentos y en todo el mundo, se decía, los caseríos pequeños se silencian de tal modo que la atmósfera parece el anticipo del fin o de otra fatalidad, quizás de rango menor pero igualmente inevitable. Quizá ese aire acuático no fuera más que los últimos hálitos de los que se habían despedido año tras año del pueblo. Las almas, libres al fin del cuerpo, podrían vagar a mejores lugares, pero tal debía ser la condenación terrenal acumulada que nunca terminaban de despegarse del terruño. Entonces acababan morando en ese purgatorio, montando una campana intocable sobre el caserío, convertidas en el aire que respiran los pulmones de los habitantes. Gente que respira muerte.

Por eso nadie queda en las calles a tales horas, cuando es mejor almorzar o preparar la siesta, en parte para descansar, en parte para olvidarse de la soledad de un amontonamiento de cuerpos que se saben encaminados a un destino irremediable. O quizá la siesta sea la antesala misma de ese fin, una convocatoria a esa muerte. Ese tipo de ausencia era especialmente evidente en Estación Alicia. Apenas traspuesto el mediodía, sus calles se vaciaban de los pocos que las transitaban y el pueblo, como si no tuviera suficiente, adquiría un rasgo fantasmal todavía más decidido.

***

Entre el vacío y la siesta se dieron maña para ensordecer la llegada de la F-100, que entró al pueblo mansa, como si flotara regulando el motor. La conducía un criollo grueso que tenía en la cara un bigote tan grande que poco más le cubría ambos labios. Otros dos grandotes iban sentados en la caja trasera de la camioneta. Eran estatuas inconmovibles y pesadas. Si viajasen solos los tres desentonarían sobre la pick-up flamante, impropia para esos cuerpos, rostros y gestos. Sobre el vehículo los morochos no podrían ser más que salteadores de caminos, cuatreros o narcotraficantes.

Pero no eran ni una ni otra cosa gracias al cuarto hombre, un anciano infinito de cara color rojo tomate. El hombre contrastaba. Llevaba una camisa blanca y un chaleco de cuero que le caía a ambos lados de un vientre breve. La prenda combinaba con el jean y los zapatos marrones de descarne. Al vestido añadía el porte, que le daba una cierta prestancia. No costaba reconocer que era el jefe de los gorilas.

La F-100 rodeó lentamente la plaza y se detuvo frente al bar de Doña Margarita. Los criollos saltaron de la caja con una agilidad inesperada que no impidió que las panzas les rebotaron sobre las piernas como pelotas de playa. El hombre blanco, el patrón, abrió la puerta con delicadeza y caminó lentamente hasta la vereda de ladrillos, anticipado por los monos. El movimiento de los tres fue tan sincronizado que para el momento en que el viejo llegaba a la puerta ésta ya estaba abierta y los tenía a ellos desplegados a ambos lados.

De pie frente al mostrador, Doña Margarita sonrió con suavidad al ver acercarse al canoso. Prestamente le puso en la mano una copita de grapa.

—Buenos días, Don Bernardino.

—Mejores para usted, Doña Margarita.

El saludo no inició conversación alguna. El viejo y la vieja nada más fueron avanzando a paso lento para que el calor no los abrace y se sentaron en silencio a una mesa de la zona oscura y fresca del bar. Don Bernardino bebía y Doña Margarita tejía al croché una mantilla de hilo de algodón. En la sala, apartados, los gordos asistían de pie a la ceremonia, descansando las manos entrecruzadas sobre la bragueta de los pantalones. Bajo el mentón les sobresalían unas papadas hinchadas más propias de morsas que de humanos.

Bernardino Giusti era el dueño del pueblo. Sus cinco mil quinientas hectáreas aislaban del mundo la carcasa descascarada de Estación Alicia. Además de él, unos pocos gringos tenían propiedades en esa llanura tórrida. Como la mayoría con un par de ideas de futuro, había dejado de producir sus tierras tiempo atrás y elegido la comodidad de una ciudad para mudar a la familia. Los campos ahora estaban alquilados a varios consorcios de siembra propiedad de fondos de inversión norteamericanos, argentinos y australianos que proveían a Giusti una renta rica en verdes.

El gordo bigotudo permaneció a la cabeza de los capataces cuando todos pasaron a trabajar bajo las órdenes de los inversores, pero Giusti, que conocía de sobra el mecanismo para arrear sus fidelidades, los había comprado y puesto otra vez a su servicio. Los gorilas, ahora espías de potrero, mantenían informado al estanciero sobre la situación de cada campo, hectárea y quintal. Así fue como una vez descubrió que a uno de sus terrenos, rentado para soja, lo estaban devastando con vacas y toros. Donde antes había un frondoso trigal dorado, el inquilino levantó corrales para engordar Hereford y criar reproductores que llevaría a la Feria de Palermo.

