sábado, 25 de julio de 2009

Rosada

LA REVOLUTA – EPISODIO 47

El Senador dejó de atender la situación y fue con sus secretarios, que se habían apropiado del mostrador de La Espiga Roja Revolucionaria. En el reacomodo, dos de ellos tomaron una botella con un culito de caña abandonada en el mostrador y la vaciaron sobre dos vasos que apenas limpiaron con una corbata. El tercero quiso probar un mate a medio terminar. Acabó asqueado.

—Vos no tenés pueblo, nene. Te falta calle —se burló El Senador antes de meterse en tema para medir la victoria en centímetros con voz queda.

Una vez que dos policías regresaron del cuarto con Porchetito esposado, el comisario ordenó encerrar allí a los peones. Prasky, Ana, el verdulero y Braulio pidieron permanecer en la salita: el Comandante Marx era una ampolla humana, una vejiga arrugada de llanto.

—¿Y ustedes por qué se quieren quedar? —avanzó el comisario—. De éste no tengo dudas: está adentro —dijo señalando a Braulio, que no mostraba signo alguno de preocupación—. Nos llenó de bosta a todos.

—Queremos acompañarlo a él —intervino Ana, señalando al panadero desvalido.

—Entonces se vienen con nosotros —ordenó el comisario.

Sin embargo, cuando los policías se disponían a echarle esposas improvisadas con soga chúcara, Porchetto intervino rápidamente.

—Ellos no tienen nada que ver —dijo con apenas un suplicante hilo de voz—. No formaron parte de esto.

—Bueno, están acá, ¿no? ¿O me va a decir que también los tenía presos como a Giusti?

El panadero no podía sostener ninguna discusión:

—No, solamente... estaban. Nada más.

—Entonces que me expliquen qué hacían. A ver, usted... —el comisario señaló al verdulero.

—Yo... yo... yo soy el dueño de la radio —titubeó Raimundi, buscando apoyo en los miembros de la pandilla dislocada.

—¿Y qué hacían con eso?

—Nada —terció Ana, presta—. Él la trajo porque temió que sus policías se la rompieran.

—No veo por qué —se incomodó el policía—, si mis muchachos son gente seria y buena.

—Como sea, tenía miedo... Es lo único que tiene —mintió la chica.

—¿Y usted qué?

—Yo... Yo fui la autora de los comunicados.

—Ana... —se metió Prasky.

—Nada, Ezequiel, dejá...

El comisario olió improvisación: quizás a El Senador se le escapó algo. Quizás era su oportunidad de tomar su parte en la derrota de esos subversivos sojeros.

—¿Qué comunicados? ¿Qué es eso? Hable, che...

La maestra no mencionó las lecturas por la radio para evitar comprometer a Osvaldito o echar más leña al fuego de una caldera que debía caminar al enfriamiento.

—El que leímos en la plaza. El de la revolución.

—O sea que usted también es parte. ‘Tonce se viene con nosotros —el comisario llamó con un gesto de la mano a un par de agentes.

—Ana, ¿por qué no te...? —se quejó Prasky.

—Ella tampoco tiene nada que ver —volvió a intervenir Porchetito, ahora con más decisión—. Yo la forcé a escribirlo. Yo... Si no lo hacía, sí, iba a terminar presa... Es así. Punto. Los otros —indicó a Raimundi y Osvaldito— tampoco tienen nada que ver. Yo los obligué a todos. Tampoco los peones. Ni Braulio... Ni él —dijo finalmente, apuntando a Prasky con la barbilla.

—Usted es el del auto en el camino, ¿no?

—El mismo, comisario. Y... Sí, como dice Porchetto, no tengo nada que ver.

El panadero lo miró con la escasa furia que el agobio le dejaba reunir. No le gustó la respuesta: había excluido a todos y el silencio debía ser el modo de agradecerle. Cuando Prasky se deslindó a sí mismo, el Comandante Marx confirmado la traición que previó llegaría.

El comisario se sacó la gorra y acomodó un par de pelos con las manos. Luego volvió a calzarse el birrete y se acomodó los pantalones. Bufó. El asunto tomaba demasiado tiempo.

—Mire, che, se me hace difícil de creer todo esto, así que me parece que todos se van a venir conmigo.

—Comisario... —El Senador, que seguía la conversación con medio oído, abandonó la charla con sus secretarios y volvió al centro de la escena— No voy a interferir en su trabajo, pero déjeme preguntarle: ¿qué pruebas tiene contra todos ellos?

