martes, 18 de agosto de 2009

A hurtadillas

LA REVOLUTA – EPISODIO 50 (FINAL)

Desanduvo los pasos que le quedaban hasta el Fiat y se presentó al mecánico como su propietario. El secretario de El Senador, el ideólogo de la salida negociada devolviendo la energía al pueblo, allanó la resistencia inicial del hombre a entregar el coche a un desconocido. El auto tenía barro y suero resecos en la trompa y el parabrisas rajado. Se dio cuenta de que no olía a podrido. El mecánico lo corrigió: recién lo sabría cuando hubiera humedad. El agua o lo que sea siempre sacan la mierda a la luz.

Prasky guardó sus cosas y encendió el motor: fino y silencioso otra vez. Por los altoparlantes la voz de El Senador prometía agua y pavimento y señalizar el camino al pueblo. También un dispensario y una nueva escuela con cuatro grados y una segunda maestra. Una comisión vecinal sería el paso inmediato anterior a la nominación de un jefe de comuna. Los responsables de la semillera, remarcó, habían donado dinero para becar estudiantes y peones en el manejo de sojas de última generación que iban a ser presentadas para la prensa de todo el país en pocos días más. Los aplausos acompañaban cada afirmación terminante del político, que parecía montado a una cinta sinfín y seguía prometiendo seguridad social, jubilaciones, subsidios y cuanto sea necesario, pueblo querido, para devolver a la vida a la maravillosa Estación Alicia.

—... y no quiero dejar de mencionar a El Chancho Rengo, ese héroe aliciano, que se fue pero siempre estuvo aquí. Gente como él es la importante: gente que se va, como haremos nosotros, pero que nunca dejará de estar presente. Ustedes estarán siempre para nosotros así la distancia ponga tiempo entre nosotros, pueblo querido. Como Florencio Tagliaferri, como aquel bien recordado que fue El Chancho Rengo, permaneceremos con nuestros corazones, con nuestras mentes, con nuestro espíritu y mirada, permanentemente atados a esta preciosa y necesitada Estación Alicia...

La gente estalló en nuevos aplausos porque sí, porque les sorprendía escuchar el nombre del pueblo pronunciado en voz alta y con convicción. El Senador saludó moviendo los brazos e implantándose otra vez la elástica sonrisa de mármol. Prasky hizo una mueca entre fastidiada y resignada y decidió que ya era suficiente, que nada quedaba por hacer allí y que era tiempo de partir. Quiso pensar en el regreso a Buenos Aires, en la extraña locura vivida durante la semana en el caserío, en Ana y en Lopes, en los años ajados de Doña Margarita, en la peligrosidad fronteriza de Porchetito y la real de El Senador.

Pero no pudo concentrarse demasiado. En un golpe de ojos observó el montaje final: los operarios de la compañía eléctrica provincial impecablemente vestidos con overoles anaranjados y casos amarillos, pendían con arneses de la parte superior de los postes de luz. En algún momento de la noche o la mañana habían cableado a buen ritmo toda la placita, el corazón del pueblo. Vio algunos globos en manos de los niños y demasiadas camisetas de propaganda política. Arriba, dos metros por encima de la gente, la multitud de burócratas copiaba la sonrisa plástica de El Senador. Abajo, la gente fungía de invitado, excitada y expectante, lobotomizada por la atención excesiva.

Prasky consideró que ya el motor había tenido suficiente tiempo para moderar. Puso primera y aceleró. Avanzó lentamente, cruzando una dos, tres casitas, siempre mirando a su alrededor, despidiéndose de ese episodio único. Un último tramo y podría acelerar para salir al camino y volver a la vida. Estación Alicia había terminado.

Cambió a segunda sin apurar la carrera. No quería romper el clímax del pueblo, dejaba asentarse en el fondo de la memoria esos días revueltos, acumularse a otras capas de pasado, confundirse en la maraña de otros recuerdos para convertirse en historia y, finalmente, perderlos.

Levantó la vista y vio la casilla de electricidad, en desuso por tantos años. Estaba pintada a nuevo, con alambrado y una madeja de cables conectada a la red incipiente. Alguien había cortado el pasto. Un cartel la coronaba:

“EMPRESA PROVINCIAL DE AGUA Y ENERGIA. PRIMER TRAMO PROYECTO RECUPERACION ENERGETICA ESTACION HALISIA Y ALEDAÑOS.”

