Vladímir Ilich Uliánov y los choripanes
LA REVOLUTA – EPISODIO 17
Harina, tierra y pelusa se acumulaban en la panadería desde que Porchetto había regresado de la universidad. Nadie barría el lugar; nadie se lo propuso. Porchetto contaba que sus compañeros de facultad jamás limpiaban porque primero iba la causa y, si quedaba tiempo, el aseo. Incluso se bañaban poco, una o dos veces a la semana. Los pobres, decía, no tienen agua, y capaz que tampoco escoba. Debemos ser como ellos, sermoneaba. Ascetas como el Che Guevara. La limpieza es burguesa; la mugre, popular.
En circunstancias normales, Porchetito habría perdido toda la clientela de la panadería, pero Estación Alicia no vivía jamás circunstancias normales. Su padre, italiano anarquista, había construido buena fama al frente del negocio. Además, “La Espiga Roja” era la única panadería y, con tan poco abastecimiento y con la soja desplazando al trigo, nadie hacía pan en los hornos de barro de los fondos de las casas.
Porchetto veía en aquella dinámica una natural división del trabajo nada asquerosa y porcinamente capitalista. Cada uno en una función, aportando para todos. Una panadería, una verdulería, un bar, una escuela o algo que se le parecía. Las vacas están en el campo y el carro del matadero pasa una vez por semana para abastecer. Poco dinero, trueque seguro. Suficiente para todos. Ascetas como el Che Guevara.
Ahora el panadero comunista ocupaba el centro de la piecita, al fondo de la panadería. Lo acompañaban, a derecha e izquierda, Carlitos y Osvaldito, el chico de la verdulería. Los dos sentados con el respaldo al revés, adonde apoyaban brazos y mentones.
—Voy a dejar de lado que no cumplió con su primera orden, Camarada Trotsky —empezó el Comandante Marx, tragando la ofensa de la desobediencia.
—¿Por? —Carlitos Trotsky realmente pensaba que se había perdido algo.
—Vea por usted mismo —dijo girando para mostrar la habitación—. Nadie. Le pido que convoque a la gente y me viene con este chico. Este-chico-solo. Usted y él, nada más. ¿Qué es esto? —cruzó los brazos con los ojos rojos de furia contenida el Comandate Marx.
—Empecé por lo que tenía, ¿qué quiere? —respondió el otro con la sinceridad a flor de lengua.
—¿Debo entender eso como una rebelión? Ojito, che, ojito —se cabreó Porchetito Marx—. Esto no es moco 'e pvao. Es un asunto muy serio, carajo.
Entonces se silenció y caminó largamente en círculos. Los demás esperaban que dijera algo de inmediato pero el Comandante Marx prefirió cavilar y hallar calma para salir de la tribulación. Volvió a hablar después de tomar aire y de abrir las manos al cielo y llevárselas contra el pecho, como cerrando un chacra.
—Bué, olvídelo... —suspiró largo, expulsando el mal karma— Camaradas, esto es lo que tenemos... Como líder de la revolución me ocuparé de las decisiones tácticas y estratégicas. Ustedes tienen a su cargo la organización de la fuerza del pueblo. Trotsky... —dijo mirando a Carlitos.
El otro ahora no respondió: se había concentrado en las anotaciones del mapa sobre la mesa.
—Camarada Trotsky... —repitió Porchetito—. Le estoy hablando, camarada.
Ninguna respuesta; la misma actitud.
—¡Carlitos, por favor!
—¿Sí?... Uh, perdone, me distraje...
—¡Le pido que responda cuando lo llamo, che!
—Sí, sí, ya dije —volvió a excusarse el Camarada Carlitos Trotsky—, estaba distraído, otra vez perdone.
El Comandante apuntó con el índice a su lugarteniente: tenía cara de querer decir algo importante.
—La revolución no necesita distracciones, camarada —enfatizó.
