martes 7 de julio de 2009

El orden institucional

LA REVOLUTA – EPISODIO 46

En el campo hay dos chillidos odiosos: cuando matan a un chancho o a un chivito. Uno revienta los tímpanos y patalea como cristiano mientras se le vacía el cuerpo por el cogote tajeado. El otro parte el corazón: llora como niño. Los chillidos de Boschetito, aislado en la piecita del fondo de la panadería, eran una extraña mezcla de ambos. Cerdo y chivo, el Comandante soltaba los gramos finales de la culpa irredenta.

Todos deseaban hacerlo callar pero nadie movió un músculo hacia la pieza trasera. Braulio había depositado toda su humanidad contra la puerta para impedir que la compasión animara a gente de carácter rosado como Ana. De oaso, atajaba las últimas furias del panadero. Los puñetazos de Porchetito sobre la madera y los gritos porcinos, que llenaban el aire de la sala, se intercambiaban con el llanto expiatorio. El Comandante había cedido paso veloz a Porchetto, el panadero, y ambos al pequeño Primo.

El Senador dejó correr varias tandas de quejas y gimoteos sin soltar una frase. Hacía el papel a la perfección, tomándose la frente con los dedos de una mano y manteniendo la cabeza gacha, como si estuviera realmente afectado. De vez en cuando daba un suspiro profundo, se mordía el labio o juntaba las manos sobre el pecho, en una oración irreal.

Qué lástima, qué verdadera lástima... Pobre hombre...

El tono era idéntico al que usaría en la confianza de un funeral frente a los amigos del muerto. Y encajaba sin distorsionar allí, donde se velaba la revolución de Estación Alicia. Finalmente, cuando Porchetito se silenció, por cansancio o tras descubrir que nada obtendría, El Senador miró a la concurrencia y les mostró ambas palmas, como un César a punto de entregar al Cristo o Herodes pidiendo la bandeja argentina. La voz determinante enfiló a la duramadre de la peonada.

Bueno, ¿qué dicen, muchachos? Arreglemos esto. Díganme qué necesitan. Vamos, soy todo oídos... Aprovéchenme: pocas personas tienen la oportunidad de hablar directamente con un enviado del gobernador... No lo desperdicien.

Aun en la puerta, Braulio, el subcomandante revolucionario más breve de la historia, el bruto traidor, tomó la palabra para acabar por entregar la cabeza de su efímero patrón.

¿Qué no va a dar, don?

El Senador no dudó:

La luz para el pueblo está antes que todo.

Nosotro vivimo en lo campo —aclaró Braulio—; eso ‘tá bien pa’ lo diacá pero a nosotro no no sirve demasiao.

El político no regatearía.

Es sencillo, hombre, dígame qué necesitan allí.

El peón buscó el asentimiento de los demás, que no necesitaron decir nada para reconocerle autoridad.

Queremo que no paguen guita... —encaró.

Ahá... Aunque eso depende de Giusti creo que puedo convencerlo. No hay problema. ¿Qué más?

Una ruta. Otra. De macadán.

Se puede construir, claro que sí.

Y que Giusti no mejore la condicione de laburo —se entusiasmó—. Una casita mejor, que no pague la jubilación, quiacá naides tiene. Queremo vacacione y ropa nueva, también. Y nasta pa’ lo tractore, y un camión nuevo...

Otra vez depende de Giusti, pero veré de hablarlo seria, honestamente, con él. Quiero asegurarles mi mayor esfuerzo en esto —El Senador cerró un puño y apretó los dientes mientras declamaba—. Les digo más, y esto es una garantía que firmo aquí —cruzó los dedos sobre los labios—, un inspector del Ministerio de Trabajo vendrá a los campos a ver en qué condiciones trabajan. Si los emplean mal, hablarán con sus patrones para que las condiciones mejoren. Promesa. La jubilación y la ropa se las arregla la Provincia.

La laguna... —retomó Braulio.

¿Qué pasa con ella?

El Senador sonó menos amistoso: ¿acaso no era suficiente lo ofrecido? Prasky notó el cambio de tono, pero no intervino.

Hay inundacione cada por tré, señor.

Todo el sur tiene problemas de crecientes, amigo —empezó a atajarse—. A la laguna vamos a incluirla en un plan sistemático de atención general del sistema hídrico del sur para reducir el impacto de anegamientos potenciales —Prasky sonrió—. Esto, espero que entienda, no puede ser abordado caso por caso, de lo contrario estaríamos cometiendo el error de malgastar recursos —Prasky volvió a sonreír—. Todo lo anterior puede ser inmediato pero el trabajo en las lagunas va a tomar algún tiempo... Estudios, ingenieros, remover terrenos, todas esas cosas son indispensables para realizar un trabajo acorde a las necesidades y con el objeto de dar la solución más cercana a lo definitivo por los próximos tres o cuatro años —Prasky agachó la cabeza para ocultar la sonrisa, cada vez más amplia—. Lo atenderemos, seguro, pero necesito que me presten parte de su paciencia para administrar los recursos con propiedad, en tiempo y en forma. Al final, les garantizo que el problema de la laguna tendrá debida atención —Prasky miró por la ventana, mordiéndose labio y lengua—. Palabra de honor, ¿o alguna vez les he fallado?... En fin, ¿algo más?

Braulio buscó a los demás con la vista. Los peones no parpadeaban. Daban el paquete por completo.

¿Nada? Bien, entonces vamos a hacer entrar a los policías para que se lleven las armas. Les prometo que no habrá represalias con ninguno de ustedes hasta que la situación esté aclarada plenamente.

¿No vamo a í preso?

Esa pregunta no estaba en el menú de El Senador, que pensaba dejar que el comisario se ensuciara las manos con la resolución administrativa. Sin embargo, sopesó iluminado, una respuesta directa que pusiera a los peones tras las rejas podía complicar el fin de la crisis.

Mire, amigo Braulio —improvisó—, en algún aspecto ustedes han quebrado el orden institucional. Pero debo decir también que eso es una entelequia considerando el lugar en el que están. Confieso que no conocía de la existencia del pueblo, y mire que conozco la provincia, amigo. Me lamento por ello. Ya veremos qué pasa con todo eso. Por lo pronto, dejemos entrar a la policía y terminemos con esto, ¿sí?

Los peones aceptaron; tenían más promesas que años por vivir. Prasky, ya de regreso a su descanso en la pared con las manos en los bolsillos, ya no sonreía: la revuelta había sido desarmada con poco más que promesas de segunda. Se preguntó qué pensaría Porchetito tras la puerta custodiada por el corpachón de Braulio. Dio una mirada general a la sala. Un aire triste había recalado en los ojos de Ana y los peones que no se cruzaban de brazos habían vuelto a tallar el naipe para una escoba de quince. El único atado de nervios era el verdulero Raimundi, atemorizado porque alguien descubriera su radio, comenzaran las preguntas y sus respuestas delataran su logia de cazadores de objetos voladores.

El Senador fue a la puerta y ordenó al comisario enviar a su gente, que todo estaba arreglado. Los policías salieron al trote, acicateados por los gritos del jefe. Giusti pretendió avanzar pero El Senador le indicó esperar tras la camioneta hasta evacuar el lugar. Los vecinos siguieron las instrucciones de pie, desconcertados por el desenlace. Quienes sí se acercaron, prestos, fueron los tres asistentes del político.

Cuchillos, barras y revólveres pasaron a manos de un gozoso comisario, que distribuía comandos y órdenes parado junto a El Senador, con los brazos en jarra. Imperceptible para los demás, comparaba su estatura con el político. ¿Era su idea o no era tan alto como parecía? Hombre, quizás no saldría nada mal en las fotos.

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lunes 29 de junio de 2009

Vos no

LA REVOLUTA – EPISODIO 45

A Porchetito El Senador no le parecía demasiado alto ni demasiado atractivo. Su voz no le sugería autoridad o respeto. Sin embargo, algo había en él que le hundía las alpargatas en el piso, como si La Espiga Roja Revolucionaria fuera una ciénaga. ¿Serían esos dientes de perla, el peinado perfecto y rígido, los movimientos seguros de sí? El Comandante seguía cada inflexión de voz, los gestos completando el sentido, en algún modo seducido pero deseoso de ocultarlo. No como los demás, que parecían embelesados por un organillo lustroso con canciones de Leonor Marzano.

Vamos a hacer lo que yo diga o la cosa se pone peor —insistió El Senador—. Lo que más les conviene ahora es entregar todo, rendirse a la policía. Quédense bien tranquilitos. Si estoy acá es para que no los pasen por encima y terminen agujereados a balazos.

Esa es nuestra decisión —quiso quejarse Porchetito, despertando de la hipnosis—, y usted no es más que....

El Senador no lo dejó pasar: quería el asunto resuelto sin más demora.

¡¿Más que qué?!... —gritó— ¿Acaso no tiene noción de qué va a pasarle? Si quiere retenerme aquí, se lo digo: basta que no salga de una pieza, entero como entré, para que uno de mis secretarios llame por celular a la gobernación y tengan encima de ustedes, en horas, a la mitad de la Policía de la Provincia. ¿Cree que va a ganar con esto? —un giro con el brazo abarcó al grupo—. Esto va a terminar en masacre, Porchetto. No joda más.

Un rayo invisible debió atravesar al Comandante pues se quedó sin aire. Intentó retomar el control pero de su boca no salía palabra. Era una parálisis similar a la que lo afectó cuando abordó a Prasky en casa de Lopes y en algún modo similar a la que lo retenía en el centro de la panadería siguiendo la teatralización del enemigo.

Esto es lo que vamos a hacer... —prosiguió El Senador— Ustedes se van a rendir. Y punto. Pun-to. Lo que el pueblo necesite lo va a tener, pero se dejan de joder con esta boludez de la revolución. ¿Nos entendemos?

Entonces el Subcomandante Marcos, rodeado por la peonada, levantó la mano. El Senador lo vio y notó que Marx se desconcertaba con la acción. La desolación del Comandante fue un aliciente para tomar más ventaja.

Hable —ordenó.

Mire, acá... acá la pasamo mal, ¿vio?... —dijo Braulio, titubeante— Acá nuay nada, don... Ganamo poco, no tenemo nada pa’ hacé ni ande ir... Acá, El Comandante...

Señor... ¿cuál es su nombre?... ¿Braulio? Bien, Braulio... —interrumpió El Senador— Aquí no hay ningún comandante. El caballero se ha equivocado de cabo a rabo al llevarlos a ustedes casi hasta el matadero. ¿Tienen problemas? Los resolveremos, pero me dejan esos cuchillos, los fierros y la locura de lado. Si eligen lo que hasta ahora, se quedan sin nada, muertos o presos. Es muy simple y no tiene tiempo para nada más. Háganme el favor: decidan qué quieren hacer y decídanlo ya.

A pesar de la poca luz del lugar, El Senador se las arregló para semblantear a la concurrencia. Los peones no tenían entereza; eso era cristal y él olfateaba la debilidad como un perro sigue el aroma de una hembra en celo. Sólo encontró el rostro labrado con genes descondos de Braulio, que estaba algo relajado, y la mueca tatuada a fuego en la boca del panadero. Le habló entonces a él.

Mire, Porchetto... Yo entiendo que usted quiera cambiar las cosas, pero no es el modo, muchacho. No tiene con qué más que su propia voluntad. Le digo algo: yo le prometo que atenderé los reclamos que estén al alcance del gobernador, pero no puede andar pidiendo cualquier cosa. Ahora, ¿cómo quiere hacer esto? —dijo El Senador, retomando una línea de sus películas preferidas— Si quiere desafiarme, ahí está, pruebe, intente. Le aseguro que lo bajan en segundos. ¿Quiere detenerme? Hágalo. Verá lo que pasa.

Porchetto.... —llamó de repente Prasky desde el fondo.

Todos lo miraron, incluido El Senador.

Me parece que El Senador está siendo razonable, che...

No se de vuelta ahora, usted... —se ofendió Porchetito, procurando aparentar seguridad, desarmándose como humo.

¿Quién es usted? —El Senador se intrigó por el acento del periodista.

Un perdido. No soy de acá. Me quedé sin auto cuando iba a otro lado... Pero yo no importo; por mí no se preocupe... Porchetto, vea... No hay mucho que hacer, la verdad...

El panadero bajó la cabeza, encerrado en una espiral de pensamientos. ¿Tan fácil lo vencerían? ¿Tan simplemente sus décadas de sueños se irían al traste? ¿Bastaba un senador de provincias para acabar su proyecto continental?

Él tiene razón, hombre, mejor deje esta payasada y véngase conmigo —contemporizó más El Senador, que comprendió que Prasky tenía alguna influencia sobre el panadero—. Le garantizo seguridad para que no le ocurra nada. Yo mismo lo acompañaré hasta el final.

Pero... —amagó Porchetito y la angustia finalmente le tomó toda la voz—... Usted no... yo... la revolución... yo...

Porchetto...

El Senador volvió a recurrir a su voz más paternal, estudiada y ensayada en cientos de actos y miles de espejos. Avanzó con los brazos abiertos y el rostro compungido dispuesto a estrechar al al panadero en un abrazo, pero Porchetito sorprendió saltando hacia atrás como empujado por un resorte. Intentó tomar una barreta de hierro sobre el mostrador y lanzarse sobre el político pero no contó con Braulio. El Subcomandante Marcos se interpuso, lo frenó de un manotazo, lo levantó entre los brazos y lo aupó —todo en una solo movimiento— hasta el cuarto del fondo.

Porchetto cayó desparramado al piso antes de que el peón cerrase la puerta con firmeza.

¡Hijo de remil puta! ¡Vos no! ¡Yo te hice! ¡Vos no! ¡Traidor! ¡Traidor!

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Seamos civilizados

LA REVOLUTA - EPISODIO 44

Prasky no pudo saberlo pues no llevaba reloj desde su accidente, pero calculó que calmar a la tropa tomó una hora. Algo menos debió llevarles a los negociadores de la ley, así debieran lidiar con la desconfianza de los vecinos. Algún artilugio mágico tuvo que utilizar El Senador, que seguía dándole mala espina al periodista. Como fuere, la bicha se agotó en un susto pasajero, dispersas sus dudas con palabras políticamente infalibles y asesinada la evidencia con dos matafuegos.

Para Prasky las cosas eran curiosas. Su deseo por salir de allí dependía de la conclusión de la revolución. La mejor oportunidad era su fracaso. Ante la ley, se las arreglaría. Podría explicar al político y los policías que su presencia allí era fortuita. Ante Porchetto y el pueblo poco importaba; lo dejaría atrás, como había abandonado en el camino personas, objetos e ideas. ¿Qué haría con Lopes? Escribirle. ¿Qué con Ana? Ya vería.

En cambio, el triunfo del Comandante Marx no aseguraba el retorno a Buenos Aires. La revuelta sojera cristalizaba un nuevo estado de cosas, así fuere temporal. Podría tomar otra semana hasta que el gobierno provincial enviase una segunda misión —más grande, mejor pertrechada— para reducir al pandero loco. Sin embargo, estaba de ese lado de la vereda, contra toda lógica. ¿Acaso no era una perfecta metáfora de su vida?

No había vuelto a hablar del tema con Porchetito y la última palabra del panadero había sido la misma rotunda negativa de siempre. Si la revolución se quedaba en Estación Alicia, ¿qué sería de él? Sí, con seguridad, tarde o temprano, algún modo hallaría de salir. Cuán tarde parecía ser la única preocupación verdaderamente sólida.

Sin embargo, no podía quitar de su cabeza cierto deseo por ayudar a Porchetto. Quizás deseo fuera una palabra extrema, pero cuanto menos sentía la necesidad de no dejarlo tan solo. Necesidad, eso sí. Ayudarlo a salvarse. Por ahora, sin asumir un compromiso permanente, claro, seguro, por supuesto.

Al fin de cuentas, no había sido nada una sola idea y nada más que por un rato. Robar las peceras. Punto. Apenas si se había alegrado con el desplante orgánico de Braulio sobre el tractor mientras los demás, en comparación, saltaban como niños en una fiesta de cumpleaños. Eso y robar no podían considerarse eventos revolucionarios que marcasen su vida. Robar, robó de niño. Alegrarse, como con la bosta centrífuga, era otra travesura. ¿De eso se trataba: la revolución como última travesura pendiente? Acabaría en un santiamén, como se va la infancia. Él ya era un hombre. Debía volver a lo suyo. ¿De qué iban a acusarlo? ¿De chistoso?

Mientras Prasky cocinaba pensamientos, a lo suyo volvió también El Comandante Marx. Con la tropa calmada había reiniciado el diálogo con El Senador, a los gritos y por la puerta.

...pero no pueden seguir con estas tonterías —clamaba el político—. No, muchacho. No me arruine todo. Estamos acá para arreglar, Comandante. A-rre-glar. Estas cosas no sirven. ¿Qué es eso de andar ensuciando a la gente con bosta, che? Seamos civilizados. Ci-vi-li-za-dos. Otra vez: le pido que me deje entrar, pero también le solicito, le ruego, encarecidamente, que me garantice que no habrá sorpresas desagradables como la de recién. ¿Soy claro?

El Senador había retornado al centro de la calle para comparecer. Tras él, en la plaza, todo parecía haber retornado a una normalidad contenida. Eso, de hecho, era Giusti, una furia embalsada nada más que por la presencia impositiva del político. El comisario había cambiado de bando unos momentos y, del sueño de su fotografía en los diarios, acabó trastornado por el papelón público de lanzarse bajo la F100 de Giusti para esquivar la bosta de Dugoni y el Subcomandante Marcos. Por unos minutos, incluso, promovió la idea de cocer a balazos a los revoltosos o, como mínimo, tirar abajo La Espiga Roja usando el mismo tractor de Dugoni. Los buenos oficios del secretario de El Senador lo volvieron a la calma. Otra vez, bastaron dulces palabras profesionales y una renovada promesa de título y foto.

En la panadería, en tanto, Prasky, convencido de ayudar a Porchetto con una salida negociada que a su vez lo pusiera fuera de ese lugar, había hallado una plataforma en las palabras conciliatorias de El Senador, y procuraba convencer al líder de cesar las hostilidades hasta ver qué se traía entre manos el político.