Aceleró. La salida recta, el mismo camino que lo había llevado hasta el pueblo en un solo tropiezo, se presentó todo uno ante sí. La casilla de luz se convirtió velozmente en un pequeño punto en el espejo retrovisor.

Apretó el acelerador una vez más. Antes de subir la ventanilla creyó escuchar la primera estrofa del himno nacional. Jamás distinguió la gorda figura del hijo de Saldaña entrando a hurtadillas en la casilla con ese alicate enorme.

FIN

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miércoles, 5 de agosto de 2009

Una larga preparación para nada

LA REVOLUTA – EPISODIO 49

Prasky retornó a la casa de Lopes a terminar la charla y despedirse. En el camino cruzó a Doña Margarita, que salía de la panadería. Se saludaron a la distancia, moviendo las manos. A unos metros de la casa de Lopes, en sentido contrario a La Estrella, descubrió la F-82 de Giusti, estacionada bajo unos árboles. Apoyados en ella, el bigotón y otros peones del estanciero. Llevaban sus clásicos anteojos oscuros aunque habían cambiado los vaqueros por trajes oscuros de un siglo cuando eran más delgados. Giusti no estaba con ellos; Prasky asumió que se encontraría aprovechando la profusión de funcionarios para acelerar negocios.

Entró a la casa de Lopes echando una última mirada a la plaza. Los funcionarios comenzaban a subir al palco y los periodistas tomaban posiciones detrás de las cámaras. Algunos transmitían en vivo. La gente se agolpó frente al estrado a esperar los anuncios. Mejor, el anuncio: la luz.

Aunque lo vieron entrar, Ana y Lopes siguieron conversando como si sólo hubiera pasado una ráfaga de aire tibio. Prasky fue al cuarto y ordenó sus ropas. Se cambió el pantalón por uno que Doña Margarita le había planchado cuando ocupó la habitación en la hostería. También se puso camisa y calzoncillos limpios; hubiera querido tener las botas menos estropeadas. Vestido y con el equipaje en mano, regresó a la cocina.

—Bien...

Lopes se quitó los anteojos. El gato saltó de su falda para restregarse en la pierna del porteño como si previera la partida. Ana bajó la vista y dio media vuelta para buscar la pava en la cocinita.

—Se nos va...

—El deber llama, Lopes.

El viejo entendía.

—No se pierda, Prasky. No le pido que nos visite porque eso es imposible, o no tanto, pero quizá se encuentre con otro lío si viene.

—Prometo escribirle y mandarle algunos libros.

—Serán bien recibidos.

El viejo tendió la mano lentamente y Prasky la tomó con suavidad. Salió al patio, en dirección a la piecita que servía de depósito de libros, y el gato se escabulló tras él como una sombra. El periodista puso su bolso y el saco en una silla. Ana le daba la espalda, controlando el fuego sobre la hornalla.

—Y vos... ¿qué vas a hacer?

—¿Con? —la pava empezó a silbar y la chica cortó el gas.

—Con vos. ¿Te vas, te quedás?...

El tono de Prasky era interesado. La maestra giró y se apoyó en la mesada.

—No tengo dónde, ya sabés —sonrió.

—Si querés...

—Shhh... ¿Buenos Aires? —intuyó ella sin esfuerzo—. No, gracias. No tengo nada qué hacer allá.

Prasky estuvo a punto de insistir pero ella volvió lo disuadió negando con la cabeza. El porteño buscó la próxima idea mirándose las manos, tomándose la nariz y volviendo hacia Ana, que se le adelantó.

—Ya veremos qué me depara el futuro, che. Acá hay funcionarios, seguro que ponen una escuela... —quitó la pavita de la cocina y cebó— En fin, quién sabe...

—Vas a tener que ponerte a estudiar —dijo él, y Ana volvió la cabeza al patio. Tragó.

—Es evidente que vos y yo empezábamos y terminábamos con la revoluta, ¿no?

Prasky achicó los ojos: no comprendió muy bien.

—Una larga preparación para nada, un final trunco, rápido y sin sangre.

Se rieron a carcajadas, liberando la tensión innecesaria e imanejable. Luego dejaron que el silencio caiga de a poco y lo cortaron cada tanto con los estertores de las risas, restos del recuerdo de la gracia.