El petiso se volvió, afectado. ¿No era que la aplicación de la ley era su propiedad inalienable? ¿Acaso ese tipo pensaba robarle también este último momento?

—Estaban acá, con eso alcanza, señor —respondió.

—¿Usted habló con alguno antes? ¿Alguno se identificó como parte del lío? —insistió el político.

—No, solamente éste... —señaló a Porchetto.

—Entonces todo lo que tiene es presencia circunstancial —resolvió El Senador, poco dispuesto a una cacería—. No sabemos qué hicieron, y aunque los acusáramos tendríamos que buscar elementos para incriminarlos. Eso tomaría tiempo y no me veo con voluntad de perderlo en Tribunales. Esto es una tontería. Ya todo está resuelto; déjelo ahí.

El comisario se revolvió incómodo, pero El Senador también supo prever eso.

—Antes que diga nada: ya tiene a uno, al jefe, al cabecilla. Ese es el que importa. Que todo quede como estaba, lléveselo a él y deje a esta gente tranquila. También libere al señor del tractor. No tiene sentido detenerlo. Esto fue una tontería. ¿O acaso les ve cara de delincuentes?

—Delincuentes hay en todos lados y hasta la mosquita más muerta puede serlo. Además, están los de ahí atrás, que son como quince pendencieros...

—Comisario —se afirmó El Senador—: ya. Basta. Caso cerrado. Con el jefe de este lío encerrado le alcanza para ganarse un ascenso. Me comprometo solemnemente a gestionarlo. Me veo en la honesta obligación de decirle —Prasky levantó la vista: vio venir el lengüetazo— que también recordaré su labor ante los medios, que, por lo que me informan, ha sido clave. Llévese a Porchetto. No hace falta más. Tómelo como una orden superior...

El policía pareció dudar un primer segundo pero optó por volverse práctico al siguiente, cuando las palabras de El Senador terminaron de caerle en la fosa cerebral. Ascenso. Foto. Diarios. Salir del pueblo. Destino: ciudad más grande. ¿Quizá la capital provincial? En un abrir y cerrar de ojos borró toda inquisición. Gritó cuatro órdenes para que todos lo escucharan: ordenó llevar al panadero, liberar a los peones del fondo, desalojar la zona y terminar la requisa. Luego volvió a su gesto usual: subirse los pantalones, recorrer la mollera con la mano como peineta.

Cuando Porchetito pasó a su lado, el comisario le tocó el trasero y se rió mirando a El Senador para compartir la chanza. El otro dio vuelta la cara, como si oliera una porquiza y el policía, ofendido, procuró recomponerse gritando una nueva orden de desalojo. A su voz, Prasky, la maestra, Braulio y el verdulero Raimundi desocuparon La Espiga Roja. Tras ellos y sin mucha demora, salieron el comisario y los secretarios de El Senador.

El político se reservó la marcha de cierre de la victoria. De pie a un lado de la puerta, echó una mirada indiferente a la panadería.

—Qué ganas de perder el tiempo, carajo —dijo entre dientes—. Este país está lleno de pelotudos.

Luego se acomodó la corbata y estiró el cuello y espalda. Para completar la preparación, friccionó los dientes con un dedo y acabó de darles lustre deslizando la lengua. Cuando finalmente traspuso la puerta, la sonrisa de marfil esculpido retornó disparada por los músculos. Otro resorte automático le elevó los brazos a media asta, como recordaba que lo hacía el General Perón.

Luego se reiría de su ingenuidad pero al poner el primer pie sobre la vereda de La Espiga Roja, El Senador sintió que así debía sentirse una jornada patriótica en el balcón de la Rosada, especialmente cuando escuchó a la plaza aplaudir y corear a viva voz:

—¡La luz! ¡La luz! ¡La luz!

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martes, 7 de julio de 2009

El orden institucional

LA REVOLUTA – EPISODIO 46

En el campo hay dos chillidos odiosos: cuando matan a un chancho o a un chivito. Uno revienta los tímpanos y patalea como cristiano mientras se le vacía el cuerpo por el cogote tajeado. El otro parte el corazón: llora como niño. Los chillidos de Porchetito, aislado en la piecita del fondo de la panadería, eran una extraña mezcla de ambos. Cerdo y chivo, el Comandante soltaba los gramos finales de la culpa irredenta.