El otro se explicó, como pidiendo nuevamente disculpas:
—¿Sabe? Pasa que, entre tanta cosa nueva, se me hace que se me va a ser difícil acordarme que me llama a mí cuando dice “Comandante Trotsky”... Yo siempre me llamé Carlitos.
El Comandate Marx trató de ser paciente.
—No me haga repetirlo que me canso con la calor... La revolución exige que cuidemos nuestras individualidades por el bien del colectivo. Por ende... ¿Ve? Ya ando repitiendo... Por ende, decía, sólo mantiene su nombre civil en público. Aquí es Trotsky; Carlitos es para afuera. Esto no está sujeto a debate y esperemos que sea la última vez. Un poco de disciplina, vamos...
Carlitos se declaró por vencido. Porchetito tenía razón; hacía demasiado calor para discutir.
—Está bien, tiene razón, camarada.
—¡Marx, Camarada Marx! —se sobresaltó el panadero, para quien un poco no era suficiente— Termine la idea, che: yo soy el Camarada Marx, usted es el Camarada Trotsky, y el muchacho...
El muchacho. No habían reparado en Osvaldito, el dependiente de la verdulería, que atendía la situación con los ojos abiertos como huevos.
—Puta... No había pensando en él... ¿Tiene algún nombre en mente? —dijo Marx, mirando a Osvaldito, que miró a Trotsky y éste a Marx.
—No hé de qué me ehtá hablando —respondió el chico.
—¿Perdone?.
—Que no hé...
Trotsky interrumpió:
—Camarada, el camarada... No tiene demasiado conocimiento... ¿cómo decir?.... eh...
—¿Teórico? —apuntó Marx.
—Sí, y de otros más. Me parece que va a tener que elegirle un nombre usted.
No era mala idea y era justo: por algo era el líder y era su revolución. Marx no tardó en responder.
—Bien, no es el nombre más apropiado y lo tenía reservado para otro momento y quizá otro líder, pero... En fin, no tenemos otra que rescatar al camarada Vladímir Ilich Uliánov.
Los otros se miraron. Carlitos Trotsky esbozó una sonrisa tímida. Osvaldito seguía con los ojos amplios, sin despegar la barbilla de la silla, como un perro adiestrado. Porchetito Marx notó la situación.
—Lenin, camarada. Lenin. El camarada será Lenin. Camarada Osvaldito Lenin.
Carlitos Trotsky respondió con júbilo, palmeando por encima de la mesa el hombro del otro, que seguía absorto.
—Así me gusta, che... Perdón, quiero decir: es una decisión acertada, comandante Marx.
—Faltaba más —se congratuló el panadero, y decidió darle más valor a la ceremonia dirigiéndose a su nuevo sosías—. ¿Quisiera usted decir unas palabras, Comandante Lenin, nuevo líder bolchevique de Estación Alicia?
Osvaldito Lenin dudó. En la cara se le plantó una sonrisa nerviosa y parpadeó mucho.
—¿Qué poddía decid? Bueno... —se acomodó el pantalón con ambas manos— ...Gdacias.
Porchetito Marx y Carlitos Trotsky esperaban una respuesta más amplia.
—¿Nada más? Hágase una declaración política, camarada... —insistió Porchetito.
—¿Uh?
Marx se dio por vencido; no tenía a los mejores con él pero tampoco tenía mucho más. Decidió olvidar el asunto, felicitó a Lenin por su nombramiento —el gangoso volvió a agradecer sin saber qué más decir— y entró de lleno en las misiones.
—¿Ya están claras, jefe? —se interesó el Camarada Carlitos Trotsky.
—Camarada o comandante; jefe no.... Hay una ya diseñada, y está a cargo de ustedes: la misma que no me cumplió antes.
El Comandante Marx despejó la harina acumulada sobre el plano e indicó un punto previamente marcado.
—Necesito que vayan a las estancias. Reclutamiento.
—¿E quién? —preguntó Lenin.