Nada de líos. Déjelo hablar pero que no lo enrosque, que éste debe apalabrar de lo lindo. Y usted, sobre todo usted, nada de presos políticos, ¿eh? Mire que después del tractorazo estos no deben tener paciencia para nada más.

Porchetto le había respondido con una afirmación circunstancial que no convenció al porteño, pero entendía que las consecuencias de negarse a parlamentar podían ser gravosas. Parecía comprender que todas sus ventajas se evaporaban con cada minuto, como si el destino hubiera decidido darle la espalda.

Se decidió. Acercó el rostro al vidrio roto de la puerta y dijo a El Senador que podía seguir caminando. Cuando echó a andar, detrás de la F100 reiniciaron los movimientos y el Comandante se sobresaltó. Pegó un grito para saber qué pasaba. El Senador dio media vuelta y ordenó que nadie se moviera, que él iba a entrar y que quería a todos calmados para poder dialogar en un ambiente de confianza y respeto.

¡Hagamos prevalecer el espíritu democrático, pueblo! —vociferó, y hasta el sordo del pueblo entendió.

Avanzó hasta la puerta de La Espiga Roja. No se interesó por los restos de las peceras de soja y los últimos gusanos que viboreaban sobre la vereda, al borde de caer por la cuneta bañados del polvo blanco de los matafuegos. Ya en la puerta, el Comandante Marx le pidió que se detuviera y levantase los brazos. El Subcomandante Marcos salió a una orden de Porchetito y le tanteó las piernas y la cadera. Luego, El Senador ingresó y la puerta se cerró tras él. A diferencia de unos segundos atrás, Porchetto sintió regresar el espíritu victorioso. Era evidente: tenía al político, solo y desarmado, dentro de su cuartel. Se sintió rebosante, pleno. Un Senador preso. ¿No era ese ya un trunfo ni soñado? ¿Por qué hacer caso al indolente de Prasky?

La noche se había cerrado y al interior de la panadería apenas lo mantenían alejado de la penumbra una media docena de velas mal consumidas. Todos se pusieron de pie cuando El Senador cruzó la puerta y saludó con seguridad natural. Unos segundos después, el Comandante Marx se plantó frente a él, rodeado de su estado mayor. Prasky permaneció contra la pared, siempre junto a la puerta y mirando a la plaza para detectar escarceos. A diferencia de Porchetto, cuya seguridad estaba atada al viento y creía haber ganado la ventaja nuevamente, él continuaba esperando una jugada del político.

Finalmente, el Comandante Marx extendió su mano a El Senador; éste le correspondió, también marcialmente. La imaginación de Porchetito elevó la panadería y el momento a una impensada categoría histórica, comparable a la reunión de Nixon y Chou En-lai. O a Yalta. O a Kennedy y Khrushchev. Habló con decisión.

En nombre de la revolución, le comunico que queda usted detenido.

Prasky meneó la cabeza e insultó por lo bajo. Ana tocó el hombro del Comandante Osvaldito Lenin para que depusiera su entusiasmo por transmitir.

No creo que eso sea recomendable —dijo El Senador sin inmutarse, mirando al Comandante Marx desde arriba.

La respuesta gallarda zanjaba cualquier duda; la situación distaba de intimidarlo. Porchetto era inferior a su jerarquía. Con los brazos en jarra y las manos calzadas en la cadera, miró en derredor para tener claridad de cuánta gente movía el panadero.

Poco me importa lo que crea recomendable —retrucó Marx, envalentonado—. Esta es nuestra revolución y no el Senado. Átenlo —ordenó, sin siquiera mirar a sus subordinados.

Los peones se estudiaron: ¿atar a un senador? Braulio hizo un movimiento y El Senador supuso que se dirigía a él, así que lo plantó en seco con un grito duro. Fue como si el planeta se detuviera y sus engranajes crujieran.

¡Usted! —se dirigió entonces a Porchetito con la furia hinchándole los músculos— ¡¡No se me haga el jefe que no tiene charreteras ni para cabo!!... El que me toca un pelo se hunde más y no lo recomiendo porque ya tienen mierda hasta el cuello. ¡¿O no se dan cuenta de que están perdidos desde el principio, imbéciles?!

El tono imperativo dejó lívido al gigante, al que la experiencia le indicaba que el gritón seguro es patrón y manda. Porchetito quiso interrumpir, pero la palma levantada y la mirada fiera de El Senador fueron censura suficiente. Prasky fue el único que superó la sorpresa. Una neurona se alzó y le dictó lo previsible: la revolución de Estación Alicia estaba acabada. La civilización empezaba a triunfar. Como debía ser.

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Dos líneas en policiales

LA REVOLUTA - EPISODIO 43

Nada más el tractor asomó la trompa en el cruce de calles, Prasky pellizcó el brazo del Comandante Marx. A Porchetito todavía le duraba el entusiasmo por el desnudo de El Senador, pero finalmente giró y se dio con el entusiasmo del periodista. Le pareció demasiado. “Un rato que sí, otro que no; un rato con nosotros, el otro llorando para tomárselas”, pensó el panadero. “A éste se le rompió la bolsa de caramelos”.

¡Mire, Porchetto, es Braulio!

Prasky arrastró a Porchetto del brazo hasta la ventana y al Comandante lo ganó cierta sorpresa. No entendía qué hacía el tractor de Dugoni con el motor moderando frente al bar de Doña Margarita. Y, sobre todo, qué hacía Braulio junto al viejo carcamán.

¿Qué caraj...?

Parece que el tipo promete lo que cumple, Comandante. Debiera aprender de él. Eso es carácter.

Sea serio, Prasky.

El porteño lanzó una risita.

¿Qué se traerán? —dijo luego.

Ni idea, pero lo que sea ayuda.

Qué bueno que lo admita: alguien piensa más rápido que usted.

No empiece otra vez con la cantinela. Braulio demostró convicción, che.

Usted escucha lo que quiere —dijo el periodista, señalando a la plaza: la ley se reagrupaba—. ¿No oyó que dijo que la revolución a él le vale ni fu ni fa?

Porchetto se puso por encima.

Pavadas. Es un líder; está con nosotros. Debiera haberlo llamado Comandante Lenin.

¿No le queda un nombre para él?

Muchos. Si algo han dado las revoluciones son hombres de valía. Y no sea socarrón, que le noto el tonito...

Ya. ¿Cuál tiene?

¿Pregunta en serio o boludea? —Prasky respondió que no jugaba y Porchetto se lanzó a una perorata— Ninguno. No había pensado en ponerle nombre de algún héroe histórico... De todos modos, también es bueno que las revoluciones tengan color local. ¿Por qué cree que la bandera nuestra es con trigo?

Me fijé. Está bien, aunque parece medio maricona.

Maricona su abuela...

Eh, tampoco es para tanto. ¿Qué nombre, entonces?

El Comandante bufó.

Qué se yo... Comandante no puede ser... Un rango inferior, sí, porque no estuvo desde el principio... Pero Subcomandante Braulio no me suena bien... Muy criollo, un nombre medio... pelotudo —devarió Porchetto—... Quizá el segundo nombre de él... Sí... Subcomandante Marcos. Sí. Ese le queda bien.

Ahá... Con que Marcos... —río para sus adentros Prasky— ...Oiga, recién ahora noto que ando preguntándole tonterías. Piense para adelante: si Braulio y Dugoni hacen lío y no ganan, estos otros se le van a venir crudo.

La demostración de fuerza de Braulio, perdón, del Subcomandante Marcos, le dará ímpetu a mi gente.

Bla, bla, bla...

En serio. El que me llama la atención es Dugoni. No lo imaginé jamás aquí. Creo que debo pensar un nombre para él también.

Concéntrese, carajo. Hay cosas más importantes.

Pero... ¡hace un minuto usted quería que buscase nombres para Braulio! ¡¿Quién lo entiende?! ¿Ustedes allá son todos así?

¿Allá es Baires?

Sí.

No. Además, yo puedo pensar y hablar de lo que quiera. El que tiene que estar atento es usted. Es su revolución y usted el jefe. ¿Usted cree que Lenin se distraía en bautizar soldaditos como usted ahora? Mire que es facilito, eh...

Déjeme decírselo así, incapaz: la presentación de una revolución es muy importante.

Prasky rió con ganas.

Pare un poco ahí: usted está pensando en el libro de historia antes de cagar la tinta, macho —se buró—. Ahora caigo: quiere esto para que escriban sobre el panadero heroico. ¡Qué bajo lo suyo, Porchetto! Todo esto para dos líneas en policiales. Si las publican.

Todo héroe merece reconocimiento, al fin de cuentas —dijo el Comandante, con el bronce en el rostro.

style="font-size:125%;">—Sí, y si acá hubiera un psiquiátrico a usted le hacen el monumento al frente. No sé si usted es un boludo romántico o un cínico cualquiera... —y meneando la cabeza:— Bah, no sé por qué me preocupo.... Entonces, ¿Dugoni va cómo?

Ya le dije que no se me ocurre nada en este momento —respondió Marx, distante.

Póngale Gramsci —insisitó Prasky—. Total, es tano.

El Comandante no respondió.

Además, comparado con lo que tiene acá, Dugoni debe ser todo un intelectual. Upa... —señaló al frente— Se mueven...

Porchetito se asomó a la ventana cuando la acción ya tenía velocidad. Estalló en aplausos cuando el John Deere de Dugoni arrasó por primera vez el coche de El Senador. La peonada del Subcomandante Marcos, ex Braulio, se sumó intentando ver por los espacios que dejaban las cabezas de Prasky y El Comandante. Tronaron de risa, alentados por el coraje de su jefe.

Prasky seguía en silencio, mordiéndose los labios, sopesando el impacto de cada giro de las ruedas del tractor. Nada bueno saldría de allí si la policía tomaba el control. Sin embargo, cuando el Subcomandante Marcos inició la centrífuga de bosta de vaca, también él se unió al grupo. Todos vivaron al peón que, de la nada, se erigía en un combatiente aguerrido y valiente.

Pero lo que siguió no fue agradable para los revoltosos de La Espiga Roja. Los policías finalmente tomaron el control del John Deere y, empujando al peón hacia el interior, parecían poner fin a la asonada. Porchetito Marx y su banda se desgañitaron echando alertas a voz en cuello al Subcomandante Marcos, que finalmente pudo apearse de la cabina y escabullirse de las fuerzas del orden.

A Dugoni no le fue tan bien. Los insurgentes lo vieron tomarse el rostro y soltar el volante del tractor y comprobaron impávidos cómo los policías reducían al anciano. Para cuando quisieron darse cuenta, el descalabro ya estaba sobre ellos, pues el John Deere viró ciego hacia la panadería.

¡¡Nos hace mierda, rajen!! —ordenó Prasky.

La peonada corrió al cuarto del fondo sin orden y el periodista tuvo que detener su propia carrera para llevarse a Porchetito Marx, impávido junto a la puerta. Ana se había unido pronto al primer grupo y el único que seguía entonces absorto era Osvaldito Lenin, que continuaba el recitado de la proclama, a media lengua, por el micrófono de radioaficionado del verdulero Raimundi.

Fueron milésimas de segundo en las que todos esperaron que el frente de la panadería se viniera abajo por el impacto de la mole verde de hierro, pero nada ocurrió. a último momento, el tractor desvió la trayectoria y siguió por la vereda, en paralelo a La Espiga Roja Revolucionaria.

Lo que siguió fue el estruendo de las peceras volando en pedazos.

¡¡¡Cagamos!!! —gritó el Comandante Marx— ¡¡¡Se soltó la bicha!!!

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jueves 9 de abril de 2009

La bicha

LA REVOLUTA - EPISODIO 42

El runrún del tractor no fue extraño para los vecinos: Dugoni era uno más en el pueblo. Años llevaba trabajando la tierra con su viejo John Deere, yendo y viniendo por esas calles de Dios. Por eso el ronroneo expectante en de su bestia verde en una esquina de la plaza, a metros del bar de Doña Margarita, no significó nada. Para todos, Dugoni estaría viendo qué pasaba en el pueblo. Nada más la asamblea de viejos sentados en la plaza era suficiente espectáculo. Los locos de la panadería valían de postre.

Sin embargo, quienes sí atendieron al sonido de la máquina fueron El Senador, el comisario, Giusti y sus hombres. Los policías se revolvieron pero fue Giusti quien los calmó aclarándoles que no era más que un contratista de la zona.

Un viejo loco —decidió—. No le den pelota.

Giusti siempre elegía esa frase para referirse a Dugoni, aunque también la aplicaba a cualquiera que no comulgase con su visión de las cosas. Lopes estaba loco porque tenía biblioteca. El pueblo estaba loco porque seguía allí. El aire estaba loco porque enloquecía al pueblo. Sin embargo, nada más la locura de Porchetito se había manifestado para confirmar su impresión.

Para Dugoni, en cambio, el estanciero era un hijo de puta cabal. Cuando comenzó a rentar los campos, sus asociados llegaron provistos de máquinas modernas y nuevos aparejos para cosecha. El viejo se quedó de a pie. Dugoni se peleó con algunos capataces y les hizo saber que se las cobraría con Giusti también por, dijo, cagón y comemierda. Recién pudo hacerlo cuando logró meter al estanciero en una encerrona. Ocurrió en un camino rural que salía de uno de los campos del estanciero. Dugoni se había escondido con su John Deere detrás de un montecito de paraísos, aguardando que el estanciero concluyera su visita a la estancia. Cuando la F100 de Giusti asomó por la boca del camino, le tiró el tractor encima.

La Ford acabó en la banquina, con tanta mala suerte que la puerta del conductor se atascó con el impacto y el peón bigotudo quedó atrapado dentro de la camioneta. Giusti quedaba a su suerte. A su gordo el aire caliente le saltaba a mares por las fauces abiertas. Cualquiera podría haberse intimidado con él, pero no Dugoni, capaz a su vez de tumbar, borracho, un novillo en una yerra. El viejo aprovechó la desprotección de Giusti, bajó del tractor y lo insultó mientras sacudía ante los ojos del bigotón una barreta para hacerle saber que también habría para él si se hacía el sotreta.

Dugoni había estado bebiendo en el bar de Doña Margarita y se embaló cuando un par de peones calientaorejas empezaron a contar los fabulosos negocios que Giusti hacía con los porteños.

Hace la plata en pala, hace...

¡Viejo ‘e mierda! —montó en cólera Dugoni, afectado por la insidia— ¡¡le vua dá hacé guita a mi costa!!

Dejó el lugar moviendo a la carrera sus ciento cincuenta kilos y encendió el tractor con la misma premura. Pero el John Deere no avanzaba a la misma velocidad que su incordio y recorrió el camino hasta el campo de Giusti con paciencia de burro. Ni esa parsimonia andariega calmó al gringo, que cubrió todo el trayecto alimentando la saña, dando puñetazos al volante e insultando a destajo.

Finalmente frente a la camioneta, borracho pero bravo, Dugoni se bajó el cierre del pantalón y meó por la ventanilla. El bigotón y el estanciero hicieron lo imposible por cubrirse pero la orina les entró hasta por la boca. Dos segundos después Dugoni descargaba más furia a barretazos sobre el techo de la F100.

¡Porca miseria! ¡Porca miseria!

Cuando ya no restaba prácticamente un centímetro de chapa por abollar y el cansancio le había tomado el cuerpo, Dugoni se bajó los pantalones y los calzoncillos y defecó en el piso. Después, aun con los Pampero en los tobillos, se agachó, juntó la mierda del piso y la lanzó al rostro de Giusti y el bigotón.

Entre risas e insultos, eso mismo había recordado ahora Dugoni en el viaje con Braulio hacia el pueblo. El peón iba apeado en el estribo de la cabina del John Deere explicando al viejo la idea de Porchetito de tomar los campos. A Dugoni, la mera idea de dañar a Giusti, alcanzaba para movilizarlo. Se sumó entusiasmado a la banda de revoltosos y de lo único que se lamentó fue de no haber estado en el momento en que la revolución había tomado prisionero al estanciero.

Me hubiera encantao miarlo otra al culiao ese... —dijo ya haciendo guardia con Braulio en la esquina del pueblo.

Aura vai a podé... —le festejó el otro— ¿‘Tamo listo, che?

sí, ¿?

Soy un soldadito. ‘Tonce... ‘vamo.

Dugoni aceleró y el motor del tractor lanzó un ronquido estruendoso y una bocanada de humo saltó por el escape lateral. El viejo enfiló la máquina hacia la panadería con la misma velocidad de tortuga de siempre.

¡¡¡¡¡Giustiiiii!!!! ¡Reverendo hijueputa, te vamo a cé recagá!... —provocó Dugoni— ¡¡¡Giustiiiii!!!

¡Devolvé lo campo, culiao! —se sumó Braulio— ¡Devolvé lo campo!

Nadie permaneció indiferente. El pueblo completo, los policías, el estanciero y El Senador se volvieron sorprendidos hacia el dúo del tractor y aun estaban consternados identificando quiénes capitaneaban la máquina cuando las ruedas del John Deere, avanzando por un costado de la calle, se subieron al auto del secretario de El Senador. El sedán quedó abollado como una lata de cervezas.

¡¡El auto!! ¡¡El auto!! —se desesperó el comisario.

¡¿Qué auto, pelotudo?! —tronó El Senador—. ¡Agarrame a esos dos inmediatamente, la puta que te parió! ¡Ese auto me sale de los viáticos, carajo!

La respuesta del oficial fue previsible:

¡¡Tiren!!

¡¡Noooo!! —el secretario se plantó frente a los fusiles de los agentes y los capataces del estanciero con los brazos en alto—... ¡¡Senador, no!! ¡¡La prensa!!

Mientras Doña Margarita repetía “mi Dios, mi Dios” y los pueblerinos habían dejado sus sillas para seguir la controversia, El Senador se recompuso haciendo gala de su pragmatismo automático.

¡Comisario, pare! ¡Ni una bala!

¡¿Y cómo quiere que los paremos?! —se quedó el petiso, indeciso.

No sé, pelotudo, pero tiros no. —lo conminó El Senador, cubierto ya a las espaldas de sus tres asistentes— Invente algo, que para eso es policía.