—Cuidate —dijo ella.

—Lo mismo.

Se abrazaron con suavidad.

—Cuando quieras... —insistió Prasky.

—Lo sé. No te hagas ilusiones.

Él retrocedió poco a poco. Con cada paso, sus manos se fueron deslizando desde los antebrazos a las manos y finalmente a los dedos de la maestra.

—Tratá de dormir.

Ana dibujó una sonrisa tierna y lo dejó ir.

Prasky salió a la calle en el mismo instante en que El Senador hablaba del retorno de la luz al pueblo, otra de sus metáforas barrocas. Entonces recordó la proclama revolucionaria escrita por la maestra y descubrió varias similitudes de estilo. Al final, se río, la revolución y el Estado se dan la mano.

Cruzó a la plaza y se detuvo ya en el centro para estudiar el cuadro del palco. Reconoció al comisario en la primera fila tras la impecable impostura del Senador. Vestía el uniforme de gala, que le ajustaba por todos los costados, y mojaba continuamente los labios con la punta de la lengua. Giusti ocupaba una silla en la hilera final y aun así sobresalía por su afinada estatura. El resto del escenario estaba ocupado por desconocidos en terno, gente seguramente venida pra comer de la mano de El Senador o capitalizar alguna miserable dádiva.

Más allá, bajo el dintel del barcito, divisó a Doña Margarita, el verdulero Raimundi y Osvaldito, el gangoso ex Comandante Lenin. Seguían el discurso concentrados. Pensó en cruzar la otra calle, despedirse de la señora y preguntarle por sus investigaciones a Raimundi. El viejo se merecía alguna atención. Si no fuera por él y sus amigos radioperadores, nadie habría tenido noticia de los alienígenas que llamaban a encender la pampa con una revolución marxista.

No vio a Braulio ni a la mayoría de los peones. Debían estar confundido entre la multitud, que se congregaba en un número jamás visto en el caserío de Estación Alicia. Recordó a Carlitos horneando pan. Debía ser más que nunca dada la invasión de gente y finalmente dio, al fondo, por la esquina que tomó Dugoni con su John Deere, con un grupo grueso de compañeros de Braulio, preparando un asado con incontables chorizos, achuras y tres costillares de vaca más un par de lechones de los campos de Giusti.

Y entonces vio al líder del Ejército Rojo. Semioculto tras el palco, custodiado por guardias de infantería y con grilletes en tobillos y muñecas, el Comandante Porchetito Marx aguardaba la orden de El Senador para subir al palco. La exhibición debía provocar más temor que la bicha y ahogar toda pretensión de sublevación o mínimo reclamo en ese pueblo olvidado por el mundo.

Prasky sintió una profunda compasión por el panadero, como nunca antes. Apareado a esos soldados urbanos, Porchetito parecía aun más pequeño y raquítico. Recordó las palabras de Ana: una larga preparación para nada, un final trunco, rápido y sin sangre. Creyó sentir que el Comandante Marx lo miraba pero cuando fijó la vista, Porchetito tenía los ojos hundidos en la tierra.

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viernes, 31 de julio de 2009

Tienes que conducir con más cuidado

LA REVOLUTA – EPISODIO 48

Al mediodía del miércoles, mientras el sol hincaba cuchillas en la tierra, Prasky abría los ojos en casa de Lopes. Había dormido ocho o diez horas y, por primera vez en casi una semana, se sentía descansado. Ya no había revolución, ni panadero estrambótico, ni discursos con guiones de Radiolandia 2000. Se desperezó un largo rato antes de vestirse y pasar a la cocina, donde el bibliotecario y Ana tomaban mate con flautitas. Se sentó en la cabecera de la mesa, como si fuera el dueño de casa. Ana presintió el momento, yo les dije.

—Qué noche...

Ana no respondió; Lopes sonrió.

—Por suerte, se acabó todo... —insistió.

Nadie dijo nada.

—...sino, no sé qué sería de esto hoy, ¿no?

—¿Vos esperás que alguien te responda?

Ana cortó el desvarío de Prasky con evidente molestia. No más revolución, Porchetito ni discursos, pensó el periodista, pero aun queda Ana.