Todos deseaban hacerlo callar pero nadie movió un músculo hacia la pieza trasera. Braulio había depositado toda su humanidad contra la puerta para impedir que la compasión animara a gente de carácter rosado como Ana. De paso, atajaba las últimas furias del panadero. Los puñetazos de Porchetito sobre la madera y los gritos porcinos, que llenaban el aire de la sala, se intercambiaban con el llanto expiatorio. El Comandante había cedido paso veloz a Porchetto, el panadero, y ambos al pequeño Primo.

El Senador dejó correr varias tandas de quejas y gimoteos sin soltar una frase. Hacía el papel a la perfección, tomándose la frente con los dedos de una mano y manteniendo la cabeza gacha, como si estuviera realmente afectado. De vez en cuando daba un suspiro profundo, se mordía el labio o juntaba las manos sobre el pecho, en una oración irreal.

—Qué lástima, qué verdadera lástima... Pobre hombre...

El tono era idéntico al que usaría en la confianza de un funeral frente a los amigos del muerto. Y encajaba sin distorsionar allí, donde se velaba la revolución de Estación Alicia. Finalmente, cuando Porchetito se silenció, por cansancio o tras descubrir que nada obtendría, El Senador miró a la concurrencia y les mostró ambas palmas, como un César a punto de entregar al Cristo o Herodes pidiendo la bandeja argentina. La voz determinante enfiló a la duramadre de la peonada.

—Bueno, ¿qué dicen, muchachos? Arreglemos esto. Díganme qué necesitan. Vamos, soy todo oídos... Aprovéchenme: pocas personas tienen la oportunidad de hablar directamente con un enviado del gobernador... No lo desperdicien.

Aun en la puerta, Braulio, el subcomandante revolucionario más breve de la historia, el bruto traidor, tomó la palabra para acabar por entregar la cabeza de su efímero patrón.

—¿Qué no va a dar, don?

El Senador no dudó:

—La luz para el pueblo está antes que todo.

—Nosotro vivimo en lo campo —aclaró Braulio—; eso ‘tá bien pa’ lo diacá pero a nosotro no no sirve demasiao.

El político no regatearía.

—Es sencillo, hombre, dígame qué necesitan allí.

El peón buscó el asentimiento de los demás, que no necesitaron decir nada para reconocerle autoridad.

—Queremo que no paguen má guita... —encaró.

—Ahá... Aunque eso depende de Giusti creo que puedo convencerlo. No hay problema. ¿Qué más?

—Una ruta. Otra. De macadán.

—Se puede construir, claro que sí.

—Y que Giusti no mejore la condicione de laburo —se entusiasmó—. Una casita mejor, que no pague la jubilación, quiacá naides tiene. Queremo vacacione y ropa nueva, también. Y nasta pa’ lo tractore, y un camión nuevo...

—Otra vez depende de Giusti, pero veré de hablarlo seria, honestamente, con él. Quiero asegurarles mi mayor esfuerzo en esto —El Senador cerró un puño y apretó los dientes mientras declamaba—. Les digo más, y esto es una garantía que firmo aquí —cruzó los dedos sobre los labios—, un inspector del Ministerio de Trabajo vendrá a los campos a ver en qué condiciones trabajan. Si los emplean mal, hablarán con sus patrones para que las condiciones mejoren. Promesa. La jubilación y la ropa se las arregla la Provincia.

—La laguna... —retomó Braulio.

—¿Qué pasa con ella?

El Senador sonó menos amistoso: ¿acaso no era suficiente lo ofrecido? Prasky notó el cambio de tono, pero no intervino.

—Hay inundacione cada dó por tré, señor.

—Todo el sur tiene problemas de crecientes, amigo —empezó a atajarse—. A la laguna vamos a incluirla en un plan sistemático de atención general del sistema hídrico del sur para reducir el impacto de anegamientos potenciales —Prasky sonrió—. Esto, espero que entienda, no puede ser abordado caso por caso, de lo contrario estaríamos cometiendo el error de malgastar recursos —Prasky volvió a sonreír—. Todo lo anterior puede ser inmediato pero el trabajo en las lagunas va a tomar algún tiempo... Estudios, ingenieros, remover terrenos, todas esas cosas son indispensables para realizar un trabajo acorde a las necesidades y con el objeto de dar la solución más cercana a lo definitivo por los próximos tres o cuatro años —Prasky agachó la cabeza para ocultar la sonrisa, cada vez más amplia—. Lo atenderemos, seguro, pero necesito que me presten parte de su paciencia para administrar los recursos con propiedad, en tiempo y en forma. Al final, les garantizo que el problema de la laguna tendrá debida atención —Prasky miró por la ventana, mordiéndose labio y lengua—. Palabra de honor, ¿o alguna vez les he fallado?... En fin, ¿algo más?