Giusti, en tanto, insistía a sus peones que siguieran encañonando a Braulio y Dugoni que, extraviados, disfrutaban viendo al John Deere ir y venir sobre el coche del secretario.

¡Juá, qué quilombo que estamo’ haciendo, Dugoni!

¡¡¡Giustiiii!!!! ¡te vua dá dejame sin trabajo!

Entonces, el policía de las zapatillas sin cordones y uno de los gordos, soltaron sus armas y corrieron al tractor para tomarlo por asalto. Braulio los vio llegar y no le costó rechazarlos con la pierna libre del apero. Pero pronto otros dos se sumaron a la carga, seguidos de los peones del estanciero y los demás policías que aun quedaban con las armas en las manos.

¡Braulio, ahora! —gritó Dugoni— ¡Ahora!

Con agilidad de gacela, el peón se estiró dentro del John Deere y volvió a aparecer con las manos cargadas de bosta fresca de vaca. Le estampó una torta en el rostro a un policía y empezó a repartir bandazos a diestra y siniestra, imitando a Dugoni cuando emboscó a Giusti.

La bosta voló sin descanso impulsada por el brazo fuerte de Braulio. Giusti recibió un paquete oloroso a la distancia sobre la boca, la nariz y los ojos y a los asesores de El Senador la mierda les cubrió todo el cuerpo mientras procuraban escudar al jefe. El comisario fue el único que logró evitarla zambulléndose bajo la F100.

¡Tomá mierda, viejo culo roto!

Cuando Braulio notó que se quedaba sin parque, dio un aviso al gringo, que forzó la marcha del John Deere hasta quitarlo de encima del auto. El tractor dio un respingo y los policías que a duras penas se sostenían del estribo evitando los bombazos orgánicos del peón se desparramaron por el piso. Braulio entonces descargó un enorme bidón con suero de cerdo, el mismo en el que había caído Prasky cuando su Fiat lo abandonó.

Pero la batalla estaba lejos de acabar inclinada hacia el bando revolucionario. En el desconcierto, el comisario había logrado escabullirse de su escondite bajo la camioneta y, con un veloz movimiento, impropio de su físico rechoncho, lanzaba a dos manos una enorme torta de bosta que recogió del piso de la plaza.

El parabrisas del John Deere quedó cubierto y Dugoni perdió la visual. El viejo aminoró la velocidad mientras procuraba limpiar el vidrio con una mano, pero ya el tractor había perdido la línea y enfilaba hacia la panadería. En menos tiempo del pensado, los policías aprovecharon el descuido, treparon a la máquina y consiguieron ingresar velozmente a la cabina. Braulio se les escabulló pero Dugoni quedó librado a su suerte con dos agentes colgados del cuello.

Sin control, el John Deere dio un barquinazo, terminó de torcer el rumbo, subió a la vereda de la panadería y, antes de acabar frenado por los policías justo frente a la casa de Lopes, destrozó las peceras con la soja y los gusanos.

El comisario fue el primero en dar el grito de alarma.

¡¡¡La bicha!!! ¡¡¡Soltaron la bicha!!!

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jueves 2 de abril de 2009

La viga en mi ojo

LA REVOLUTA – EPISODIO 41

Prasky le rodeó el cuello con el brazo y la besó en la frente por última vez. Después se acomodó a su lado y le enruló el cabello. Ana volvió a una pregunta con respuesta pendiente: por qué esperó hasta el final para contarle de él algo más. Prasky se detuvo en la frase: ¿ella pensaba como él? ¿Presentían ambos el final de la pandilla de Primo Boschetto? ¿Era también su final de ellos? Habían tenido apenas un encuentro trunco, esta noche y un largo juego previo. ¿Concluían también? En ese preciso instante Prasky supo el por qué de aquel revolcón en las tripas cuando la llegada de El Senador abría otra vez las puertas a su partida de Estación Alicia.

¿Vos creés que pude haberme enamorado de vos en tan poco tiempo? —disparó el periodista a quemarropa.

Ana no se inmutó. La idea también le daba vueltas en la cabeza.

Más bien creo que es metejón. Fuertecito, pero metejón.

Hum.

Prasky comenzó a vestirse otra vez. Desde el salón de ventas de La Espiga Roja Revolucionaria llegaban las risas de los peones, a los que se había unido Porchetito. Su voz, ahora exageradamente feliz, ratificaba un desenlace victorioso en su forcejeo con El Senador.

¿Y eso es mejor o es peor que enamorarse?

La maestra lo atravesó con la mirada. No tenía respuesta para eso. La única certeza que poseía en ese instante era que vería a Prasky marcharse en breve. Un día o dos, quizás horas. Pero se iría. La idea de volver a verse sola la hundió en la cama de Porchetito.

Voy a responderte —dijo entonces Prasky, ya casi terminando de vestirse—. A por qué esperé hasta el final, digo. No sé si lo tengo muy claro pero creo que es un comportamiento muy propio de mí. O sea, para mí, esto, la revolución de Porchetito, se va al diablo en segundos. Es un asunto simple, no algo que me vaya a marcar de por vida, excepto por vos —aclaró—, quiero decir...

No tenés que aclarar, Ezequiel, no es necesario —no había enfado en la voz de la maestra, que también comenzó a vestirse.

No, no lo digo de comedido o para quedar bien. No, de veras que tengo algo... interesante —Prasky estaba corto de palabras— con vos. O sea, me gustás, que quede claro. Vuelvo a lo anterior. Cuando empezás a ver por qué fracasó todo, y tarde o temprano lo haremos o lo haré con esta chifladura de Porchetito, te preguntás qué hiciste vos. Si sos o no responsible de eso, por acción o por omisión —Ana lo escuchaba atentamente, aunque sin mirarlo, terminando de ponerse las ropas—. Por lo general, nos abrimos. Somos, cómo decirlo, demasiado pequeños. Mentalmente, quiero decir. Siempre la culpa de la derrota, como ahora, o del fracaso sistemático, como me pasa a mí, la tiene un vecino o el hijo de puta de afuera, ¿me explico?

Ana le hizo saber que sí.

La paja en el ojo ajeno —respondió.

Exacto. Es más sencillo, más fácil...

Más maricón.

Y más inmaduro, también, poner en otro mi responsabilidad. Bueno, con esto me pasa lo mismo. Me preguntaste por qué ayudé hace un rato a Porchetto, te dije que por lástima. Entendiste bien: era hacia mí. Yo me debía hacer algo, no por la pendorchada de la revoluta del panadero, sino... —Prasky se detuvo, como si su cerebro fundiera a blanco.

¿Sino?...

Yo no quiero resignarme a que tengo que ser adulto —su tono se hizo grave—. No queremos resignarnos, comprometernos, tomar decisiones. No queremos ese compromiso porque duele, porque no aprendimos a crecer bien, a asumir que hay que despellejarse para llegar a tener, qué se yo, la verga gorda y el pubis con pendejos.

No es muy educado pero sirve como figura —concedió Ana.

Sí, pero pará, no me hables al toque que pierdo el hilo... Responsabilidad va de la mano con aceptar que, ante el error o la pérdida, ante cualquier derrota y fracaso, tenemos que detenermos y revisar qué hicimos mal. Si somos responsables, y perdón que insista con esto, si descubrimos entonces el error, la falla, el equívoco, entonces tenemos la obligación moral o como quieras llamarla de corregir la metida de pata. Eso es, al fin, ser adultos: hacerse cargo de, al menos, evitar repetir las estupideces del pasado.

Ana se detuvo un instante, mientras se ponía los zapatos, asaltada por un cuestionamiento repentino.

¿Estás hablando de vos, no? Porque suena a caracterización nacionalista... No caigas en eso.

Prasky dudó. Terminó de acomodarse la ropa y quitó la silla del picaporte.

Sí, por supuesto. Hablo de mí —dijo finalmente.

Abrió la puerta y cedió el paso a Ana. En la sala los recibieron a los gritos, bebiendo una caña que ni Ana ni Prasky supieron de dónde había salido. Porchetito Marx se acercó a la carrera y, metiéndose entre ambos, los llevó al centro de la sala. Pidió un brindis por Ana, por Prasky, por la revolución y por él.

¡Hasta la victoria, siempre! —aulló.

Prasky estaba ausente. En otro momento se hubiera burlado de los lugares comunes del panadero pero parecía no estar de ánimo. En rigor, se decía, su misma explicación sobre su escaso compromiso era una librería de frases hechas y pensamientos superficiales. Lo que él anunciaba como autocrítica era todo lo contrario. Así era para él la revolución, Estación Alicia, su país, el mundo. Ausencias, inhibiciones, privaciones, retiros. Desentendimientos.

Para Prasky, su vida —todas las vidas— podían explicarse recurriendo a la militancia de las personales en un infantilismo perpetuo. Omisiones para tomar el toro por las astas, olvidos del dado, apartamientos y alejamientos de las papas que queman. Lugares comunes, miedo a ser señalado, una sucesión de escapes.

Ana lo adivinó en esa senda y se acercó hasta él. Le rodeó la cintura con el brazo y apoyó la cabeza en su pecho. Por un instante, Ezequiel Prasky se reconcilió consigo mismo y estuvo dispuesto a quedarse a vivir con la maestra olvidadiza e inventora de historias en el medio de la nada rural. Pero entonces al segundo siguiente vio a Porchetito levantar la copa, gritarle “camarada Prasky” y todo volvió a ser igual. Otra cuña en la cacha que borraría apenas dejase ese jodido pueblo de mierda.

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jueves 26 de marzo de 2009

Lomo sobado

LA REVOLUTA – EPISODIO 40

El Senador retornó de la calle hasta el grupo tras la camioneta. Caminaba con paso decidido. Terminó de meterse la camisa dentro del pantalón y abrocharse el cinturón a un par de metros de la F100. Miraba alternativamente hacia los conjurados, los viejos de la plaza y el piso, procurando pisar firme en medio de la oscuridad. Su secretario lo escuchaba reír bajo y llegó a creer que su jefe había perdido la cabeza. Lo de desnudarse, vaya y pase, pero que le hicieran toquetearse como una bailarina exótica le resultaba intolerante.

Listo, caballeros —dijo ya en el grupo en un tono que no traslucía vergüenza—, esto queda arreglado en minutos.

Senador —preguntó completamente anonadado el secretario—, ¿qué fue eso de bajarse todo y toc...?

Nada, nene, nada —lo censuró en voz baja—. Estrategia pura, pipi. Tenía que dejar que supieran que podían manejar la situación. Yo no me bajo los lompa por cualquier cosa.

¿No va a necesitar escolta para ir adonde estos chiflados, señor? —intervino el comisario—. Me ofrezco a acompañarlo hasta la panadería y cuidarle las espaldas. Me corresponde, además. No debiera ir con estos desacataos así como así. Quién sabe qué carajo tienen ahí dentro...

No se preocupe, comisario. Son pichis. —Y dirigiéndose a su equipo— ¿Qué más sabemos de los medios?

Me acaban de llamar algunos. Van a estar acá mañana por la mañana —dijo el flaco que había permanecido todo el día en Estación Alicia.

El Senador insultó de un modo casi imperceptible.

¿No pueden mandar nadie para esta noche? Carajo, ahora sí necesito que se apuren. Nos vendría bien hacer un adelanto provincial... A ver, lo mejor sería salir en la última edición de la televisión ahora y que empalmemos después con los matinales de la radio y la tele.

No tienen gente —informó el secretario—. Un canal dijo que iban a comentar algo y otro que tenían que ver si se caía la nota de la mujer de ochenta años que tuvo un bebé en su casa. ¿Se acuerda? —sonrió con malicia— Nuestro último éxito: su mejor subsidio, su mejor foto y la mejor cobertura del año, Senador.

Sí, pero no se puede vivir del pasado, querido... Por favor, no dejés de decirles a estos maricones de los medios que estén atentos. Desde ahora, tu tarea es meterle, cómo decirlo... meterle tensión dramática al asunto. Ah, y asegurate de que no se hable de la bajada de pantalones entre esta gente...

Hecho — dijo el secretario.

Giusti había permanecido hasta entonces en silencio siguiendo la conversación, pero ahora necesitaba sacarse la espina.

Perdón, pero... ¿escuché “medios”?

Medios —respondió El Senador, mirándolo con alguna displicencia—. Necesitamos que esto se sepa.

Me parece que no —lo contradijo el estanciero—. Si hay lío en la prensa hay problemas en todos lados, eso lo sabe. Esto va a ser un gentío. Con el quilombo que tenemos ya me alcanza.

No se preocupe, Giusti —procuró calmarlo el político—. Nada malo va a pasar.

Senador...

Giusti quiso seguir, pero el otro dio medio vuelta y se retiró a conversar con los dos asesores que viajaron con él al pueblo. Al estanciero le subió la temperatura y salió a buscar a la desesperada al secretario. Lo encontró entre el gentío, ocupado en convencer a las viejas y viejos de Estación Alicia que aquella persona que unos minutos antes exhibía una exclusiva danza erótica no era su jefe, sino él mismo. Considerando la escasa vista de los ancianos, no era un argumento insustancial.

El estanciero lo separó de la gente tomándolo con firmeza por el brazo.

Escuchá, pibe, mejor que sepan esto —encaró con firmeza, midiendo el tono para no gritar—: un lío en los medios pone a este pueblo en boca de todos y yo tengo negocios que proteger. Mis socios en Buenos Aires no van a estar nada contentos viendo que la guita que pusieron aquí está en medio de un lío por un pelotudo que se cree el “Che” Guevara.

Todos tenemos problemas que atender, señor —dijo el muchacho, cortante; estaba entrenado para romperse pero no doblarse si eso implicaba arruinar los planes de El Senador.

¡Y los míos son los primeros, carajo! —estalló entonces Giusti— ¡¿A quién quisieron joder acá?! A usted no. ¡Fue a mí, y de no ser por eso, usted ni habría venido!... —bajó el tono, pero no la inquina— No me diga que sus problemas son mayores que los míos porque la cosa así no camina. Ya suficiente esperé con el payaso del comisario para que ustedes ahora me quieran llevar de las narices adonde no quiero... ¡Mierda!

Entonces volvió a acercarse El Senador, que lo habia seguido a la distancia desde el mismo instante en que el estanciero corrió tras su ayudante.

¿Cuál es el problema, Giusti? —dijo, y no fue amistoso.

No se porte como que no sabe nada, que usted no es boludo... —ofendió.

El político mantuvo el temple.

No soy ni me hago, pero sí creo que usted anda un poquitín alterado. Venga, venga conmigo.

El Senador invitó a Giusti a seguirlo hasta el Falcon estacionado. Subieron y conversaron durante un espacio de varios minutos. El estanciero pasó de la gesticulación profusa del principio a un énfasis cada vez más apagado hasta concluir en una calma extraordinaria. Cuando bajaron, el estanciero dio la mano a El Senador, se fue con sus peones y el político con su gente.

¿Asunto arreglado? —quiso saber el secretario.

Asunto arreglado.

¿Cómo?

Un poquito de lomo sobado nunca viene mal... El problema de él es que los socios porteños se caguen si ven el despelote en los diarios o en la televisión. Dice que se le están venciendo un par de contratos de siembra en estos días y además tiene problemas para proveerles de semilla por no sé qué.

¿Entonces?

Simple, si hay lío en los medios lo convencí de que hablara con ellos. Que hiciera ver a sus socios que el problema no es de él. Que sólo estuvo, digamos, preso de las circunstancias. Y que si esto pasaba era por los malos salarios que ellos pagaban.

¿Salarios? ¿No es Giusti el que los paga?

Claro, pero con la plata de ellos. Me parece que el tipo muerde algo ahí porque los porteños no le prestan demasiada atención a esto. Si sale que los peones están enquilombados le dije que él parara todo dibujándoles la cosa, mintiéndoles a los socios. Mintiéndoles... —El Senador elevó los ojos al cielo y se corrigió— Diciéndoles que era porque necesitaban más dinero. Parece que es poca plata, de última.

¿Con eso lo arregló?

El Senador se acomodó el nudo de la corbata.

Uh... No, prometí meterle a la hija en el Ministerio de Desarrollo. Parece que es buena piba y ahí siempre caen las minitas de arreglo. Y a él le ofrecí un espacio en la lista de diputados para la próxima elección. Los provinciales, ojo, no los nacionales.

Sus asesores se miraron confundidos. El Senador nada más les indicó que lo siguieran.

Vamos a ver qué pasa con estos loquitos de la panadería.

Caminaron todos hacia la camioneta hasta que el jefe se detuvo de repente y dio media vuelta. Sonreía.

Puesto treinta y dos —dijo—. No sale ni mamado.

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jueves 19 de marzo de 2009

Vientos y mareas

LA REVOLUTA – EPISODIO 39

Ana lo miró varias veces a la distancia. Lo veía ir y venir en su ajedrez con el panadero. ¿Qué empujaba a Prasky a involucrarse? Era un recién llegado, sin lazos ni necesidades con los habitantes del pueblo. Y, más aun, quería volar desde que puso un pie en el guadal húmedo. Y cada vez que lo veía un juego de marea y contramarea se desataba en su pecho. ¿Qué deuda estás terminando de pagar, Ezequiel Prasky?

Apenas lo vio terminar una de las tantas partidas dialógicas con Porchetito, lo llamó. Prasky no demoró en llegar a ella pues deseaba salir del mareo a que lo sometía el humor cambiante del jefe revolucionario. Ni bien llegó levantó las cejas como señalando tras de sí.

La maestra no esperó saludos.

—¿Qué estás haciendo, Ezequiel?

No había molestia en su voz. Apenas una duda urgente y real.

—Creo que no te entiendo, Ana —respondió el otro, tontamente.

—No soy Porchetito. Conmigo no.

Prasky sonrió.

—Nada.

—No jugués conmigo. Nada tampoco: primero el viaje de Braulio, después armar esos... —no hallaba la palabra para denominarlos— cajones de vidrio con... gusanos. Ahora te ocupás de seguir al detalle cada movimiento de Porchetito. No, nada no es lo que vos hacés.

¿Debía decirle la verdad? ¿Podía confiar completamente en Ana? Si lo hacía, ¿no le molestaría que deseara escapar de allí a cada segundo? Ella ya había negado voluntad, pero Prasky no estaba demasiado convencido de que la maestra no tuviera su propia agenda. Eso de no querer irse ya del pueblo. Vamos, ¿quedarse a morir día a día en ese páramo?