—No, sólo vos —reaccionó Prasky—, y acabás de hacerlo. Decime un poco, ¿por qué te metiste al final? Estabas...

—Prasky... —Lopes cerró su libro, que seguía siendo Yourcenar, y cruzó las manos sobre él—: hay preguntas que no se hacen.

—Lopes, pasa que no entiendo...

Ana lo interrumpió:

—Te lo resumo fácil: tenía que hacerlo. Me dio lástima, me sentí mal por Porchetito. Eso. Punto.

—¿Y por eso te ibas a condenar vos? —se sobresaltó Prasky— Sigo sin...

—...Sí, seguís sin entender... No lo vas a entender nunca. Hacé lo que te dice Lopes: no preguntes lo que no debés.

—Puta madre, ¿qué es lo que no entiendo?

—Que acá ya estábamos condenados de antemano, muchacho —Lopes se entrometió bruscamente aunque con una sonrisa amigable y buen tono—. Eso. Mire, ahora está excitado por todo esto, pero cuando se calme un poco lo va a ver claro. Es más, no dudo que quizá ya lo haya pensado. Olvídese, piense para adelante... Y hablando de eso, ¿ya vio afuera?

—No. ¿Qué hay?

—Ah, la revolución...

—¡¿Cómo?!

—No se asuste, que Porchetto está guardado. Es otra: vinieron de todos lados. Está la compañía eléctrica poniendo los cables para la luz, no sé cuántos burócratas repartiendo bolsones con comida y ropa, y medios, un montón de medios...

—¡¿Medios?!

Prasky saltó dela silla y corrió a la entrada de la casa de Lopes. La resolana le astilló los ojos obligándolo a usar la palma de la mano como protección. Cuando acostumbró la vista, caminó despacio por la vereda, un paso a la vez, como si no pudiera creer dónde estaba ni cuanto veía. La panadería funcionaba con Carlitos al frente, que entregaba tanto flautas y bollos a las señoras y a los policías y funcionarios llegados de la ciudad como sonrisas a quien le saludara. Los dos peones que Porchetto había encomendado como ayudantes en la emergencia seguían allí, ahora asistiendo al ex Comandante Trotsky, que se había levantado más temprano que de costumbre con la simple misión de cambiar el pasado. (Su método fue un brochazo con alquitrán que halló en los fondos de la panadería: ahora en el cartel de La Espiga Roja sólo se leía La Espiga.)

El pueblo estaba revuelto, sí, pero sin Porchetito al frente de tanta movilización. La plaza había sido ocupada por camiones de exteriores, gazebos, trípodes de TV y carpas. El motor de un grupo electrógeno zumbaba a distancia de un set falso de noticiero. No muy lejos, varios periodistas conversaban, fumaban y revolvían sus cafés. Al frente, estacionado junto al bar de Doña Magarita, un trailer del Ministerio de Desarrollo Social repartía colchones, ropa, calzado y bolsas de comida a una fila de vecinos extensa, con más gente que cuanta habitaba en el pueblo. Habían montado un palco sobre la calle lateral de la plaza, la que llevaba directo a la panadería. De refulgente toldo azul, lo dominaba un micrófono de pie y estaba secundado por tres hileras de sillas de chapa.

Prasky divisó al comisario cuando ya había andado unos pasos por la placita esquivando cables y desconocidos. El policía hablaba con pasión para las radios y las televisoras. Parecía estar recién bañado, pero no dejaba sus vicios posturales —pantalones al alza, mano-lengua peinadora. Miró las leyendas de los micrófonos y luego los ploteos de los camiones de exteriores: medios provinciales. Los de Buenos Aires no habían llegado pero no tardarían en hacerlo, calculó Prasky.

Unos metros más lejos del comisario, rodeado de muchachos y chicas bien vestidos, El Senador dialogaba con vecinos. Cerca de él y más cerca del palco, grupos de burócratas trajeados se apiñaban riendo y hablando alto. Eran subordinados de El Senador, subdirectores y subsecretarios de ministerio. Cinco adolescentes preciosas sobrevolaban el grupo envueltas en remeras blancas pegadas al cuerpo con la inscripción “Por un período más de trabajo, trabajo y trabajo”. Las niñas repartían volantes y calcomanías con el rostro de El Senador entre los alumnos de Ana y los vecinos viejos sentados frente al palco.