Braulio buscó a los demás con la vista. Los peones no parpadeaban. Daban el paquete por completo.

—¿Nada? Bien, entonces vamos a hacer entrar a los policías para que se lleven las armas. Les prometo que no habrá represalias con ninguno de ustedes hasta que la situación esté aclarada plenamente.

—¿No vamo a í preso?

Esa pregunta no estaba en el menú de El Senador, que pensaba dejar que el comisario se ensuciara las manos con la resolución administrativa. Sin embargo, sopesó iluminado, una respuesta directa que pusiera a los peones tras las rejas podía complicar el fin de la crisis.

—Mire, amigo Braulio —improvisó—, en algún aspecto ustedes han quebrado el orden institucional. Pero debo decir también que eso es una entelequia considerando el lugar en el que están. Confieso que no conocía de la existencia del pueblo, y mire que conozco la provincia, amigo. Me lamento por ello. Ya veremos qué pasa con todo eso. Por lo pronto, dejemos entrar a la policía y terminemos con esto, ¿sí?

Los peones aceptaron; tenían más promesas que años por vivir. Prasky, ya de regreso a su descanso en la pared con las manos en los bolsillos, ya no sonreía: la revuelta había sido desarmada con poco más que promesas de segunda. Se preguntó qué pensaría Porchetito tras la puerta custodiada por el corpachón de Braulio. Dio una mirada general a la sala. Un aire triste había recalado en los ojos de Ana y los peones que no se cruzaban de brazos habían vuelto a tallar el naipe para una escoba de quince. El único atado de nervios era el verdulero Raimundi, atemorizado porque alguien descubriera su radio, comenzaran las preguntas y sus respuestas delataran su logia de cazadores de objetos voladores.

El Senador fue a la puerta y ordenó al comisario enviar a su gente, que todo estaba arreglado. Los policías salieron al trote, acicateados por los gritos del jefe. Giusti pretendió avanzar pero El Senador le indicó esperar tras la camioneta hasta evacuar el lugar. Los vecinos siguieron las instrucciones de pie, desconcertados por el desenlace. Quienes sí se acercaron, prestos, fueron los tres asistentes del político.

Cuchillos, barras y revólveres pasaron a manos de un gozoso comisario, que distribuía comandos y órdenes parado junto a El Senador, con los brazos en jarra. Imperceptible para los demás, comparaba su estatura con el político. ¿Era su idea o no era tan alto como parecía? Hombre, quizás no saldría nada mal en las fotos.

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lunes, 29 de junio de 2009

Vos no

LA REVOLUTA – EPISODIO 45

A Porchetito El Senador no le parecía demasiado alto ni demasiado atractivo. Su voz no le sugería autoridad o respeto. Sin embargo, algo había en él que le hundía las alpargatas en el piso, como si La Espiga Roja Revolucionaria fuera una ciénaga. ¿Serían esos dientes de perla, el peinado perfecto y rígido, los movimientos seguros de sí? El Comandante seguía cada inflexión de voz, los gestos completando el sentido, en algún modo seducido pero deseoso de ocultarlo. No como los demás, que parecían embelesados por un organillo lustroso con canciones de Leonor Marzano.

—Vamos a hacer lo que yo diga o la cosa se pone peor —insistió El Senador—. Lo que más les conviene ahora es entregar todo, rendirse a la policía. Quédense bien tranquilitos. Si estoy acá es para que no los pasen por encima y terminen agujereados a balazos.

—Esa es nuestra decisión —quiso quejarse Porchetito, despertando de la hipnosis—, y usted no es más que....

El Senador no lo dejó pasar: quería el asunto resuelto sin más demora.

—¡¿Más que qué?!... —gritó— ¿Acaso no tiene noción de qué va a pasarle? Si quiere retenerme aquí, se lo digo: basta que no salga de una pieza, entero como entré, para que uno de mis secretarios llame por celular a la gobernación y tengan encima de ustedes, en horas, a la mitad de la Policía de la Provincia. ¿Cree que va a ganar con esto? —un giro con el brazo abarcó al grupo—. Esto va a terminar en masacre, Porchetto. No joda más.