Nada —insistió.

Ana lo regañó con la mirada por unos segundos. Prasky no pudo sostenérsela y, al cabo, respiró hondo.

¿Cómo marcha todo por acá?

Nada.

Oh, no, vos no...

¿Qué tal suena?

El periodista agachó la cabeza, movió el pie en el piso removiendo harina acumulada. Miró a la puerta. Porchetito movía la cabeza de un lado a otro decidiendo si dejaba entrar a El Senador. El político gritaba algo desde afuera y él se reía.

Parece que se está divirtiendo —dijo Prasky para escapar del acoso de Ana.

Ella no le respondió. Seguía inmóvil sin quitarle los ojos de encima. Parecía tener la tendencia de regañar a los demás como a sus alumnos.

Ufa, Ana...

Ufa... nada.

Ok, ¿qué querés saber? —se dejó vencer Prasky—. Te digo a cambio de que no volvamos al tema.

¿Por qué lo estás ayudando? —señaló a Porchetto, que volvía a gritarle a El Senador que debía desnudarse completamente—. ¿Por qué nos estás ayudando?

La miró a los ojos y sonrió. Como en casa de Lopes, volvió a sentir que le gustaba esa mujercita. Y era algo más allá de sus caderas y pecho, de la belleza dulcemente salvaje que había adquirido su rostro en el campo. Tenía que ver con su voz, con su respiración, con el modo en que se le caían las palabras de la boca, las cosquillas que le provocaban sus carcajadas de equino.

Lástima.

¿Lástima? ¿Nos tenés lástima? —Ana parecía defraudada.

Ahora fue Prasky el que no dijo nada y le mantuvo la mirada. Ana comprendió de inmediato.

Oh... ¿qué pasa con tu vida, lindo?

El muchacho vaciló. ¿Por qué confiar en ella? Había jugado consigo mismo. Evitó develar el real motivo de su auxilio a la revolución —la imperiosa necesidad de tomarse el palo del pueblo— pero el reemplazo no había sido mejor. Allí estaba, desnudo de alma ante la maestra, sin otra escapatoria que hablar de sí.

Mi vida es un verdadero quilombo. No quisiera abundar en detalles de algo que me tomaría toda una vida contarte. Te lo voy a poner así: como muchos de mi edad, generación, clase y lo que quieras, desde ciudad a país, no sé muy bien dónde estoy parado y hacia dónde voy.

No te sientas tan mal, creo que eso le afecta a todos. Incluso a Lopes. ¿O —señaló otra vez a Porchetito— creés que él sabe bien qué está haciendo?

Prasky sonrió.

Me importa poco qué sepa o no Porchetito.

Pues en estos momentos, amiguito mío, debiera, porque si no me equivoco sos “observador nacional” de esta revolución —se burló Ana—. Ahora, en serio, ¿me querés contar o no?

El porteño se rascó la barbilla y miró a los lados. La piecita donde dormía Porchetito, y donde horas antes él y Giusti habían sido recluidos, estaba vacía. El panadero seguía discutiendo con El Senador —le pidió que se sacara los zapatos y los arroje hacia su vereda y que se quite las medias y las ate como vincha— y los peones, sin Braulio, ya llevaban tres campeonatos de truco a partido, revancha y final. Prasky tomó a Ana del brazo y la condujo al cuarto. Cerró la puerta tras de sí.

Resumió su vida a grandes trazos, procurando centrarse en lo esencial, aquello que lo describiera de mejor modo. Sus padres fallecieron cuando era pequeño y fue criado por sus abuelos en Entre Ríos. Estudió la universidad en Buenos Aires y empezó a trabajar en un periódico como cronista deportivo. Un día le dieron una suplencia de verano en la sección de economía, le gustó y se quedó allí. Al tiempo empezaría con la revista de biotecnología, adonde llegó por un colega que lo recomendó. Con su jefe, contó, se llevaba bien. Hasta podía decirse que eran amigos.

Tuvo una novia por cinco años que se cansó de su falta de compromiso. Ella quería casarse y tener una familia; a él lo derrumbaba el futuro del planeta. Llegado a este punto, Ana lanzó una carcajada muy suya y Prasky se avergonzó. Exactamente así, dijo, era como reaccionaba su ex novia cuando él le decía que traer un niño al mundo con el calentamiento global en auge era una irresponsabilidad. Más aun, un crimen.

Mi querido Ezequiel —le acarició Ana las mejillas—, sos un tierno. ¿No se te ocurrió pensar que tendrías que pensar una mejor excusa, mi alma?

Pero es que... ¡es en serio!

Ana volvió a reírse.

Te lo juro. ¿Vos sabés que a este planeta le queda poco tiempo?

Más risas.

Los pingüinos no pueden vivir ya en la Antártida, quedan menos osos que nunca en el Ártico, y ¿vos te diste cuenta cuánto talan del Amazonas cada año? ¡A Buzios se la traga el Atlántico!

Ana se arrojó al piso: quedó pintada de blanco. Un peón se asomó por la puerta, atraído por los gritos; Prasky lo hizo desaparecer con un gesto de molestia y permaneció callado, contemplando a Ana, que poco a poco fue dejando de revolverse.

Ay, Dios... Perdoname —dijo ella—. Es que... —volvió a reír— Hacía mucho que no escuchaba una fuga tan graciosa.

Prasky había comenzado a darse cuenta de su respuesta —la actual y la que daba a su antigua pareja—, como si de repente una nueva biblioteca para interpretar su vida se hubiera abierto frente a él.

Dejá —respondió resignado—, creo que tengo que revisar bien qué hice. Pero de veras que los pingüinos me preocupan. No es joda. No, no te rías —Ana prometió que no lo haría si él no insistía con el tema. Acuerdo.

La maestra se sentó otra vez a la pequeña mesita.

¿Por qué no me contaste todo esto antes?

¿Acaso hubo oportunidad? —se defendió él—. O bien, ¿acaso debía hacerlo, correspondía?

No, es cierto, pero me habrías hecho quererte más rápido —dijo ella, con la cara iluminada, y lo besó.

Prasky aceptó sus labios y se puso de pie, tomando la silla con una mano. Retrocedió con Ana pegada a él hasta la puerta y apoyó el respaldo en el picaporte. Se desnudaron velozmente y se entregaron sin pausa. Sus gemidos fueron cubiertos por los soldados de la revolución —¡truco! ¡retruco, carajo!— y por las demandas de Porchetito Marx, que en ese mismo momento conseguía imponer su última demanda y gritaba a los cuatro vientos que la revolución de Estación Alicia, contra viento y marea, había logrado poner en pelotas a El Senador y que el político la tenía más chica que él.

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jueves 12 de marzo de 2009

Pirinchaje de cuarta

LA REVOLUTA – EPISODIO 38

Saludó con una enorme sonrisa blanca y estiró cuantas veces pudo sus manos para estrechar las de los vecinos. En cualquier ciudad, villa o universidad, la respuesta al brazo extendido hubiera sido automática. Madres entregando niños, viejas desdentadas llorando el fervor de un subsidio, pedigüeños de trabajo, casa y pan. Todos ellos eran profesionales del saludo y tanto como encajaban palmadas en la espalda con suavidad de algodón sabían colocar la mano para aferrar la de El Senador como si fuera la del mismísimo Papa. Nada de eso sucedía en Estación Alicia.

Es sabido, rozar el poder, obtener sus prebendas y sonrisa de prostíbulo forma parte de los deseos aireados e inconfesos de los hombres. El poder nutre. A los famélicos les llena los dientes de pan; los tullidos obtienen ruedas o muletas. A cambio sólo pide compromiso: un voto en el día indicado. Pero esa lógica era ajena para los alicianos.

El poder formal no testimoniaba en décadas, circunstancia que prohijó el surgimiento de relaciones personales que cimentaron los pilares sobre los que se construía el pueblo. Sólo la informalidad de Giusti imponía respeto y aun así el viejo era cauteloso con los vecinos. No reclamaba y en más de una ocasión extendió su dádiva para necesidades puntuales. Por eso cuando El Senador estiró sus manos entrenadas los viejos se quedaban mirándolas con un punto de intriga. ¿Quién este hombre que saluda como amigo? ¿Por qué sonríe si no es mi vecino? ¿Qué quiere de mí si en absoluto lo conozco?

Durante la infructuosa propaganda, El Senador jamás perdió la sonrisa de caballo y tampoco se desacomodó uno solo de sus cabellos, teñidos por un coiffeur de renombre. Después de esquivar la mano proselitista los vecinos lo veían a los ojos largo tiempo, como buscando asociar ese rostro y esa mirada a la idea de que él, ese hombre desconocido, traía, entregaba, significaba luz. Pero, ¿cuándo? ¿De qué modo? ¿Por qué creer en ese supuesto salvador? ¿Es en serio eso de la luz?...

Antes de que siguiera repartiendo candor en vano por mucho más tiempo, el secretario tomó suavemente del brazo a El Senador y lo alejó de los vecinos. Los otros dos acompañantes del político y un par de policías enviados por el comisario oficiaron de valla de contención inútil para frenar a un vecindario que jamás se exaltó y nada más susurraba preguntas sobre el regreso de la energía.

¿Qué dice, Giusti, cómo va? —preguntó El Senador, ya al pie de la camioneta donde el comisario y el estanciero esperaban—. ¿Qué tenemos?

Giusti saludó con un gesto y le dedicó una larga mirada. Hacía tiempo que no lo veía. Desde la campaña de reelección, un par de años atrás, cuando se reunieron en un bar perdido del sur provincial para arreglar el aporte del estanciero a la campaña. El comisario, en cambio, reparó en él como quien observa a una estrella.

Le sonrió con fervor, encandilado por la dulce y seductora voz del hombre y sus ojos celestes, más profundos que los de Giusti. Se admiró del bronceado parejo que cubría el semblante de El Senador. Cuando el legislador le extendió la mano, hasta él mismo se sorprendió: el comisario se la estrechó con una fuerza conocida, la de los desesperados y ávidos que tan bien conocía y faltaron en el amontonamiento de viejos. La sonrisa fotogénica saltó de inmediato al rostro del político, que devolvió el saludo apretujándole la diestra con las dos manos. Por fin alguien sensato, pareció pensar.

Luego el secretario acabó por ponerlo al tanto de la evolución de los hechos. El Senador, acostumbrado a ser notificado con palabras telegráficas o ideas fuerza, comprendía velozmente la situación y trazaba un mapa de soluciones posibles en su mente a la par que su asistente cronicaba la revoluta del panadero.

Ese asunto de la soja —dijo finalmente el político, con un tono definitivo— es fácil de resolver: traigan a los de la semillera y que hablen con la gente si quieren calmarla, aunque parece que les importa poco y nada. Por lo que veo, todos quieren nada más que luz, así que... veamos cómo terminamos con el circo ya mismo.

Senador, señor, un gusto, nuevamente... —volvió a presentarse el comisario— A fuerza de ser reiterativo pero no por ello restando importancia a los dichos de su joven y brillante asistente —dijo engolando la voz—, déjeme afirmar como oficial a cargo del operativo que la situación está perfectamente controlada a la espera de su resolución y la del gobernador. Y hablando de ello, señor, ¿la máxima autoridad de la provincia se hará presente? —terminó procurando controlar la ansiedad.

Gracias por la ceremonia pero no es necesaria, comisario. El gobernador no vendrá; yo negocio en su nombre. ¿Tiene un megáfono?

No, señor —respondió marcialmente— . Uso las manos, señor.

¿A la distancia? Qué poco tacto... En fin, a ver, muévame un poco el Falcon para que ilumine el camino a la panadería. Que no les de de frente porque se van a asustar. Póngalo ladeado, para que me vean llegar.

¿Va a ir? —se inquietó Giusti—. Me alegra que quiera resolver todo rápido, pero quizás no sea recomendable somenterse a...

No se preocupe, Bernardino —El Senador lo cortó con una sonrisa, firmemente aunque sin grosería—. He manejado cosas peores, y por lo que veo y me dice mi secretario, esto es pirinchaje de cuarta.

Luego se quitó el saco, remangó la camisa y aflojó la corbata. Se alisó el pelo hacia atrás con un peine que el secretario extrajo del bolsillo del traje y después revisó ambos costados del rostro, girando la cabeza a un lado y otro, ante un pequeño espejo que otro asistente puso frente a él. Tras eso, repitió a la perfección los modos de un actor: mostrarse compungido, preocupado, molesto, autoritario, ocupado por la situación.

Finalmente, comprobó la dentadura perfecta ante el espejo y se abrió paso entre el comisario y sus ayudantes. Se quedó solo por unos segundos contemplado la panadería. Luego giró —lo hizo en seco, con una confianza que el comisario decidió copiar— y se volvió hacia el grupo, afirmando rotundamente con la cabeza. Su equipo le devolvió el mismo gesto y el comisario los imitó, un segundo después. El Senador no lo vio, pues ya había vuelto a mirar hacia la panadería y, llevándose las manos a la boca —un gesto que emocionó al policía—, comenzó su show.

¡Señores... Señores...! —convocó con voz poderosa, y volvió el rostro al grupo—... ¿Cómo se llama el líder...? ¿Porchietti? ¿Poletto? Porchetto, perfecto... —y regresando la vista a La Espiga Roja Revolucionaria— ¡Señor Porchetto, soy El Senador! He venido con un encargo personal del gobernador para dialogar con usted y sus muchachos. Dada la situación, estoy convencido de que es imposible hacerlo a la distancia como hasta ahora. Esto merece una conversación de caballeros, respetuosa e inteligente... Seguro que nos entenderemos, así que... —hizo una breve pausa y abandonó el resguardo de la camioneta para meterse en la línea de luz de los faros de los autos— Así que me acercaré lentamente, sin armas, como verá, hasta la mitad de la calle, tal cual como lo estoy haciendo en estos instantes... Ahí me detendré y esperaré unos minutos hasta que ustedes me autoricen a ingresar, ¿de acuerdo? Sólo así, y repito, caballeros, sólo así podremos hablar. Entiendo su posición, señor Porchetto, y deseo que lleguemos a un acuerdo beneficioso. Es la orden del gobernador y es mi misión aquí. ¿Me ha entendido?

No hubo respuestas pero sí conversación al interior de La Espiga Roja Revolucionaria.

¿Senador?... ¡Papá, la que conseguiste, Comandante! —festejó Prasky, sacudiéndole los cabellos a Porchetito Marx— Tenés a un representante del gobierno acá para arreglar el asunto.... Gol, viejo, gol. ¡¿Viste que la radio funcionaba?!

El entusiasmo del periodista mediaba entre la alegría real y el provecho propio. Con un político allí la revolución tenía las horas contadas. No tardarían en llegar a un acuerdo y él, finalmente, podría salir de Estación Alicia. Pero, curiosamente, en el momento en que la idea de abandonar el lugar se hizo patente en su mente, Prasky sintió como sin un pequeño orificio se abriera en su pecho. Como si su cuerpo resistiera seguir a su mente. ¿Acaso no quería irse, en realidad? Prontamente, sin arreglo a segundas lecturas, atribuyó la reacción física al desajuste emocional de esos días.

No conozco a este tipo, Prasky —sentenció serio y reconcentrado el Comandante Marx y esta vez su voz sonaba firme y segura—. Aquí no viene un político desde antes del corte de luz. Ahora bien, si éste vino es porque la pegamos, sí... —pensaba rápido, con las cejas arqueadas y toda la frente reunida en cinco arrugas— Tenía razón, no más, parece. Creo. Los gusanos y la radio funcionaron, sí... —en esos momentos Porchetito había empezado a dudar más rápido de lo que pensaba— ¿Tendríamos que dejarlo entrar, no? Quiero conocerlo... Digo, para discutir el tema, usted me entiende...

Claro que lo entiendo, Comandante —Prasky fue sinceramente asertivo, deseoso porque el otro no titubeara—. Mire, el jefe es usted; yo sólo lo ayudé en la emergencia. No estoy tan seguro de dejarlo entrar hasta saber qué quiere, ¿no?... Digo, no sé, yo me aseguraría... —¿por qué estaba dudando él ahora¿—Pero, ¿qué digo?, discúlpeme, che... Yo no tengo que aconsejarle cómo hacer para hablar más cómodo, que seguro sería aquí, pero, claro, no me siga. Usted es el Comandante Marx, suya es la decisión, por supuesto...

Tiene razón, tiene razón, Prasky... —los nervios brotaron de una sola vez tras escuchar al periodista; Porchetito no había conseguido de él la seguridad que precisaba— Tengo que calmarme...

Se levantó e inició su maniática caminata circular por la panadería. Los peones, más atrás, cuchicheaban sobre la llegada del político y le echaban una mirada de vez en cuando. Sin Braulio allí nada más deliberaban a base de chistes. El panadero volvió a la puerta y se parapetó. Parecía decidido a algo, como si hubiese dado con la llave maestra que había precisado desde el inicio de la revolución. Prasky se paró al otro lado:

¿Y? —inquirió, deseoso.

Vea esto.

Porchetito asomó apenas el rostro por la ventana rota.

¡Senador, soy El Comandante Marx, líder de la revolución de Estación Alicia! ¡Era hora de que un representante del Estado burgués se hiciera presente! Dígame, ¿qué quiere hablar?.

Comandante... —dijo El Senador, evitando llevar a menos la figura de Porchetto— quiero hablar en persona con usted. El gobernador me ha comisionado a darle una solución atendiendo a sus demandas. A todas, sin cortapisas. Eso es lo que deseo discutir... Pero le pido que me deje ingresar para hacerlo en mejores condiciones —mientras hablaba, El Senador avanzaba hacia el centro de la calle—. Como verá, estoy desarmado, y estoy más preocupado por toda esta situación. Dígame... Quiero que sepa... —se detuvo justo en el centro del camino— Quiero que sepa que deseo conocer sus motivos para que encontremos juntos, repito, juntos, una salida a esta crisis... Por favor, le solicito que me deje ingresar...