Ya en el centro de la plaza, Prasky se plantó y giró en redondo, tomando una panorámica del montaje que había sucedido a la revolución, del vocinglerío que había roto, quizá para siempre, la armonía de Estación Alicia. Aun concentrado, no le costó identificar la voz de McManaman cuando sonó a sus espaldas.

—¿Comandente? ¿O debo decir... observador internacional?

El gringo, impecablemente vestido, contrastaba con la vestimenta arrugada de Prasky. Llevaba su Perramus en el brazo y, chispeante y jovial, parecía estar despierto desde hacía varias horas.

—Ni uno ni otro —sonrió Prasky, sin ocultar el alivio de ver a su jefe—. Era observador nacional. ¿Qué hacés acá?

—Bueno, digamos que vine a descubrir esta imitación sin sentido de la toma del Moncada. ¿Ustedes los argentinos no pueden hacer una cosa bien?

—No hagas de esto un asunto internacional. ¿Cómo supiste?

Tras la sorpresa inicial de sentir tu nombre mencionado en una proclama revolucionaria por radio —McManaman detuvo con un gesto a una jovencita que repartía café—, me puse a pensar cómo habías acabado aquí. Debo decir que vine con la duda de tu conversión al marxismo —tomó un vaso plástico para él y extendió otro a Prasky—. Oh, ¿o debo decir “marxianismo”? En fin, dudé hasta que llegué aquí y algunas buenas personas me contaron todo. Tienes que conducir con más cuidado —se burló.

—Si sólo fuera eso... —pasó Prasky— O sea que al final resultó lo de la radio.

—A su modo. Apareciste en medio de un discurso ridículo con un tipo diciendo que al pueblo lo habían tomado los marcianos. Ahora que lo digo no sonaba tan ridículo sino redundante: extraterrestres comunistas. Todas las radios pasaron eso. You know, no podían perdérselo. Todavía están hablando del tema en Buenos Aires. Deben estar por llegar los de Crónica y TN en poco tiempo. Este país no deja de sorprenderme; tal parece que al final Argentina tuvo su propia revolución a medida.

—¿Y eso por qué? —quiso saber Prasky, más por diversión que afectado por el sarcasmo de McManaman.

—Aislada, en el campo, fracasada. Ah, y liderada por un marciano —rieron ambos—. En fin, ¿te quedas a la manifestación populista? —indicó con la cabeza hacia el palco.

—Me quiero ir cuanto antes. ¿Viniste en auto?

—Sí, pero no creo que te haga falta. ¿Has visto el tuyo?

—Debe seguir en la cuneta.

—Pues no. Estos —McManaman apuntó otra vez al grupo del palco— son eficientes cuando quieren. Tus funcionarios —puntualizó— hoy buscan dar buena imagen, así que, por alguna orden de alguien que no tengo el gusto de conocer, ya están terminando de repararlo. Mira allí, delante del camión donde están cazando votos, el del Ministerio.

Prasky distinguió el Fiat estacionado.

—Puta, necesité una revolución para que me atiendan. La próxima te la hago a vos, así me das más pelota.

—No sueñes. Nosotros hemos resistido años cosas más organizadas que ésta. Cualquier tontería que hagas se queda corta. Aparte, seguro que te sale mal, je. Mira cómo terminó ésta. Eres argentino y basta.

—En fin, ¿te quedás?

—No, ya ví que estás vivo y que no te has vuelto marxista leninista, lo cual es un alivio porque al menos no te volviste demodé. Me vuelvo a Buenos Aires ahora. Ya me contarás todo en detalle.

—Viajo cuando tengan listo el Fiat.

Se dieron la mano y McManaman giró para irse; se detuvo unos pasos más adelante.

—Oh, listen, olvidé decirte que llamaron el viernes a la tarde los de la semillera: suspendieron el acto el mismo día porque no les llegaron unas peceras con soja que tenían que enviar de Buenos Aires. Una lástima. Nos vemos, observador nacional.

Prasky no prestó suficiente atención a las palabras de McManaman: si lo hubiera hecho debería haberse preguntado acerca de qué había exhibido entonces en sus peceras. El inglés se subió a un coche de Avis y aceleró sin volver la vista a la plaza ni al pueblo, como si quisiera dejar atrás el lugar sin nada pegado a su piel.

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