A Giusti no le enfadó que el terreno se apisonara por el trasiego vacuno. Al final de cuentas, la bosta de los animales abonaba igual la tierra y con cuidado y barbecho recuperaría la cama para siembra. Su indignación nació porque le ocultaran las razones verdaderas del alquiler y, peor, porque quisieran hacer dinero a sus espaldas, dejándolo fuera del negocio de campeones sin siquiera consultar su interés. Sucede que el estanciero, con años de ojear el campo, sabía que cualquier toro era un semental en potencia en Estación Alicia. Allí los animales carecían de estrés. Sus únicas preocupaciones eran las víboras y rayos, algo que ya viene incorporado en los genes de todo bicho campero. Como si las bestias estuvieran dotadas de un conocimiento ancestral, sabían que en ese páramo humano había espacio de sobra para pastar, engordar y cogerse a todas las vaquillonas.

Giusti arrió a sus gordos y fue tras los ganaderos. Los tipos, dos texanos, un brasileño y tres argentinos, los recibieron con un comprensible nerviosismo. El empaque de la criollada que secundaba al estanciero asustaba sólo con la presencia y más si, como en ese momento, iba acompañada de otros cinco monumentos elevados y anchos como gorilas de mil quinientos kilos.

A Giusti no le costó tiempo revelar la maniobra y exponer los riesgos a que se enfrentaban los inquilinos por el engaño. Riesgos que, dijo suavemente, comenzaban con la suspensión del contrato y su protesta
judicial. Pero como era un hombre razonable no tomaría ninguna acción hasta escucharles —y fue enfático al decirlo— razones convenientes y convincentes. Los extraños comprendieron que sería difícil engañar a Giusti otra vez pagando dos por un negocio de ocho porque el viejo no era zonzo, conocía bien el paño y tenía a ocho monos con puños como maletas sosteniéndole las espaldas.

Por supuesto, no fue necesario que nadie levante la voz y y Giusti se fue de allí antes de caer el sol con un nuevo y ganancioso contrato. Al poco tiempo, el gringo obtuvo su primera cucarda en la categoría Reservado de Campeón Macho con “Pasmado”, un torazo de cinco años, seiscientos kilos de peso y propietario de dos bolsas testiculares que hicieron historia en Palermo, Curitiba y los rodeos de Kansas.

***

—¿Otra vez por los campos, Don Bernardino? —interrumpió Doña Margarita sin abandonar su tejido.

—Otra vez —respondió el tipo y levantó la copa.

La señora lo sabía; no era una señal para ella pues uno de los peones llegó, callado y marcial, pisando pesado con los tacos de las botas, con la botella. La ceremonia de la grapa y el tejido eran parte del ritual de Giusti en el pueblo. A la segunda vuelta de trago, que ocurría en ese momento, los gordos sabían que era momento de montarse a la F-100 y salir de gira por las cercanías.

Mientras los capataces recorrían las estancias en busca de novedades, Giusti no se movía de Estación Alicia. Iba a las propiedades sólo si sabía del arribo de un directivo de los fondos o si tenía algún caso extremo que requiriese de su intervención personal, como el episodio que le entregó la potestad de las pelotas de “Pasmado”. Lo normal era que su rutina prosiguiese en el mismo bar y hostal con una comida liviana preparada por Doña Margarita. Luego se quedaba un par de horas en silencio apostado en una de las mesas de la ventana o conversaba un poco con la anciana.

Por la tarde llegaba un trío de paisanos, chupados como momias, para jugar a los naipes. Pasaban de la mosca al tute, del tute al truco y a la escoba, el chinchón, el veintiuno o el culo sucio. El truco absorbía la mayor parte del tiempo y era el único juego al que Giusti le ponía emoción. Al fin de cuentas, se trataba de engañar y mentir a los otros, compañero incluido.

Si las lluvias repentinas retrasaban la inspección de los predios, los gordos mantenían a Giusti alerta por teléfono celular, un adminículo que despertaba la extrañeza de Doña Margarita. Si tal retraso ocurría, Don Bernardino disponía de una habitación donde pasar la noche en el hostal.

Pero aquel era un día atípico. Giusti no había llegado a la Estación sobre el mediodía, como era su costumbre, sino al final de la siesta. Y si bien había llovido bastante en los días precedentes y eso con absoluta certeza demoraría a sus hombres, tenía resuelto regresar a la ciudad esa misma noche. Además, aunque él no lo sabía, el último cuarto disponible lo ocupaba un extraño, Prasky.

A poco de concluir el almuerzo, el celular del gringo comenzó a vibrar sobre la mesa. Doña Margarita se alejó para levantar los trastos y calentar agua. Los capataces informaron que avanzaban más rápido de lo esperado. Tenían ya los reportes de cinco fraccionamientos y obtendrían pronto los cinco restantes. Quizás, si los guadales no estaban demasiado inconsistentes, en un par de horas. Conforme, Giusti les ordenó que volvieran por él cuando hubieran concluido. No se quedaría en la Estación.

—Disculpe, Doña Margarita —se disculpó el estanciero mientras la señora le acercaba un té de tilo—, tengo que volver sí o sí. Si queda algo por hacer, regreso mañana. Pero lo dudo.

—Vino tarde hoy.