El Comandante Marx calló. Se sentía halagado porque le reconocieran el rango y el Estado tomase en serio sus demandas. Nada de eso había pasado hasta entonces; las negociaciones con el comisario habían quedado sumidas en la insignificancia. Sí, una cosa era discutir con un policía de pueblo y otra con un enviado directo del jerarca máximo de la provincia.

¿Y?

Estoy pensando, Prasky...

Pasaron algunos segundos con el Comandante con la cabeza gacha y la mirada fija en el piso, hasta que, de repente, una sonrisa maligna se instaló en su rostro.

Ya sé.

¿Lo va a dejar entrar?

No sé, todavía no sé... Antes...

Volvió a asomarse a la puerta.

Senador... escuche... ¿cómo sé que no trae armas? ¿Quién me lo garantiza? —gritó.

Se lo garantizo yo, Comandante: palabra de senador de la provincia.

No, no jodamos, con esa bosta no alcanza. Quiero garantías.

El Senador bufó, pero debió resignarse: quería resolver el asunto, porque sabía que eso le daría puntos en los medios. Preguntó de qué garantías hablaba.

Tengo que ver que no trae armas... Así que... —el Comandante Marx hizo una pausa para acentuar el dramatismo de su pedido—... ¡bájese los pantalones y quédese en bolas!

¡¿Qué hace, Porchetito?! —Prasky lo miró con los ojos extraviados.

Porchetto era una sola risa; al porteño le pareció que ahora sí había perdido completamente la cabeza: tenía una solución a mano —él deseaba que esa fuera una solución a mano— y la arruinaba con una provocación de cateto.

Shhh.... No joda que lo estoy midiendo al tipo este.

Pero mire si se va a poner en bolas, hágame el favor... —empezó a molestarse Prasky presintiendo que se le iba otra oportunidad más de escape— ¿Qué se cree, que este no tiene orgullo, boludo?

Afuera, El Senador se debatía. Levantó un dedo al aire como pidiendo un minuto a los atrincherados en la panadería y giró llamando a su secretario. El muchacho dejó el escondite tras la camioneta y corrió a su encuentro.

Nene, ¿llegaron los medios ya? —dijo el político en voz baja.

No, Senador, todavía no.

¿Y estamos completamente seguros de que no van a llegar, digamos... en los próximos quince minutos? —volvió a inquirir.

Seguro. Les va a tomar su tiempo. ¿Quiere que llame para apurar?

No sea pelotudo. ¿No escuchó lo que pidió el chiflado ese del panadero?

Me temo que no demasiado, Senador. Le pido mil disculpas pero estaba conversando con algunos productores de radios de Córd...

Ya, no explique. Me pidió que me ponga en pelotas como garantía de que no llevo nada encima.

El muchacho no respondió. No hubo consternación en su rostro; más bien, estaba reconcentrado, como si evaluara opciones.

Si le sirve de algo, los medios no llegan en un buen rato. Y aquí viven doscientas personas. Doscientos votos. Silenciables con la luz, subsidios, un poco de pavimento.

El Senador le hizo señas de que completara la idea.

Ponerse en bolas no está mal si con eso hay una primera plana, Senador.

El político no necesitó más, se quitó la corbata y se la entregó al asistente, que empezó a desandar su camino hacia la F100 mientras él volvía a girar para ponerse de frente a la panadería.

Medios —musitó—. Es la primera vez que no los quiero cerca.

Sin demora, El Senador desabotonó la camisa y en un tristrás se bajó los pantalones hasta los tobillos dejando ver unas piernas flacas y varicosas.

Mi dios —exclamó Prasky ante la mirada de Porchetito Marx, que se mordía los labios con picardía.

Era una imagen graciosa, especialmente por el recorte del cuerpo que provocaban las luces de los autos. El Comandante Marx lo entendió así.

¡Bueno, ya está! ¿Ahora qué más quiere, carajo? —gritó entonces el político.

Un segundo —respondió Porchetito volviendo a sentarse en el piso.

¿Y ahora? —inquirió Prasky—. ¿Le va a pedir que se haga una paja dedicada a la tribuna?

No me tiente —río el Comandante—. Ahora lo vamos a hacer entrar. ¿No se dio cuenta? Está regaladísimo —concluyó.

Mire que... —dijo el otro con una sombra de duda en la voz.

¿Mire que qué, Prasky?

Nada, nada...

¡Hable!... ¿Qué quiere decir? Este momento es crítico y necesito ideas, así sean las suyas, que hasta ahora han sido más teatrales que efectivas.

¿Y eso? Hacía unos minutos Porchetito Marx reconocía el impacto de las cajas de vidrio con la soja y los gusanos y ahora se daba vuelta los calzoncillos. Prasky quería convencerse de no estar escuchando lo que entraba por sus oídos y apretaba la lengua contra el paladar para no decirle la verdad de sus planes.

Nada —respondió, templándose—, sólo que éste... Éste es un político profesional y me parece que puede enredarlo, che. Si se puso en bolas es porque vio que no perdía nada con hacerlo y que quizás ganaba bastante más haciéndole caso a usted...

Porchetito lo miró fijo unos segundos, pero luego volvió a sonreír. Había tenido una nueva revelación que expresaba con una sonrisa, ahora, ferozmente pérfida. El porteño lo notó: no era el panadero quien lo miraba sino el comandante revolucionario Primo Carlos Porchetto Marx.

Msé... Pensé en eso —dijo con tono sobrado—, pero usted no pensó en la otra: si este tipo entra, de acá no sale... Me cago en Giusti —sonrió con malicia—: ahora me quedo con un preso político del Estado.

La salida descolocó a Prasky, quien, era cierto, no había evaluado esa maniobra como posible. De hecho, difícilmente hubiera sobrevolado por su cabeza la posibilidad de que Porchetito recuperase la iniciativa. Él seguía presenciando una revolución sin norte ni victoria visible, más allá de las creencias alocadas del panadero.

Ojo —aconsejó—, la va a volver a poner difícil, Comandante...

No —respondió terminante el Comandante Marx—, en esta ganamos. Segurísimo. Vea, si ya se puso en bolas este tipo accede a cualquier cosa. Lo dicho: está regalado. Con moño y tarjeta. Con ése adentro tenemos ventaja, y me parece que es definitiva.

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jueves 5 de marzo de 2009

Los marxianos somos verdes

LA REVOLUTA – EPISODIO 37

Lenin hizo su mayor esfuerzo. Por un instante, el único gangoso del pueblo supo que estaba ante la oportunidad de su vida. No se trataba del estrellato sino de demostrar a Benito Raimundi, su patrón y propietario de la verdulería de Estación Alicia, que era capaz de más que cargar el cajón de naranjas o lustrar las berenjenas. Una vez que templó los nervios, el texto que la maestra le dictaba al oído comenzó a irradiarse con su voz pastosa. Su título: “De Cómo Declaramos la Revolución en Estación Alicia y Nuestras Fuentes de Inspiración”.

El texto decía:

A quien corresponda en el mundo del éter:

Nos, los representantes de la revolución marciana, hemos tomado las instalaciones civiles de Estación Alicia, ubicada en plena pampa de la República Argentina. A través de este comunicado, al que denominaremos informalmente Bando Número Dos, queremos hacer saber a la humanidad que estas tierras pertenecen ahora a los marxianos, al Ejército Rojo de Estación Alicia, instalado, no podemos decir que cómodos, pero sí convencidos en las instalaciones de la panadería La Espiga Roja Revolucionaria.

Hemos mantenido por años nuestra operación en secreto. Ni las falanges de las Termópilas ni el asesinato de Nerón a manos de Julio César y de éste, ultimado por Cayo Bruto Julio Octavio Tercero, tuvieron el tiempo de preparación de esta invasión marxiana a los verdes prados rebozantes de productos agrícolas argentinos que hoy se reparten por el mundo.

Nuestra operación es la culminación del ideal troyano, perdón, griego. Hemos permanecido ocultos, no en la panza de un caballo de madera, sino entre las mieses, los tallos y los paraísos pampeanos, hasta tener plena conciencia de que la toma de Estación Alicia podía iniciar la conquista del mundo por parte d elas fuerzas marxianas.

Hoy iniciamos ese camino. Vini, vidi, vinci, dijo Cicerón, o quizá fue Pompeyo o César y hasta capaz que Aníbal, pero no estamos muy seguros. Lo importante es que la suerte está echada.

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Hombres y mujeres del planeta... Por largo tiempo esperamos instrucciones de nuestro comando central, ubicado en Buenos Aires, muy cerca de la Casa Rosada, desde donde nuestros líderes marxianos guiaron nuestra estrella. Ahora, un miembro de nuestra fuerza, el observador nacional Ezequiel Prasky, ha dejado sus tareas periodísticas en la capital de este bienamado país por el que muchos lucharon y cayeron en los campos de Ayacucho, Vilcapugio, Ayohuma y Curitiba, y se ha llegado hasta aquí como muestra de que los tiempos habían dado, de que las campanas suenan por nosotros y que los marxianos, y no los santos, venimos marchando.

Al mundo que nos ha tenido negados, como si fuéramos una visión alucinada, una creación de Bradbury: ¡la invasión marxiana tomará los campos de Estación Alicia y desde aquí irradiará su poder hasta conquistar el mundo!.

Oh sabios líderes nuestros, oh Comandante Marxiano Porchetito, oh observador nacional Prasky, oh...

Los marxianos hemos sumados a cabales hombres del arado, el potro y el ordeñe a mano para fortalecer nuestra acción. Son personas fuertes, somos seres poderosos. Hemos tomado las armas y sometido a quienes controlaban hasta hoy a la humanidad. De nada sirve ahora su dinero, señores, de nada su explotación. Los marxianos vamos a tomar el mundo.

Primero es esto; luego, el planeta. Arderán en su infierno los poderosos. Primero, Estación Alicia; luego, Washington, Roma, París, Berlín, Manila...

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Nos inspira la necesidad de cambiar las cosas. Líderes, es lo que nos inspira. Lenin, y el hermano Marx, Las Águilas Negras y La Linterna Verde. Porque, hombres y mujeres de toda esta tierra explotada por avaros y codiciosos, los marxianos somos verdes, como verde es el campo argentino y como verde es la esperanza. Y así como la pampa tiene el ombú y la cordillera Los Andes, nosotros tenemos verdor, verdad y verdura...

Verde es la ahora marxiana Estación Alicia y verde seguiremos siendo los marxianos, así sea roja nuestra espiga y el nombre de la panadería que nos cobija. No nos preocupa la confusión cromática, señores; sólo el marxianismo y su triunfo final. A aquellos que creyeron que las ideas y el estilo de vida marxianos no existieron nunca, a aquellos que alguna vez lo aceptaron pero asumieron que habíamos dejado de existir, nos, los marxianos de la pampa, los convocamos a visitar nuestro asentamiento. No hay mucho para ver porque esto es llanura pura y la llanura no termina nunca, debemos decir. Sin embargo, tampoco lo hará la conquista marxiana del corazón humano.

Hoy somos pocos pero ya seremos muchos. Lo verán. Sí, el pueblo que hemos liberado del yugo esclavista de los dueños de la humanidad, lo sabemos, claro que lo sabemos, es pequeño. Pero ser marxiano es una conducta. Más aun: es una convicción. ¡Somos marxianos hasta los genes, carajo!

Escúchenos y hagan conocer nuestra voz: todos debemos abrazar la causa marxiana, la única capaz de crear al hombre nuevo. A un hombre marxiano. Queremos que nos conozcan, que nos sepan decididos. Hombres y mujeres del planeta, humanidad toda: están invitados a venir a Estación Alicia para descubrir la nueva sociedad marxiana y nuestro espíritu. No se arrepentirán y nuestra sociedad los cuidará como si fueran hijos a quienes perdimos hace tiempo y a la distancia, así sea espacio sideral el que nos haya separado. La sociedad marxiana es abierta al amor, la paz y la tranquilidad espiritual. A dormir la siesta y a la poligamia. Somos seres positivos, como el verdor de nuestra esperanza. Vengan a nosotros: la casa marxiana es chica pero el corazón es grande.

¡¡Alea jacta est, alea jacta est, alea jacta est, hasta la victoria, venceremos, volveré y seré millones!!

Oh sí, querida humanidad necesitada de revelaciones, nuestra acción marxiana inaugura hoy la Argentina Año Verde. Por eso, como razonara el poeta, arquitecto y mecánico industrial Arturo Jauretche...”

***

Braulio y varios peones pasaron junto a Ana, que entonces hizo una pausa. Preguntó a Prasky con un golpe de cabeza qué pasaba. La distraía tanto movimiento. Con otro, él le dio a entender que todo estaba bien y sacudiendo la mano le indicó que siguiera en lo suyo. La maestra se desentendió de la movilización de los peones y, antes de reiniciar, pidió a Lenin que mejorase su dicción, que se tranquilazara y que tomase aire antes de hablar pues aun quedaba bastante y su imaginación apenas estaba desperezándose.

Tenés que pronunciar mejor, Osvaldito. Mirá que del otro lado no van a comprender bien lo que decís. Esto es lo más importante: tratá de que la equis suene como equis porque hasta ahora suena como una zeta, ¿me entendés? Repetí conmigo: “mar-xia-nos, mar-xia-nos”. No, no, pará: “marzianos” no, “mar-xia-nos”... Otra vez... ¡No, no, no!... Ufa, a ver, probemos con esta otra: “Combatientes mar-xia-nos”, “Somos combatientes mar-xia-nos en el campo cordobés”. No, “mar-xia-nos”, “somos marxianos”, de nuevo...

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jueves 26 de febrero de 2009

Tragedia y farsa

LA REVOLUTA – EPISODIO 36

Ni Prasky ni Porchetto distinguían mucho qué sucedía en la plazoleta y eso alimentaba la tensión de ambos. Sin embargo, al interior de La Espiga Roja Revolucionaria, el ambiente era distendido. Los peones habían pasado del silencio al griterío del truco y los rebuznos del envido. El Comandante Marx pensó en mandarlos a callar y reclamarles que guardasen la compostura. ¿Adónde se vio a un revolucionario a grito pelado peleando por una buena mano con la policía pertrechada al otro lado de la calle? Desistió cuando un flaco peleón del grupo de Braulio empezó a echar cartas sobre la mesa, reventando a la pareja contraria con envidos y real envidos más que bien cargados. Esas rachas, se dijo Porchetito, no hay que cortarlas.

Fue Prasky el que lo sacó de allí.

Creo que era así —dijo, y recitó—: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos...” ¿pero?...

...

El porteño vio literalmente al Comandante Marx tragarse la vergüenza y la incomodidad de una vez. Se había quedado picado de la charla anterior, cuando Porchetito Marx lo provocó con una pretendida clase de marxismo y se fue al mazo apenas él devolvió el convite. Fue por otra, más por deseo que burla. De tanto en tanto insistía en querer hallar en el jefe de la revolución una cara distinta a la zozobra y la confusión. Necesitaba saber que tenía los nervios templados hasta para la provocación callejera. Lo que vendría después, suponía Prasky, no sería una fiesta para los revolucionarios de Estación Alicia.

Esta es conceptual, Porchetto: los grandes hechos y personajes de la historia se repiten... ¿cómo?

Porchetito se revolvió nervioso; pasó la lengua por los labios.

Vamos —lo animó Prasky.

No tengo buena memoria, Prasky —mintió, escondiendo la mirada en el piso de la panadería.

Déle —insistió el otro.

Por favor...

No hizo falta más. Prasky aceptó compadecerse y reservarse sus deseos. Le dedicó una última mirada, asintió con la cabeza —¿resignado, vencido, conforme, superado?— y se marchó a conversar con Ana. Porchetito no se movió de su sitio al lado de la puerta de La Espiga Roja Revolucionaria, oteando semioculto el parque del pueblo. Prasky volvió a los pocos minutos; cruzaron miradas y esta vez el panadero lo recibió con una mueca por sonrisa. Se sentaron en el piso con las espaldas contra la pared, en un silencio prolongado. De cuando en cuando, el periodista se hacía señas con la maestra. A Porchetito le caía simpática Ana y el juego lo relajaba también a él.

Prasky... —habló finalmente, con una sombra inicial a duda en la voz— ¿A usted se le ocurrió que iba a acabar en esto?

La pregunta no escondía trampas; era directa y honesta. ¿Era posible que este hombre que empujaba a una pandilla de analfabetos a una suerte que podría ser capital para sus vidas, navegase tan livianamente entre el fastidio y la necesidad de autoafirmación, el enojo y el buen talante, la duda paranoica y, como ahora, la credulidad naïf?

Ni en sueños —dijo Prasky, también sin agresividad—. Aunque acabar es decir demasiado: apenas le di una mano con las peceras, che.

Vamos, algún cariño le debe tener...

Noooo... Ni en pedo. Aunque me sigue llamando la atención que se meta en algo así sabiendo que pierde, insisto. No me como lo del romanticismo bolche. Bullshit, viejo, huevadas. Si lo ayudo es porque debe ser que me resulta simpático coquetear con la derrota.

Ánimo, Prasky, no se de por vencido —se entusiasmó el panadero otra vez, sin causa aparente—. A esto lo ganamos con un poco de esfuerzo. ¿Qué ve?

Prasky volvió a asomarse desganado.

Nada de nada. Están todos amontonados detrás de la camioneta.

Hummm.

Ahá.

¿Sabe? Me parece que aunque les hayamos sacado ventaja con la soja tenemos que inventar algo.

¿Algo como qué?

Levantar la jugada. Algo, hacer algo.

Prasky dijo que no tenía una sola palabra en mente; Porchetito respondió que él tampoco tenía nada que aportar. Pero entonces ocurrió lo impensado: intervino Braulio. Él sí tenía un par de cosas que decir, dijo. Los había estado escuchando y ahora se acercaba a ellos.

Oiga, Mars, ¿no le parece que ‘tamo un poco tieso acá? —empezó— La tropa se mianda aburriendo como la concha ‘e la lora, macho. ni el truco le va a alcanzá en un rato. ¿Qué vai a hacé, che?.

Estamos debatiendo eso con Prasky, precisamente... —Porchetto simuló un tono marcial que no se correspondía con su físico o personalidad e incluyó al porteño en el plan sin que éste dijese nada—. ¿Usted tiene algún aporte? —sugirió, desprovisto él mismo de soluciones perentorias— Dígalo, con confianza. Esto es una revolución, todos opinamos... Ejem.