Un rayo invisible debió atravesar al Comandante pues se quedó sin aire. Intentó retomar el control pero de su boca no salía palabra. Era una parálisis similar a la que lo afectó cuando abordó a Prasky en casa de Lopes y en algún modo similar a la que lo retenía en el centro de la panadería siguiendo la teatralización del enemigo.

—Esto es lo que vamos a hacer... —prosiguió El Senador— Ustedes se van a rendir. Y punto. Pun-to. Lo que el pueblo necesite lo va a tener, pero se dejan de joder con esta boludez de la revolución. ¿Nos entendemos?

Entonces el Subcomandante Marcos, rodeado por la peonada, levantó la mano. El Senador lo vio y notó que Marx se desconcertaba con la acción. La desolación del Comandante fue un aliciente para tomar más ventaja.

—Hable —ordenó.

—Mire, acá... acá la pasamo mal, ¿vio?... —dijo Braulio, titubeante— Acá nuay nada, don... Ganamo poco, no tenemo nada pa’ hacé ni ande ir... Acá, El Comandante...

—Señor... ¿cuál es su nombre?... ¿Braulio? Bien, Braulio... —interrumpió El Senador— Aquí no hay ningún comandante. El caballero se ha equivocado de cabo a rabo al llevarlos a ustedes casi hasta el matadero. ¿Tienen problemas? Los resolveremos, pero me dejan esos cuchillos, los fierros y la locura de lado. Si eligen lo que hasta ahora, se quedan sin nada, muertos o presos. Es muy simple y no tiene tiempo para nada más. Háganme el favor: decidan qué quieren hacer y decídanlo ya.

A pesar de la poca luz del lugar, El Senador se las arregló para semblantear a la concurrencia. Los peones no tenían entereza; eso era cristal y él olfateaba la debilidad como un perro sigue el aroma de una hembra en celo. Sólo encontró el rostro labrado con genes descondos de Braulio, que estaba algo relajado, y la mueca tatuada a fuego en la boca del panadero. Le habló entonces a él.

—Mire, Porchetto... Yo entiendo que usted quiera cambiar las cosas, pero no es el modo, muchacho. No tiene con qué más que su propia voluntad. Le digo algo: yo le prometo que atenderé los reclamos que estén al alcance del gobernador, pero no puede andar pidiendo cualquier cosa. Ahora, ¿cómo quiere hacer esto? —dijo El Senador, retomando una línea de sus películas preferidas— Si quiere desafiarme, ahí está, pruebe, intente. Le aseguro que lo bajan en segundos. ¿Quiere detenerme? Hágalo. Verá lo que pasa.

—Porchetto.... —llamó de repente Prasky desde el fondo.

Todos lo miraron, incluido El Senador.

—Me parece que El Senador está siendo razonable, che...

—No se de vuelta ahora, usted... —se ofendió Porchetito, procurando aparentar seguridad, desarmándose como humo.

—¿Quién es usted? —El Senador se intrigó por el acento del periodista.

—Un perdido. No soy de acá. Me quedé sin auto cuando iba a otro lado... Pero yo no importo; por mí no se preocupe... Porchetto, vea... No hay mucho que hacer, la verdad...

El panadero bajó la cabeza, encerrado en una espiral de pensamientos. ¿Tan fácil lo vencerían? ¿Tan simplemente sus décadas de sueños se irían al traste? ¿Bastaba un senador de provincias para acabar su proyecto continental?

—Él tiene razón, hombre, mejor deje esta payasada y véngase conmigo —contemporizó más El Senador, que comprendió que Prasky tenía alguna influencia sobre el panadero—. Le garantizo seguridad para que no le ocurra nada. Yo mismo lo acompañaré hasta el final.

—Pero... —amagó Porchetito y la angustia finalmente le tomó toda la voz—... Usted no... yo... la revolución... yo...

—Porchetto...

El Senador volvió a recurrir a su voz más paternal, estudiada y ensayada en cientos de actos y miles de espejos. Avanzó con los brazos abiertos y el rostro compungido dispuesto a estrechar al al panadero en un abrazo, pero Porchetito sorprendió saltando hacia atrás como empujado por un resorte. Intentó tomar una barreta de hierro sobre el mostrador y lanzarse sobre el político pero no contó con Braulio. El Subcomandante Marcos se interpuso, lo frenó de un manotazo, lo levantó entre los brazos y lo aupó —todo en una solo movimiento— hasta el cuarto del fondo.