—Me demoré en la ciudad. Mucho trabajo.

***

Giusti era nieto de una familia de piamonteses llegada a Argentina hacia fines del siglo diecinueve. Su familia, originaria del Cuneo, siempre se había relacionado con italianos emigrados o con sus hijos, algo común en los primeros tiempos de la Gran Inmigración al país, cuando la aristocracia criolla veía a los gringos, como los llamaban, con mala cara. Les preocupaba que contaminaran sus formas y modo de ser, conseguido, decían ellos, con esfuerzo y sangre. Puestos ante lo inevitable y dada la necesidad de mano de obra de un territorio tan vasto, los preferían en el interior más que en las ciudades. Y si, era factible, en el interior del interior del interior.

Por supuesto, los gringos tenían lo suyo pues la ralea también era asunto de su inquietud. Ponían tanta preocupación en sus campos como porque las niñas no se les cruzaran, antes que nada, con morochos, y menos que menos, con criollos pobres. Para los criollos sin casta, finalmente, los gringos eran unos brutos que hablaban atravesado y pecaban de una ingenuidad casi infantil frente a su viveza bien entrenada a punta de duelos verbales permanentes.

Así, quien más, quien menos, todos mantenían su coto y Giusti creció enmarcado por esa segregación silenciosa. Su abuelo, su padre, sus tíos, tías y hermanos se habían casado con descendientes de gringos de mofletes colorados, rechonchos o regordetas desde que el tiempo era tiempo, primero en Italia y desde hacía tres generaciones en Argentina. Pero los tiempos habían cambiado y, como suele ocurrir, las fronteras acabaron rebasadas por el contacto frecuente. Los hijos de Giusti, sin ir más lejos, ya no temían la cruza. De hecho, eran de los primeros en entreverarse en los bailes pueblerinos indistintamente con las más seductoras criollas de cabello azabache y las brillantes gringuitas rubias de ojos celestes.

Les daba lo mismo: Argentina se había devorado a la Gran Inmigración sin que Don Bernardino, empeñado en mantener las formas, pudiera parar el río. Para él seguía sin ser la misma cosa gringo que criollo como, propiamente, tampoco lo era el gringo rico y aquel con los bolsillos raídos. Su filosofía sólo hacía espacio para alguna idea más amplia cuando se trataba de señoras mayores. Para ellas, cualesquiera fueran, tenía idéntico trato de caballero. Quizá fuera algún refinamiento adquirido con el tiempo, quizás compasión o simple galantería pero nadie conocía con certeza la razón para ese comportamiento. Los pensamientos de Giusti eran granito impenetrable.

Excepto para Doña Margarita, quien poseía la cualidad, aun sin deliberación, de imponer el relajamiento inmediato de quien conversaba con ella. Eso, por supuesto, también le cabía a Giusti.

—¿Problemas, Don Bernardino?

—No —dijo Giusti, aun en la mesa, saboreando el té y mirándola con una media sonrisa cariñosa—. Nada más estoy un poco cansado.

—También con la lang="es-ES"> calor que hace...

—Demasiado. ¿Le molestaría si me tiro un ratito en la pieza?

—Déale nomás —autorizó la mujer—. Total, no hay nadie. El muchacho de Buenos Aires anda por ahi.

—Gracias.

Giusti se irguió y separó la silla de la mesa. Tomó el chaleco que se había quitado al llegar y mientras lo doblaba sobre su brazo una chispa en su cerebro le hizo notar que algo no encajaba. Se detuvo.

—¿“Muchacho de Buenos Aires”? —dijo, entrecerrando los ojos.

—Sí, el de afuera, el periodista.

Giusti estaba sorprendido. ¿Muchacho de Buenos Aires? ¿Periodista? ¿Allí, en esa clase de lugar?

—No sabía que había gente, así que mejor no —se excusó—. No quiero incomodar. Me quedo por acá, no se preocupe.

—Pero, no, hágame el favor, Don Bernardino... —reaccionó la señora, levantándose también de la silla y tomando al estanciero de un brazo para detenerlo— Usted tiene más derecho, es de la casa, caramba. Además, no sé cuándo vuelve. Está en lo de Don Lopes, en la biblioteca.

—Pero vuelve —insistió Giusti.

—Sí, tiene un bolsito acá todavía...

—Entonces, discúlpeme, pero prefiero quedarme aquí, conversando con usted. En serio, sería muy incómodo que llegue y me encuentre recostado en su cama.

El viejo lo dijo honestamente. No le gustaba invadir ni ser invadido, por eso de mantener las formas y la educación.

—No, qué va a entrar —insistió Doña Margarita—. Hasta me dejó la llave de la piecita cuando salió. No entiendo, ha de ser costumbre de la ciudad.

Giusti sonrió. Estuvo a punto de seguir preguntando pero le pareció indiscreto y, en verdad, necesitaba más echarse en la cama que proseguir una conversación sobre un desconocido. Aceptó la llave, se despidió de Doña Margarita y desapareció por el pasillo hacia el cuarto de Prasky.


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