Braulio se rascó la nariz; después se quitó una gorra que llevaba puesta e hizo lo mismo con la cabeza.

Como plan no sé, pero se mihace que a esto lo corremo con un cacho ‘e lío, che.

Porchetito Marx miró a Prasky. El periodista hizo una mueca; no perdía nada con escuchar.

Explíquese —ordenó el Comandante Porchetito.

Lo muchacho y ió, cuando salimo, vimo a Don Dugoni en el campo. Andaba arando uno potrero. Preguntó qué carajo hacíamo por ahi y le dijimo...

¿Cómo que le dijeron? —protestó Marx— ¡Tenían que ser discretos, Braulio!

Ma’ qué discreto: ¿a quién le va a andá cotorriando Dugoni en medio de la pampa? Ademá, é un viejo loco que usté, nadie le cree. Bueno, el asunto é que se calentó.

Como para que no, si le dice que vamos a tomar los campos —se quejó el panadero—. Creyó que se queda sin trabajo. Ay, Dios...

Braulio interrumpió:

Mars, no hable si no sabe: Dugoni se calentó con los tipo de la semiyera. Nosotro le dijimo que íbamo pa aquel lao. Él fue el que nos ievó hasta la planta, o no iegábamo en ochenta año. ‘Tá caliente con eios porque le hizo uno trabajo y lo tienen dando vuelta con el pago hace mese.

¿O sea? —Porchetito tenía la insana manía de apurar definiciones de los demás cuando él era incapaz de dar las suyas.

Bueno, que a Dugoni si le mojamo la oreja arma un liazononón...

¿Tan liero es? Me pareció un hombre tranquilo —intervino Prasky.

¿Qué no? —se rió el peón— Dugoni se cagó a trompada cuando Giusti empezó a alquilá lo campo. Uno tipo de Buenosaire empezaron a traé máquina y a él no le gustó ni medio eso. Esa sí lo dejaban sin laburo. ‘Tonce lo fue a buscá al campo y se la agarró a piña con o tré coso de esos. Bah, no sé, capá que era uno solo, pero él dijo que eran tré. O cuatro. El asunto é que lo dejó ‘e cama a lo otro pesado. Viejo jodido, che. Curtido, se la banca bien Dugoni.

¿Y piensa traerlo a Dugoni a pelear con la policía? ¿A las piñas? —interrogó Prasky, sin comprender bien el final del plan.

No, qué piña, no seai huevón, porteño... Lo traemo con el Ión Dir.

¿Ión Dir? —el periodista no entendió.

John Deere, el tractor —tradujo Porchetito.

Mirái... —dijo ahora Braulio, señalando por la ventana de la puerta— Mirái atrá e la placita. ¿Ven el caminito que viene de aiá? —Braulio señaló a la derecha indicando la calle que pasaba frente al bar y hostal de Doña Margarita—. Aura no se ve mucho como pa’ que lo distingan, pero Dugoni conoce el pueblo como la palma ‘e la mano. Lo puedo hacé entrá por ahi, por esa caie.

¿Para qué? —insistió ahora el panadero— Todavía no entiendo...

Pacé quilombo, Mars, ¿paqué va cé?... ¡‘Tamo todo acá sentao al pedo como si fuéramo a misa! Si vai a devolveno lo campo tené que meté un par de mano pa chicotiarlo o esto coso nos van a cagar a balazo.

¿Y qué quilombo puede hacer Dugoni con el tractor? —buscó precisar el Comandante.

No sé, dejame pensá. puedo í a buscalo. No ‘tá lejo de acá. Mientra voy pa aiá pienso. ¿Qué decí?

El Comandante Marx miró a Prasky buscando una respuesta que el otro no tenía. Volvió a hablar con el peón.

Pero Dugoni no sabe de la importancia de la revolución...

Puta, como si alguien supiera lo que te traé, culiao. nunca fuí a la ecuela y me hablái de revoluta. ¡Qué calienta, loco! A esto le quitamo lo campo si hacemo quilombo, nada . É eso o no é nada, ¿cazá? ponele el nombre que querái, pero lo único que no va a dá la estancia é el lío que podamo armá...

Pero toda revolución necesita convencimiento, Braulio... Usted...

las pelota... Vó no prometiste lo campo y eso é lo que vamo a buscá. Voy a velo a Dugoni. Ustede pérense acá.

Braulio se incorporó y salió hacia el fondo. Habló con unos peones; Prasky y Porchetito siguieron sus señas. Los peones asintieron y Braulio salió por el patio.

—“Como tragedia y como farsa” —dijo Prasky, que había seguido toda la acción.

Porchetto lo miró extrañado.

No entiendo, ¿qué es?

Nada, me acordé de un chiste.

Ah.

—“Los hombres no hacen la historia a su libre arbitrio sino bajo circunstancias legadas por el pasado”... ¿Era así?

El Comandante Marx creía reconocer esas palabras de algún lado. O no. Maldijo su memoria.

¿Otro chiste?

Otro —río el periodista—. ¿Quiere escuchar uno más?

Porchetito no hizo nada y Prasky entendió la ausencia de gestos como una sugerencia positiva.

—“La tradición de las generaciones muertas oprime como pesadilla el cerebro de los vivos”. ¿Qué tal?

¿Vio acaso que me ría?

Vamos, Porchetito, es nada más que...

El 18 Brumario.

¿Lo sabía? —se sorprendió Prasky.

¿Acaso cree que adiviné?

Esta vez fue el periodista quien no supo si el otro bromeaba o hablaba en serio. Se guardó toda reacción, concediéndole el beneficio de la duda al Comandante Marx. Se quedó pensando en los últimos acontecimientos. El auto recién llegado. La esperanza de que fuera de personal de Monsanto que venía por él. Las derrotas sucesivas del plan de Porchetto a lo largo de las horas; su propio naufragio cuando quiso dejar Estación Alicia. Su estúpido plan personal de asustar a esos viejos cansados con soja y gusanos y otro nuevo, capitaneado por Braulio, que se reducía a movilizar el sentimiento caído de la revolución con un tractor John Deere.

Tragedia y farsa alternadas, decía el Brumario. En ese pueblo se daban ambas en simultáneo.

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jueves 19 de febrero de 2009

McDonald’s no piensa lo mismo

LA REVOLUTA – EPISODIO 35

Porchetto pidió a los policías que dejasen salir a uno de sus comandantes para parlamentar. Trotsky fue el elegido. Carlitos abrió la puerta, hizo dos pasos y, como estaba planeado, no dijo palabra y se limitó a depositar las peceras de soja en la vereda de la panadería. Luego se agachó y encendió la linterna debajo, de modo que los vidrios provocaron una refracción alucinante en medio de la noche. Era la primera vez en décadas que los habitantes de Estación Alicia veían tantas luces encendidas en un mismo lugar. Un extenso “ohhh” de admiración emergió del corazón de la plaza.

El comisario siguió atento los movimientos, inquieto. Miró a los demás buscando ideas; sólo obtuvo hombros escogidos y miradas esquivas. Cuando volvió la vista a la panadería, el ayudante de Porchetto trasponía la puerta de La Espiga Roja Revolucionaria.

¿Qué hace, Porchetto? —gritó— ¿No íbamos a hablar, che?

En la panadería, Prasky dictaba al oído del Comandante Marx la respuesta:

¡Esto... esto que usted ve... es contra lo que estamos peleando! ¡A un lado hay soja sana; del otro... del otro hay soja que ha... que ha sido tratada en el laboratorio de la semillera! ¡Si prestan atención, va... va a ver gusanos comiendo de la soja sana.... Pero ninguno.... ninguno.... eh... —Prasky hablaba demasiado rápido y El Comandante no podía repetir a la misma velocidad—...... eh... Digo, nunca, quiero decir, ninguno... ninguno de los de la soja que es modificada en el laboratorio está vivo! ¡Esa... esa es la soja que nos dan de comer estos crápulas!... ¡La la misma que tiene el vendepatria de Giusti! —agregó Porchetito de su cosecha particular—... ¡Eso hace el imperio...! ¡¡Nos da veneno!!... ¿Entienden ahora por qué la revolución?...!!

Giusti se molestó.

¡No diga tonterías, carajo! —se asomó vociferando tras la chata— ¡Deje de asustar a la gente con pavadas! —y volviéndose a la multitud congregada— Nada de lo que dice es cierto. ¡Nada!

Oiga, pérese, ¿está seguro? Yo oí de esa trasg... trans... Bueno, como sea, yo oí que la tocaron, la cambiaron, para matar la bicha. ¿Eso comemos nosotros?

La preocupación del comisario no era única: sus hombres también intercambiaban miradas entre el furibundo Giusti y las peceras y los habitantes de Estación Alicia habían cambiado la fascinación de la luminiscencia de las peceras por una expectación creciente. Por un momento, nadie más tuvo ojos que para el estanciero.

Ay, Dios... —suspiró el secretario, decidido a sacar de apuros al financista de su jefe— Comisario, escúcheme, nada de eso está comprobado. Debo decir... —como Giusti, se volvió también hacia la gente, elevando el tono para asegurarse de que lo escucharan hasta los viejos de oídos tapiados— Debo decir, vecinos, que he participado de algunas discusiones con grupos ecologistas y ninguno —enfatizó—, ni nosotros ni ellos, nos pusimos de acuerdo sobre la maldad manifiesta de esa soja. Ellos insisten, pero no tienen con qué probar que este producto es nocivo. —Y bajando el tono, ya dirigiéndose sólo al comisario—Están tratando de asustarnos; no les haga caso.

¿Seguro, che?

Segurísimo. Me parece que buscan que la gente reaccione, pero, vea, nadie dice nada. Apenas murmullos —señaló al pueblo sentado en las sillas en la plaza—. Si es que creyeron algo del argumento, mientras no vean nada no lo van a creer del todo. La pegaron poniendo la linterna debajo, je, son listos después de todo... Queda bien, tiene impacto, pero desde donde estamos, desde esta distancia, no hay una sola vieja que alcance a ver algo dentro de esas cajas. Pero, por si acaso, déjeme hacer una prueba...

El secretario se volvió hacia el centro de la plaza y fue a parlamentar en voz baja con Doña Margarita. Los otros lo vieron señalar hacia las cajas y a la señora estirarse para divisar aquello que el chico indicaba. Luego volvió con el policía y Giusti.

¿Y? —quiso saber el comisario.

Le dije: nada. No ve nada, y eso que está en primera fila. Si esa señora no distingue desde ahí, los de atrás ven menos todavía. Estamos bien, estamos bien. Tenemos la ventaja todavía.

¿Pero seguro que nada? ¿Y si no hablan por miedo? —el comisario no parecía convencerse; en realidad era él el atemorizado.

¿Lo convenzo si le digo que dijo que le parecía que estaban muy lindos esos helechos?

El comisario pareció darse por vencido y entonces intervino Giusti.

Mientras vea yuyo no hay problema —dijo—, pero parece que le costó convencerla. ¿Qué hablaba tanto con Doña Margarita?

Cuando el estanciero preguntaba sus formas secas hacían que cada pregunta pareciera una exigencia de respuesta, una orden que debía ser satisfecha con todas las verdades posibles.

Me preguntó si era cierto que traíamos la luz, nada más —confió el secretario—. Nos escuchó cuando hablábamos del tema.

Es cierto, es posible —intervino Giusti—: estaba bastante cerca de mí.

Puede ser, pero mientras no mueva un dedo no hay problema. Necesitamos manejar el factor sorpresa de la luz, así...

Oiga, me parece que para eso es tarde —interrumpió el estanciero, indicando hacia el centro del parque—. Mire.

La multitud de ancianos, hasta entonces silenciosamente sentada, había rodeado a Doña Margarita una vez que el empleado de El Senador la dejó tras su breve conversación. La señora gesticulaba contando algo que Giusti, el secretario y el comisario no alcanzaban a oir. Pronto la plaza entera se convirtió en una asamblea de voces elevadas. No pasó mucho hasta que alguien profirió un grito exaltado.

Del otro lado de la calle, la fractura del silencio de la noche entusiasmó a Porchetto.

¡Prendió, Prasky, lo de los gusanos funcionó! —vociferó observando por el ventanal de la puerta— ¡Vamos, carajo, todavía!

Tranquilo que falta —lo calmó el otro, controlado y desconfiado—. ¿Ve algún movimiento?

Las luces de los autos están encendidas, pero no veo mucho —respondió procurando esconder la excitación el panadero—. Hay gente atrás de los policías... Y... No, no distingo más que eso.

Ana, ¿cómo va? —se devolvió Prasky hacia el centro de la panadería.

Lento, pero funciona. Hay varios hablando con nosotros —dijo divertida la maestra, que en ese momento dictaba a Osvaldito Lenin un fragmento de Arturo Jauretche que Lopes le acercó unos minutos antes por encima de la tapia del patio.

Ok, no queda otra que esperar... —Prasky se sentó a un costado de la puerta de la panadería.

¿Seguro?... —Porchetito se sentó al otro lado; seguía ansioso, enérgico, demandante—. ¿No tendríamos que hacer algo más? Digo, no sé...

Hasta acá llego yo. Y no insista en mandarse solo al muere, a no ser que tenga otras ideas...

¿Cree que no las habría aplicado si las tuviera? No, no las tengo —se sinceró entonces el Comandante Marx.

Por fin blanqueó, Porchetto...

No creí que se fuera a complicar tanto, Prasky —volvió a confesarse el panadero—. Esto no tenía que ser así...

Tampoco está tan mal —lo apañó—. No es muy distinto a otras revoluciones, al final. Todas acaban mal. ¿Sabe? A veces creo que ustedes, los bolches, tendrían que aprender de gestión empresaria.

Porchetito Marx no comprendió el sarcasmo de su —momentáneo— socio.

Esta gente es simplona —evaluó—; tiene necesidades. Hay que darles una mano. Y para los descreídos, déjeme decirle que no hay otra cosa en el mundo como una revolución para para que se llenen las panzas.

McDonald’s no piensa lo mismo.

¿Quién?

Nadie.

Oiga... —se destensó más Porchetito Marx, confiado en que las peceras habían inclinado finalmente el fiel hacia su lado— ¿le parece que ganaremos? Sí, ¿no?

Yo no tendría tanta confianza.

Ponga espíritu, Prasky. Al final, el único con conciencia revolucionaria acá soy yo —impostó, ya infantil, el panadero.

Mejor no hablemos de eso. Usted leyó marxismo pero se le perdieron varios fascículos de la colección. No me baje línea que le sale bien berreta.

Le podría dar una lección —se ufanó Porchetito.

No lo intente...

Dos lecciones, mejor.

¿Sí? —Prasky se cansó— A ver, tesis once sobre Feuerbach.

Oh, no me provoque. Yo...

¿Apertura del 18 Brumario?

Porchetito refunfuñó; Prasky se río.

Principios básicos del materialismo dialéctico.

Silencio.

El panadero le retiró la mirada, ofuscado. Prasky entendió.

¿Jamás las leyó, verdad?

El sonido del motor de un auto detuvo el espoleo del periodista. El Comandante Marx y Prasky se incorporaron para mirar a través de las ventanitas de la puerta.

¿Y eso?

Ni idea —respondió Porchetito Marx—. ¿Usted escuchó salir antes a alguno de ellos como para que esté volviendo ahora?

No, éste es nuevo. El sonido del motor es distinto al de los demás. ¿No serán los de la semillera, no?

¿Ya se habrán dado cuenta del afano? —se sobresaltó el Comandante Marx.

Ojalá”, musitó Prasky.

Puede ser... Braulio, ¿los vio alguien en la semillera?

El peón, que aun estaba al fondo quitándose las espinas y abrojos que su ropa trajo del paseo por el campo, respondió que no.

No, claro —siguió Prasky—, si hubieran notado que faltaba algo, estarían averiguando quién pudo ser. A lo mejor —especuló— sólo vinieron acá a ver si les daban una mano o están de paso preguntando si alguien vio algo... Qué se yo, no sé para qué carajo especulo... —finalizó, rogando con cada músculo que el nuevo vehículo fuera de las agentes de relaciones públicas de Monsanto.

El auto se detuvo cerca del patrullero que estaba cruzado en la calle. El periodista y el panadero alcanzaron a divisar tres sombras bajando de él; una cuarta salió desde detrás de la F100 y fue a su encuentro. El cuarteto permaneció conversando en el camino, entre la plaza y los autos, apenas iluminados por la claridad remanente de las ópticas encendidas de los coches. Prasky alcanzó a divisar que uno de ellos, el que salió desde la plaza, era quien más hablaba. No gesticulaba demasiado y le pareció que vestía traje, como los otros. No recordó que ni Giusti ni sus gentes lo tuvieran. Después de unos minutos, los cuatro de la calle caminaron hasta la camioneta y desaparecieron de la vista del insurrecto y el periodista.

El Senador había llegado.

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jueves 12 de febrero de 2009

Viaje al ghetto rojo de ET

LA REVOLUTA – EPISODIO 34

Entusiasmado, Prasky describió el contenido de las peceras. En la derecha había soja transgénica de Monsanto; en la izquierda, granos comunes. Ambas estaban selladas herméticamente pero mientras en una (derecha) los gusanos brillaban de gordura, en la otra (izquierda) eran abono para el suelo. La soja no es política pero a Prasky le divertía provocar la analogía ante la mirada extraviada de Porchetito Marx. El Comandante estaba lejos de comprender que sus planes estrambóticos yacían en el piso, a la izquierda de los gusanos más vivos.

...y eso es así porque la soja transgénica afecta la genética del gusano, mandándolo al bombo —concluyó Prasky.

Un pluma podría haber provocado un estruendo en medio de tanto silencio, y esa pluma fue una queja del Comandante Marx.

¿Esto comemos nosotros? ¿El imperio nos da de comer pasto con veneno? —se exasperó— La gran puta madre que los parió, debimos empezar la revolución antes, ahora es capaz que nos estemos muriendo en vida y...

¡¡Porchetto!! —el grito de Prasky devolvió la escena al silencio original. El panadero podía exasperar a un perezoso de tres dedos.