—La peonada. ¿Tengo que explicar todo? P-e-o-n-a-d-a. Ellos son la carne de nuestro Ejército Rojo. Ellos harán la revolución. Ellos son el pueblo, ¿me entiende? Y no hay revuelta sin pueblo, Lenin. Lo dicen todos los libros de historia, che.
—¿Y cómo hacemos? —se sumó Carlitos Trotsky.
—Usted no sólo que no me hace la tarea para el hogar sino que anda desvariado. ¿Se volvió tonto de golpe? A ver, ¿no recuerda el reclutamiento del Partido previo a la gloriosa Revolución del 17?
—No, pero debo, ¿no?
—Debiera. Es simple, no haremos un reclutamiento masivo sino selectivo. Lo mismo que le dije antes: necesito a los hombres más fuertes, los más ágiles y los más inteligentes. Nuestro poder estará en la claridad de pensamiento de la vanguardia y en la capacidad de comprensión de las masas populares.
—Aaah... —soltó Osvaldito Lenin.
—El trabajo requiere del esfuerzo comprometido, camaradas. Los necesito mañana trabajando a pleno allí. Tarea de base, ¿entienden? Y con una condición, recuérdela: no todos deben saber que la revolución está en marcha.
—Bueno, cuando lo llamé a Osvaldito no le dije para qué. Algo cumplí, Camarada Marx.
—Camarada o Comandante Lenin, no Osvaldito —reconvino el panadero—. Como sea, recuerden que en todos lados hay lobos traidores agazapados tras la piel de un cordero. Otras revoluciones nos han mostrado eso. El asunto es que me los traigan acá para una reunión. ¿Cómo? No importa mucho. Como sea, pero los traen.
—¿Cuántos? —intercedió nuevamente Carlitos Trotsky.
—Con diez estamos bien. Si consiguen una docena, mejor. Tampoco hay tantas armas y necesitamos formarlos durante un tiempo. Ése será el momento de la concientización. Allí veremos quiénes tienen pasta para la revolución y a quiénes desechamos por su falta de compromiso, valentía y claridad ideológica.
—Y la deunión, ¿cómo va a zed?
Carlitos Trotsky miró a Osvaldito Lenin, que había preguntado sin dejar de jugar con el pie sobre la harina del piso. No era una mala pregunta.
—Nosotros podemos venir porque masomeno sabemos, pero arrastrar gente no es fácil, camarada. ¿Cuál es la excusa? —insistió entonces Trotsky.
—Qué se yo, piense, viejo... Cualquier cosa... Una conversación, tomar una grapa... No sé. Evalúe, que para eso tiene puesta la cabeza sobre el cuello.
—¿Un asado?
—Lo que sea... —dijo Porchetito Marx— Pero si es asado que traigan la carne. Acá no hay nada. El pan lo ponemos nosotros. Pueden ser choripanes, mejor, que es menos esfuerzo.
—¿Y a qué hoga? —esa vez Osvaldito Lenin intervino dejando de jugar con el pie.
El Comandante Marx dudó: no había pensado en ninguna.
—Al mediodía está bien, ¿no?, porque si no perdemos el lunes. O no sé, esto de organizar es un poco complicado al principio. Si los pueden reunir a todos y traerlos juntos, a la hora que sea está bien... Al margen, Camarada Trotsky, ¿no tengo que repetirle la calidad secreta de la misión, verdad?
—En absoluto, para nada —dijo el otro, fingiendo seguridad.
—Actúe con tacto —insistió el panadero rebelde—. Observe a la gente, luego hable. Debe elegir con criterio.
—Así será, Camarada Marx.
Los tres se dieron las manos y luego, a pedido de Porchetito, se abrazon entre dubitativos y con la emoción contenida. No hablaron por unos segundos, hasta que Marx retomó.
—Camaradas, el Ejército Rojo ha dado su primer paso. A esta revolución no la para nadie.
Trotsky asintió; Marx sonrió; Lenin se pegó una bolita de mocos sobre el pantalón y dibujó una carita sonriente en el mapa enharinado. Pensó: harina, pan, chorizo. Le dio hambre.