Por lo que más quiera —recuperó las formas el periodista—, ¿quiere dejar de joder por un rato? No le pido toda la vida: cinco minutos, ¿sí? A ver... No dije nada de eso, no nos dan de comer veneno, no. Dije que la soja modificada afecta al gusano. No conozco el procedimiento en detalle ni tenemos tiempo de discutir de genética vegetal ni humana. Concentrémonos en los importante, por favor —volvió a dirigirse a Porchetito Marx, que contenía la rebeldía cerrando los puños dentro del bolsillo del pantalón—. Su reacción me da la pauta de lo que nos es útil, Porchetto: el miedo. Lo mismo que usted creyó sobre la soja lo tienen que creer ellos, ¿sí?

No justifique al imperio, Prasky —coló el Comandante, subrepticiamente.

Prasky respiró profundo. Miró a Ana, que hizo una mueca indicándole que se despreocupara del panadero.

Enfóquese en lo que le digo, Comandante —retomó el periodista—. Esto es veneno sólo para bichos, ¿me sigue?, pero lo que nosotros vamos a decirles a ellos es que, precisamente, no lo es. Es veneno para nosotros.

Porchetito no quería entrar en razón. Se le notaba el capricho a flor de piel. Prasky se preguntó por qué los demás no lo reconvenían. Ana, Lopes o incluso Carlitos, el ayudante. Cualquiera. ¿Era autoridad lo que poseía sobre ellos o a nadie le importaba nada? ¿Tan liviano era vivir allí?

Dejémoslo ahí —volvió a encarar el Comandante Marx—. Me está dando otra razón para ir contra estos gringos asesinos. Que la gente se muera de hambre por la avaricia de las multinacionales y los empresarios corruptos. Pero deje, ya, está bien, no nos preocupemos por esto, que es menor —ironizó—. Hagamos lo que usted dice, por ahora —enfatizó levemente.

Prasky no perdió el tiempo.

Entonces avise que uno de nosotros va a salir. Cuando esté fuera, que ponga las peceras frente a la puerta de la panadería. ¿Mandaron la linterna?

La tenía Porchetito en la mano.

Perfecto. Que también ponga la linterna debajo de la pecera para que apunte directo sobre los vidrios. Eso le va a dar mejor efecto lumínico. Ahora, la radio.

¿Qué va a hacer con la radio? —ese tema había escapado al Comandante.

Aprovecharla. No sé bien cómo, pero....

...¿No sabe qué hacer? —interrumpió, sobresaltado, Porchetito Marx.

Prasky mantuvo la calma, aunque no la dejó pasar fácilmente.

Humm... A ver... Hummm... No, qué quiere que le diga... No sé. Así que mejor lo dejo en sus manos, ¿le parece? total a usted le sobran ideas.

Marx calló; Prasky volvió a armarse de paciencia. Se enorgullecía por esto. Seguramente la calma pueblerina lo sosegaba también a él; en la ciudad ya hubiera al panadero por una ventana. Pero aquí, amen de la paz del caserío, se jugaba su propia carta, un nuevo intento, esta vez solapado, por volar definitivamente de Estación Alicia.

Mire, Comandante, al menos con la radio podemos hacer que los medios se enteren. Si la cosa prende, no le digo que vendrán todos ni muchos, pero los pocos que sean estarán aquí en nada de tiempo. Pero hay que vender bien el cuento... Usted, señor —Prasky llamó al verdulero a su lado—, ¿puede sintonizar para que capten esto en Buenos Aires?

No habría problema, che —dijo Raimundi con seguridad, sintiéndose importante—. Hay vario colegas cazadore de ognis aiá.

Bien, despídase de ellos, de los ovnis y de los marcianos, y dígales que otras personas van a empezar a usar la radio. Después de eso —se volvió al Comandante Marx—, empiece con los bandos revolucionarios.

Tenemos uno solo —informó el jefe de la revolución campera.

Para solucionar eso está Ana —dijo indicando a la maestra, que hizo una reverencia tomándose la falda e hincando la rodilla—. Con lo que escriba llama la atención de cualquiera.

Sigo sin entender cuál es el beneficio —insistió el panadero—. ¿Aun la revolución no triunfó y ya la estemos exportando? Eso no se corresponde con la praxis de...

Prasky no comprendía por qué Porchetito se resistía a su orwelliano proyecto, si era, sin falsas modestias, perfecto. Detuvo el monólogo incipiente mostrándole la palma de la mano.

Otra vez, Comandante —¿por qué no lo enviaba al diablo, por qué no lo mandaba a cagar cuarenta veces?—, tiene que hacer saber que están haciendo algo... Si usted lo pone en los medios de Buenos Aires, se entera medio mundo. ¿Quiere ganar la disputa? ¿Hacer la revolución? ¿Cuidarse el tujes? Entonces use la radio de Raimundi y asegúrese de que quien escuche grabe la conversación. Si el tipo es más o menos vivo, la va a llevar a una estación de radio, y, bum, explota todo. Ahora, otra vez, si tiene una mejor idea, yo me callo y...

El Comandante Marx no quiso ser superado nuevamente por la situación.

Varias, por supuesto... Ejem... Pero ya dije, probemos con la suya... Así se compromete de una vez con algo, he. Eso sería un éxito revolucionario, para empezar.

Prasky no dio demasiada importancia; que pensara lo que quisiera.

Hagamos, entonces.

Raimundi encendió la radio y estuvo varios minutos revisando sintonía y llamando a sus colegas. Cuando halló a su grupo habitua tuvo la practicidad de la que carecía Porchetito Marx y comenzó a despedirse de inmediato. Nadie pudo adivinar que la despedida constituiría una prolongada perorata sobre Rosswell, viejas conversaciones del grupo sobre vida alienígena en Marte y Saturno, la trampa de la llegada del hombre a la luna, ciertos improbables experimentos marcianos en la Tierra, una religión de un tal Azräel, millones de abducidos por las naves planetarias que ahora dirigían países... Media hora después, del otro lado se escucharon varios “comprendido y hasta siempre, colega” y el verdulero anunció que pasaba la radio a nuevos controladores. Antes de eso, pidió al grupo de cazadores de platillos voladores que escucharan con atención pues había un mensaje que requería de su apoyo y difusión. Todos aceptaron y la línea se quedó en un expectante silencio a la espera de los voceros del cambio en Estación Alicia.

Ana se sentó junto al Comandante Osvaldito Lenin y le dictó el comunicado de proclamación de la revolución. Improvisó un inicio para que los radioaficionados supieran qué se venía. Era un intento que entrañaba cierto riesgoso. Lenin era gangoso y confundía la pronunciación de algunas letras, o porque era disléxico o porque era bruto. Específicamente, cuando a lo largo del texto se refería a los principios ideológicos de la revueltas, inspirados en apotegmas marxianos, de su boca salía una pronunciación largamente diferente: marzianos. Eso, sumado a la imposibilidad de cierto cierre semántico del texto, hacía perfectamente factible que los alienados radioperadores creyeran que un grupo de alienígenas había tomado un pueblo de agricultores argentinos.

Para la revolución era un dilema gordiano. Por un lado, la confusión destruiría la pretensión de seriedad de la revolución; pero, por otro, garantizaría al menos que la revoluta existiera dando algún testimonio de sí. Y esto parecía más razonable. A simple vista, el telefonazo de un cazador de marcianos diciendo que marcianos descendieron en la pampa y declararon una revolución comunista haría sonar las alarmas de titular a la vista a cualquier reportero. Si además el escucha llevaba la grabación del Comandante Lenin narrando las improvisaciones de Ana, y si a eso sumaba alguna deformación adicional por una buena dosis de estática, ganarían de inmediato la atención de los medios amarillistas.

Luego, el incendio: titulares que harían las delicias de The Sun, Bild!, el National Inquirer, Televisa. «OVNIS IMPLANTAN LENINISMO EN EL CAMPO». «¡¡MARCIANOS DERROTAN A MONSANTO!!». «VIAJE AL GHETTO ROJO DE E.T.»«¡EXCLUSIVO: NO TIENEN LUZ PERO SÍ ALIENS ROJOS QUE TRAGAN SOJA!». «!!LA PRIMERA REVOLUCION MARXIANO-LENINISTA ES ARGENTINA!!». «URGENTE: EXTRATERRESTRES COMUNISTAS TENDRÍAN CONEXIONES CON EL GOBIERNO».

Prasky sabía bien lo que hacía. Provocar un escándalo, y no otra cosa, era su intención primaria. La ocasión se le presentó con Raimundi. Hasta entonces, el periodista había resuelto empujar a Porchetito a que enfrente su destino con cuanta valentía pudiera cargar en la mochila. La compasión lo había sumado a la causa pero, por lo mismo, no podía mantenerlo en ella. Cuando dio con la radio, Prasky volvió a correrse de la escena. Porchetto, que al aparecer Raimundi en el patio estaba ahogado en su estima destruida, no vio venir el engaño. Ahora el periodista ganaría todo el tiempo que pudiera para jugar la chance de que lo rescatase alguien racional —y eso sólo podía significar alguien de Buenos Aires. No tenía confianza en Giusti y sus perros; se comerían a Porchetito crudo y luego lo pondrían a él de postre. Menos en El Senador o el gobernador de Córdoba, gente bochinchera y ladina.

La transmisión le aseguraba un salvoconducto. Muchos de sus colegas que trabajaban en medios importantes podrían saber qué estaba pasando en ese pueblo con tan sólo escuchar, al pasar, el nombre de Ezequiel Prasky. Algunos supondrían que se habría vuelto loco; otros verían razonable que anduviera en tamaña extrañeza de asunto y los menos se preguntarían qué demonios estaba haciendo allí. El porteño confiaba en ellos: bastaba que uno solo llamase a la revista para contar a McManaman lo que había oído de su empleado para que éste hiciera algo. Y eso si no era el mismo gringo quien escuchaba la radio, dada su acendrada afición por los programas de chimentos y la novela rosa latinoamericana.

La propagación de la revolución era la excusa perfecta, por lo que Prasky insitió a Ana para que incluyese su nombre cuanto menos una vez entre las firmas de apoyo a la revuelta o en el cuerpo de la proclama. Atento al colmillo del gremio en que trabajaba, eligió el ubicuo y descomprometido cargo de “observador nacional” para no quedar adherido al proyecto revolucionario del Comandante Porchetito Marx. Lopes le hubiera dicho que su asociación con tal plan era lo de menos pero él prefirió curarse en salud. Igual, sopesó el riesgo. El deshonor se pierde en el éter —supuso que razonaría el bibliotecario—; nada más se mantiene libre en el papel. La frase le gustó tanto que se la dijo a Ana para incluirla en la proclama.

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jueves 5 de febrero de 2009

Título, bajada y foto

LA REVOLUTA – EPISODIO 33

La pampa, de noche, es el universo. Una masa inasible, ciega y, podría apostarse, casi muda. Uno puede preguntarse mil días cómo es allá afuera, entre estrellas y cometas, piensa Prasky, y nada más basta venir a estos santos lugares un día para saberlo: la noche es seca y te traga; el silencio te mantiene amarrado al piso. Prasky se subió a un tambor para ver partir a Braulio y sus comisionados a Monsanto. Unos pocos pasos introdujeron a los peones en ese útero tenebroso alejándolos de su vista. Así Prasky quedó atrapado por la imposibilidad física del lugar. Esa ceguera.

A Porchetito, de pie y flojo tras él, se han unido Lopes y Ana, que salieron al patio cuando escucharon las voces del periodista y los peones revueltos. Desde el tacho, Prasky cruzó un par de palabras livianas con Ana, que Lopes festejó. Porchetito Marx siguió ensimismado, sin participar. Cuando se disponía a bajar del tacho que lo sostenía, un ruido cercano alertó a todos.

Vea, Prasky, se perdieron antes de salir... —bromeó Lopes.

En el yuyal no estaban Braulio ni los peones. La figura que emergió, tambaleante y sudorosa, era desconocida para el porteño pero no para el viejo, la maestra y el panadero. Era el verdulero Raimundi.

Don Benito, ¿qué...? —se sorprendió el bibliotecario.

Déjeme explicar —interrumpió el otro, asustado— No me digan nada...

El verdulero se explicó. Cuando vio a la policía apostarse frente a la panadería imaginó que no era por Porchetto por quien veían sino por él. El tiempo se acababa, dijo, y temía ser descubierto entre tanto revoltijo.

¿Descubierto? —se intrigó Lopes.

Descubrirme... Las investigacione de ojeto voladore no identificado. Los marciano.

¡¿Ovnis?! Ah, bueno.... —se río Prasky.

Un bibliotecario portugués, una maestra que enseñaba historia inventada, un panadero comunista con una revolución sojera y, lo que faltaba, un verdulero cazador de alienígenas. El periodista nunca había visto eso ni cuando el ácido corría abundoso en las fiestas de la universidad.

No se ría, están en todos lado... —lo corrigió con vehemencia Raimundi— Acá no, claro, pero yo converso con mucha gente sobre eso. Con esto.

El verdulero se agachó en la maleza y recogió una bolsa de arpillera. Metió las manos y extrajo una radio de onda corta.

Si esto me encuentran con el aparato, voy en cana. ¿Cómo explico que tengo la radio, ah?

Bueno, cualquiera puede tener una, eso no es ilegal. Por ahí hay un Renault Gordini donde viven gallinas, por ejemplo, y nadie anda reclamando porque manchen el tapizado, Raimundi —se burló Lopes—. En ese caso sería expropiación, como la que quiere hacer Porchetito, pero dudo que se preocupen por todas estas cosas. Les miente y listo, asunto terminado.

¡¡Yo no sé mentir!! —se ofuscó el verdulero.

¿Y cómo estuvo todos estos años ocultando lo de los...? ¿Cómo los llamó usted, Prasky? ¿Ovnis?... ¿Cómo hizo? —volvió a inquirir el bibliotecario.

Usté no sabe por el suplicio que he pasao.

¿Y ahora se quiere esconder aquí? No se lo recomiendo, señor —el porteño buscó ser persuasivo y trató de sacarse de la cabeza que era partícipe involuntario de una antigua comedia italiana de enredos sin cámaras ni público—. El horno no está para bollos. Tampoco creo que vuelva a estar para pan... —se río.

No tengo dónde ir —dijo Raimundi, suplicando con la mirada—. Si salgo al campo me agarran... Y ví que acá están má’ o meno’ organizados, que la polecía no dentra. En un momento pensé en tirar la radio al diablo pero pa’ hacerlo antes tengo que hablar con mis colega.

¿Colegas? —preguntaron todos.

Los otro radioaficionado. Tengo que despedirme por si me agarran... Pasé muchos año con ello, ¿sabe? Son los único diafuera con los que converso algo. Vivir de hablar de verdura es aburrido... Pero, bueno, no puedo hacerlo en casa ahora con los milico. Si hasta me costó esconderla cuando llegaron esos peone a buscá revólvere... ¡¿Usted los mandó?! —tronó acusando a Porchetto con la mirada—. No sabe el lío que hicieron... ¡La próxima los cago a patadones a todos!

...Bueno, la revolución lo demandaba... —titubeó el panadero.

Ma’, lo que sea —replicó Raimundi sin mirarlo, antes de dirigirse a los demás. ¿Me puedo quedar a la final o no?

Prasky miró a Lopes, éste a Ana y la maestra se encogió de hombros. A todos les daba exactamente lo mismo. Podía.

¿Eso anda con pilas? —quiso saber Prasky— Creí que sólo con electricidad...

Me las ingenié para que andara. Pilas quedan, así que puedo llamar a mis colega desde acá y despué romper la radio. ¿Puedo entonces?

El periodista fue el que reaccionó más rápido.

¿Seguro que funciona entonces?

El viejo asintió por segunda ocasión.

Escúcheme, Comandante —se enfervorizó el porteño, ahora volviéndose al panadero, que seguía ausente, con la cabeza gacha, como una gallina buscando lombrices—, acá tiene una que puede servirle: los medios. Haga que los medios se enteren de la revolución. Con eso no sé si se salva, pero al menos hace trascender el quilombo que armó. Y si hay despelote, ser famoso siempre ayuda a pasarla mejor.

Porchetito no entendió y hasta le dio igual que Prasky tomara la iniciativa. El periodista, ante la ausencia de respuesta del Comandante Marx, ayudó al verdulero a cruzar la tapia y a instalarse con su radio en La Estrella Roja Revolucionaria.

***

Pasó la hora.

El comisario se irguió, dejó en el piso la naranja que había estado pelando con denuedoy ordenó a los suyos atención. Los demás lo siguieron, incluido Giusti y, desde el árbol, el secretario de El Senador. Nadie quería dilatar más las cosas. La noche había caído como un manto de hollín pero el calor seguía apretando.

¡¡Bueno, che, ¿qué decidieron?!!

Prasky, que ya había ayudado a Raimundo a ordenar su aparato, miró a Porchetto, que seguía sin palabras. Le habló entonces al oído y Ana, testigo circunstancial del intercambio, vio que al Comandante Marx se le salían los ojos de los cuencos.

Ni en pedo, hijo de puta —dijo y se fue directo a la ventana—. Necesitamos más tiempo. ¡Vamos a discutir la oferta! —gritó con una voz que no parecía ser de él.

¡¿No hay tiempo?! —replicó el comisario— ¡Dejate de joder, nene, tuvieron una hora!.

Como sea, lo necesitamos... ¡¿Quiere arreglar esto?! Entonces denos el tiempo. ¡¡Si no, se pudre!! En serio... —chilló Marx, otra vez animado.

El policía se volvió a Giusti:

¿Qué quiere hacer?

Hágalos mierda, ya dije.

¡Momento! —saltó el secretario— Le recomiendo que no haga nada que después lamente, comisario...

Al petiso no le gustó el tono.

¡¡¿Qué amenazá, nene?!!

El secretario de El Senador intentó componer.

Escuche, si se arma lío, si usted empieza a los balazos, esto se va a saber... Los tipos que están ahí son inofensivos...

¡Inofensivos un cuerno! —intervino Giusti, y esta vez se le notó la molestia en la voz— ¿O se olvida que me secuestraron?

No lo olvido, señor —bajo el tono el muchacho—, pero con mi solución todos podemos salir ganando.

Ahistá otra vez, la solución... ¡Déjese de joder con esa solución y dígala de una buena vez, carajo! No me entorpezca las negociaciones —se encolerizó el policía.

Muy bien, ya estoy en condiciones: es la luz.

¿Qué luz?

El comisario miró a Giusti, que estaba igual de intrigado.

La que no tienen. Acabo de comunicarme con la oficina de El Senador: él llega acá esta misma noche. Habló con el gobernador y le comentó el caso.

¡¿El gobernador sabe de esta pelotudez?! —el comisario se subió de un tirón el pantalón y, como si el mismísimo jefe provincial estuviera frente a él, intentó corregir su desatino— Quiero decir, ¿sabe de la huelga... digo, del ataque, del lío, del...? Uf, ¿cómo le llaman a este despelote, che?

El secretario sabía muy bien cómo sacar provecho de esa duda.

Es un asunto complejo, comisario. Yo lo llamaría, con toda propiedad, revolución marxista-leninista. Y es de suma gravedad —impostó la voz, para profundizar la gravedad de la circunstancia—. Imagínese, si el gobernador comisionó a El Senador para que lo resuelva, está todo más que dicho, ¿verdad?...

¿Cómo? —intervino el estanciero, desconfiado.

Con la luz, Giusti —el tono del chico cambiaba cuando hablaba al empresario—. Va a venir a negociar él mismo con la única misión de ofrecer energía eléctrica al pueblo. Si ellos no aceptan, toda esta gente que está acá seguro que sí. Con la presión se acaba todo... Además, discúlpeme, comisario —esta vez mantuvo para el policía el mismo tono que con Giusti, igualándolo—, pero que negocie El Senador es muy distinto a que lo haga usted como comisario. ¿Me entiende, verdad? Usted sólo piense en los diarios.

El muchacho guiñó un ojo al oficial, que no precisó de segundas explicaciones para comprender el mensaje. De inmediato, en su mente se figuró un acontecimiento de alcance nacional donde él era protagonista clave junto a El Senador. Veía las fotos en primera plana. Mejor, título, bajada y foto con su nombre. La Voz, El Puntal, Clarín, La Nación... El hombre que salvó a un pueblo junto a quien lo devolvió a la civilización. «Un comisario con futuro». Eso, un futuro, salir de los pueblos, y, quizás, hasta una condecoración.

¿Entonces?... —Giusti se movió impaciente; no le agradaba ser parte de una jugarreta política; lo suyo era cuestión de autoridad, orgullo y respeto—. ¿Usted no piensa hacer nada, comisario?

El petiso asumió pose de importante. Al secretario de El Senador le pareció un Duce en miniatura.

Las autoridades policiales —dijo, engolado— estamos sujetas a la constitución, Don Giusti, y no seré yo quien desobedezca el alto mandato estatutario de nuestra provincia.

¡¡Constitución, un cuerno!! —vociferó el estanciero— ¡Haga algo, que para eso lo traje y le pago, mierda, o lo hace mi gente! Ya me harté de tanto hueveo y espera... —y sin dejar pie a respuesta, se volvió enérgico hacia su soldadesca— ¡Eh, ustedes...!

Cuando el estanciero quiso hacer señas a sus gordos, quien apareció frente a él no fue el secretario de El Senador sino el comisario. Sus pupilas expulsaban aguijones.

Mire, Don Giusti —le dijo secamente y atreviéndose a apoyarle la palma en el pecho con suavidad—, usté hasta acá llega... Vamos a hacer lo que El Senador disponga —Giusti se contrarió: ¿ese pelmazo le estaba ordenando algo? El policía prosiguió— Nosotros permaneceremos aquí para asegurar la zona —carraspeó—, como hemos hecho hasta ahora... Puede quedarse si quiere, pero no haga nada que después lamente, como dice el muchacho.

El estanciero sopesó velozmente las opciones. No le convenía sumar un nuevo lío al que ya tenía enfrente. Tampoco podía irse. Si venía El Senador, todo se transformaría en un circo de medios, algo impropio para él, que prefería los subterráneos de la política y los negocios. Pero también la luz tenía su costado positivo. Era factible que pudiera instalar moliendas en la zona y atraer más inversores con la energía. Puesto esto en el balance, abandonó de inmediato la idea de movilizar a los peones, asintió levemente y se volvió al secretario, con el rostro limpio, como si nada hubiera sucedido.

¿Cuándo llega El Senador?

Cuando entre más la noche —respondió el del traje—. Ahora hay que darles las horas que piden.

¿No se irán a hacer los locos en ese tiempo, che?

El secretario habló para lucirse.

Lo dudo, comisario. Si no lo hicieron hasta ahora es porque no deben tener nada que hacer. ¿Usted ve algo de logística o, como dicen ustedes, inteligencia? Son ellos y punto. Ni armas deben tener. No van a hacer nada. Además, ya está toda la gente acá —concluyó, señalando tras de sí.

Los otros dos giraron y prestaron atención a una multitud que les había resultado ajena hasta el momento. Cien o ciento cincuenta habitantes de Estación Alicia ocupaban la plaza en medio de la oscuridad apenas cortada por los focos de los vehículos y algunas velas y cirios que cargaban en sus manos los ancianos. Compartían mates, pan y chorizo en grasa sentados cómodamente en sillas de madera que acercaron en silencio desde sus casas. Evitaban moverse para que la humedad no se les apropiara del cuerpo.

El comisario se secó la frente e hizo techo con la mano en la frente buscando contrarrestar la intensidad de las luces de los autos para enfocar mejor a la multitud. Los viejos masticaban en silencio o apenas murmuraban con la vista al frente. Miró a los otros dos y se miró a sí mismo. Estaban concentrados en él, el secretario y Giusti. Lo invadió un repentino ataque de vanidad que resolvió metiéndose la camisa en el pantalón y pasando una mano humedecida con saliva por el cabello. Saludó y varios vecinos le devolvieron el gesto.

Pucha —dijo para sí mismo—, esto hasta parece un cine.

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miércoles 28 de enero de 2009

Playground de adultos malcriados

LA REVOLUTA – EPISODIO 32

Porchetito se esforzaba por mantener el talante. Siguió mirando de soslayo por la ventana de la panadería, inquieto por no percibir movimientos detrás de la camioneta y el Falcon policial. Nada más la multitud de vecinos, que ya superaba la centena, se recortaba contra el horizonte. Habían llevado sillas para estar más cómodos y se abanicaban para matar el calor. Burgueses de pueblo, masculló el Comandante Marx.

Todo un espectáculo —dijo Prasky, que había descubierto hacia dónde veía Porchetito—. Me parece que ahora sí se jodió, che.

El panadero no respondió: seguía con la mirada fuera. Prasky insistió.

¿Qué piensa hacer?

Ahora sí el Comandante Marx se volvió hacia él.

¿Habla de rendirnos? —dijo, con enfado evidente.

A Prasky le daba igual

Lo que sea.

Porchetito volvió a mirar fuera. Nada más se movía y los vecinos seguían en su sitio, como una pintura viva.

No, no van a atacarnos —quiso convencerse, enfático—. Conseguiremos lo que queremos.

La frase sugirió a Prasky que el panadero consideraba la posibilidad de negociar su rendición. Se lo preguntó pero el Comandante Marx no lo escuchó o no quiso responder. Seguía pendiente del posible movimiento externo, desatento de su gente, que iba por la libre. Los peones, Braulio, los comandantes Trotsky y Lenin, repartidos por la salita de ventas de la panadería, eran ajenos a la conversación. Algunos mataban el tiempo comienzo jamón con pan todavía fresco. Otros jugaban a las cartas en silencio.

¿Usted cree que puedo hacer eso? —dijo finalmente Porchetito, sin quitar la vista de la plaza. Había escuchado e intentaba transmitir la idea de un semblante sereno pero el periodista le leyó la derrota en los poros. Tanto esperar, pensó, para que nada resulte. Efímero suspiro sos, Porchetto. Una idea flotante, incorpórea, macilenta. La improvisación a la desesperada. No se vive de palabritas aéreas. Vos sos la metáfora de la izquierda argentina, papá. Un pobre tipo que cree que Alicia en el País de las Maravillas puede ser real.

No sé, algo debiera pensar —aconsejó Prasky, echándose más contra la pared, como si la sostuviese—. Le queda como media hora antes de que quienes hagan algo sean ellos.

Marx expulsó el aire de los pulmones. Aun con poca luz sobre su rostro, Prasky adivinó que dependía de nada para que ese hombre se descompusiera en lágrimas.

Están mejor armados y usted tiene dos revolvitos chotos —insistió—. Lo van a pasar por encima, Comandante.

Oiga, ¡¿por qué mejor no se cruza y se va con ellos?! ¿Con quién está?

La reacción del panadero fue una explosión de sangre y paralizó a Prasky, que creía estar convenciéndolo de tomar la vía rápida. Pero era él quien quería salirse del problema y de ese pueblo en pausa; no comprendía aun que Porchetito no tenía otra cosa que hacer. O era el Comandante Marx de una revolución patética en un caserío de fantasmas o era el panadero de ese mismo pueblo de ánimas. Pero entonces lo único lastimoso sería él.

Con nadie —repuso Prasky, tratando de llevar el río otra vez a su cauce—, pero si es por elegir lo prefiero a usted al miliquito y a Giusti. Usted es inofensivo, y no se ofenda, pero con aquellos nunca se sabe qué puede pasar. Además, Giusti se la tiene jurada y si hay lío le va a tirar los perros encima. Piense en eso.

Los ojos del Comandante seguían encendidos pero parecía haber atado el nervio.

No crea que no lo sé —respondió con aplomo—. Boludos no somos. Esta gente —indicó con el pulgar hacia atrás, al grupo de peones—... Esta gente está jugada.

Prasky no cedió.

Yo no estaría tan seguro.

Porchetto tampoco.

Su duda es irrelevante —concluyó, y volvió a echar un ojo por la ventana rota. Todo seguía inmóvil y la noche finalmente se abalanzaba sobre Estación Alicia.

Como quiera, pero no me parece razonable creer que con una charla consiga adhesión permanente. Con el primer tiro se le piran todos, Porchetto.

El panadero no iba a transigir. No con Prasky. Creía saber qué se traía.

Confío en ellos —dijo sin mirarlo.

Vamos, viejo —encaró el periodista—, ¿no ve que están ahí sin hacer un carajo? Con menos, cualquiera estaría pensando en darle una mano, hasta yo... Pero mire, ¿ve? Están entregados, y no del modo que usted cree, sino regalados. Puestos acá como podrían estar puestos jugando a esas mismas cartas o comiendo un asado en el campo. Les da lo mismo, Porchetto. Lo único que jugó a su favor es que convenció a Braulio por un rato y los peones le tienen fe ciega. Pero, ¿qué va a pasar cuando Braulio flaquee? Y no me diga que no lo pensó.

Todas esas posibilidades no pasan por mi cabeza —el panadero era pura terquedad.

No sea necio.

Prasky endureció un poco la respuesta pero siempre hablando con voz de confidente. Siguió:

Si estos tipos empiezan a tirar cosas sobre la mesa a usted se le quiebra la tropa. Ya andan jodiendo con el aumento de sueldo, después les van a dar más días de farra o les van a construir una cuadra más cómoda. Cualquier cosa hace diferencia. Usted, en cambio, sólo los empujó a una payasada que no va, nunca fue, a ningún lado. Por más que odie a Giusti no puede andar ciego. Le van a hacer otra movida y lo van a joder, créame.

Porchetito Marx sintió el toque en la boca del estómago, pero amagó una molestia.

Hable con propiedad: esto no es pavada. Al menos intente tener estatura para cuestionarme, carajo.

Prasky olió la sangre: lo tenía.

Discuto a la estatura que el asunto merece —provocó—: lo suyo es un ejercicio de enanismo intelectual, un juego de adolescente tardío. No tiene ideas para solucionar esto, ¿verdad?

Porchetto no quería responder. Estaba en una encerrona.

¡Entonces deme usted algo! —gritó.

Tocado. La reacción de Porchetto sorprendió a Prasky, que apenas meneó la cabeza. En realidad, esperaba que el panadero firmase la rendición verbalmente, levantar un pañuelo, conferenciar con la policía y Giusti y marcharse de allí ahora que habían más posibilidades de locomoción. No esto: no esa súplica descarada por ayuda. Se quedó jugando por unos instantes rompiendo migas de pan con las manos.

Mire —dijo finalmente—, a esto se resume su plan: miguitas que se desarman entre los dedos.

Giró hacia Porchetto, que tenía la cabeza metida entre los hombros. El panadero era una sola pena. La escena tenía un tono trivial pero conmovía, pensó Prasky. Como si todo fuera una telenovela con un guión de chiflados. Palabras aéreas. El playground tomado por bolches malcriados.

Ay, Porchetito... Pobre diablo ensoñador, utopista de tambo.

Supo que se retractaría al final del camino, pero Prasky ahora arrojó la malicia al piso con la última miga de pan: se apiadó.

Me voy a arrepentir de esto... —se dijo, en voz alta, y miró a Porchetito— Dígame, ¿en cuánto tiempo puede llegar alguno de los peones a la semillera?

El panadero se volvió todavía con la cabeza en otra parte. Procuraba ordenar los pensamientos, sumidos en un revoloteo interminable, como caranchos sobre un cadáver. ¿Qué quería decir con eso? Se decidió por lo habitual; presintió otro de engaño del porteño.

Usted es un hijo de puta, ¿está haciendo esto para rajarse?... ¿Sigue pensando que lo voy a dejar ir con alguno de ellos? Está loco.

Prasky tiró de paciencia.

El loco es usted, llegado el caso; yo puede ser boludo a lo sumo. No, olvídese de mí. La verdad es que le voy a dar una mano, en serio. ¿No era eso lo que quería?... Ahora, estaría bien que yo fuera a la semillera porque sé qué hay que buscar, pero, despreocúpese, no va a pasar... Vamos, de nuevo: ¿cuánto tarda un grupo de tipos en llegar a Monsanto?

El Comandante Porchetito Marx dudó. Seguía sin confiar pero, igualmente, carecía de otras nociones. No sabía qué más hacer para revertir el destino trágico de su proyecto; no perdía nada con escuchar.

Como tres o cuatro horas —calculó—. Quizá menos, dependiendo de por dónde vayan. Braulio es el que mejor conoce el camino.

Prasky se entusiasmó. Se acercó algo más a Porchetto. El otro, vulnerable, se retiró hacia atrás. Todavía no estaba muy seguro de querer seguir escuchando.

Ok, primero necesitamos ganarles ese tiempo a ellos —dijo Prasky, y se pasó la lengua por los labios, saboreando cada palabra—. Dígales que piensa considerar la oferta de Giusti pero que necesita más tiempo, como hasta la noche bien noche. Mientras, mande a Braulio con un grupo a la semillera.

Porchetto no entendía el sentido de esa comisión.

¿A manifestar?

No sea payaso, van a buscar unas peceras de vidrio con muestras de soja —reveló Prasky.

El Comandante permanecía nublado.

¿Qué quiere hacer con eso?

Ganar más tiempo todavía y, a lo mejor, meterles un poco de miedo después. Quizá así les saca más cosas cuando negocie —arriesgó—. Ojo, no estoy seguro de que funcione; Giusti debe saber del tema y si se aviva se jode todo otra vez y se queda sin margen para arreglar.

Porchetto se había quedado a mitad de camino. Mejor dejaba las cosas claras.

Pero yo no quiero negociar, Prasky: yo quiero hacer la revolución.

Prasky hubiera deseado no escuchar eso. En una imagen instantánea, Porchetto se le presentó vestido con pantalones cortos y guardapolvos blanco, cargando un portafolios con libros viejos. Sonreía y tenía el pelo mojado peinado hacia atrás.

Por mí haga lo que quiera, revolución o capitalismo cubano —se enfadó: ¿cómo era posible que insistiera en esa alucinación, ese pataleo quimérico?—. Me da igual. Mientras tanto, gane tiempo. Si quiere que lo muelan a balazos, es su vida. Lo único que le pido es que avise así tengo tiempo de saltar la tapia a la casa de Lopes...

Porchetto se enfurruñó.

Al final usted es un cagador y un maricón. No sé qué hago escuchándolo.

El otro tampoco dio el brazo a torcer. No conseguían avanzar entre reproches mutuos.

Me escucha porque se le quemaron las naves, Comandante. Esta pelea no es mía. Usted la inventó y yo ni siquiera soy quien pensaba que era.

Eso es cierto, sí... —bajó la cerviz el panadero, y Prasky procuró recuperar el control.

Entonces no se haga ilusiones conmigo —sentenció—. Hay lo que hay, viejo. Firme la paz y no joda. Ahora —repuso, yendo definitivamente al punto—, cuando traigan las peceras, lo importante es asustarlos otro poco. Los de afuera deben creer que tiene más que lo que suponen o le van a romper el culo a patadas, Porchetto —dijo Prasky, mirando fijamente a los ojos del panadero—. ¿Tiene una linterna?

¿Una linterna?

No.

Pida una —se movilizó Prasky, mientras alisaba harina en el piso hasta crear un pequeño tablero—. Con pilas nuevas.

¿Para...?

Después le digo —interrumpió el periodista, tomando definitivamente el control—. Ahora mándeme un grupo para que les diga qué tienen que traer de Monsanto.

Porchetto dudó pero al fin chistó a Braulio, que en menos de un minuto llegó con dos peones de confianza. Prasky les explicó su plan y el trío se encaminó al cuartito sin demora. Iban a abandonar la Espiga Roja Revolucionaria por los fondos. Tal como supuso el periodisa, los policias no eran muy profesionales —o eran pocos— y no habían dispuesto ninguna guardia detrás. Prasky vio a los peones saltar la barda hacia al patio de Lopes y perderse en el campo. Nada sacaba a Porchetto del hundimiento que llevaba adherido al rostro y le hundía los ojos en sus cavidades. Él, en cambio, sentía cierto entusiasmo, una suerte de culebrilla en la espalda y el estómago, de las que surgen cuando la expectativa equivale a diversión en suspenso.

Un segundo después, Prasky se preguntó qué carajos había pasado por su cabeza.

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