Porchetto cayó desparramado al piso antes de que el peón cerrase la puerta con firmeza.

—¡Hijo de remil puta! ¡Vos no! ¡Yo te hice! ¡Vos no! ¡Traidor! ¡Traidor!

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Seamos civilizados

LA REVOLUTA - EPISODIO 44

Prasky no pudo saberlo pues no llevaba reloj desde su accidente, pero calculó que calmar a la tropa tomó una hora. Algo menos debió llevarles a los negociadores de la ley, así debieran lidiar con la desconfianza de los vecinos. Algún artilugio mágico tuvo que utilizar El Senador, que seguía dándole mala espina al periodista. Como fuere, la bicha se agotó en un susto pasajero, dispersas sus dudas con palabras políticamente infalibles y asesinada la evidencia con dos matafuegos.

Para Prasky las cosas eran curiosas. Su deseo por salir de allí dependía de la conclusión de la revolución. La mejor oportunidad era su fracaso. Ante la ley, se las arreglaría. Podría explicar al político y los policías que su presencia allí era fortuita. Ante Porchetto y el pueblo poco importaba; lo dejaría atrás, como había abandonado en el camino personas, objetos e ideas. ¿Qué haría con Lopes? Escribirle. ¿Qué con Ana? Ya vería.

En cambio, el triunfo del Comandante Marx no aseguraba el retorno a Buenos Aires. La revuelta sojera cristalizaba un nuevo estado de cosas, así fuere temporal. Podría tomar otra semana hasta que el gobierno provincial enviase una segunda misión —más grande, mejor pertrechada— para reducir al pandero loco. Sin embargo, estaba de ese lado de la vereda, contra toda lógica. ¿Acaso no era una perfecta metáfora de su vida?

No había vuelto a hablar del tema con Porchetito y la última palabra del panadero había sido la misma rotunda negativa de siempre. Si la revolución se quedaba en Estación Alicia, ¿qué sería de él? Sí, con seguridad, tarde o temprano, algún modo hallaría de salir. Cuán tarde parecía ser la única preocupación verdaderamente sólida.

Sin embargo, no podía quitar de su cabeza cierto deseo por ayudar a Porchetto. Quizás deseo fuera una palabra extrema, pero cuanto menos sentía la necesidad de no dejarlo tan solo. Necesidad, eso sí. Ayudarlo a salvarse. Por ahora, sin asumir un compromiso permanente, claro, seguro, por supuesto.

Al fin de cuentas, no había sido nada una sola idea y nada más que por un rato. Robar las peceras. Punto. Apenas si se había alegrado con el desplante orgánico de Braulio sobre el tractor mientras los demás, en comparación, saltaban como niños en una fiesta de cumpleaños. Eso y robar no podían considerarse eventos revolucionarios que marcasen su vida. Robar, robó de niño. Alegrarse, como con la bosta centrífuga, era otra travesura. ¿De eso se trataba: la revolución como última travesura pendiente? Acabaría en un santiamén, como se va la infancia. Él ya era un hombre. Debía volver a lo suyo. ¿De qué iban a acusarlo? ¿De chistoso?

Mientras Prasky cocinaba pensamientos, a lo suyo volvió también El Comandante Marx. Con la tropa calmada había reiniciado el diálogo con El Senador, a los gritos y por la puerta.

—...pero no pueden seguir con estas tonterías —clamaba el político—. No, muchacho. No me arruine todo. Estamos acá para arreglar, Comandante. A-rre-glar. Estas cosas no sirven. ¿Qué es eso de andar ensuciando a la gente con bosta, che? Seamos civilizados. Ci-vi-li-za-dos. Otra vez: le pido que me deje entrar, pero también le solicito, le ruego, encarecidamente, que me garantice que no habrá sorpresas desagradables como la de recién. ¿Soy claro?

El Senador había retornado al centro de la calle para comparecer. Tras él, en la plaza, todo parecía haber retornado a una normalidad contenida. Eso, de hecho, era Giusti, una furia embalsada nada más que por la presencia impositiva del político. El comisario había cambiado de bando unos momentos y, del sueño de su fotografía en los diarios, acabó trastornado por el papelón público de lanzarse bajo la F100 de Giusti para esquivar la bosta de Dugoni y el Subcomandante Marcos. Por unos minutos, incluso, promovió la idea de cocer a balazos a los revoltosos o, como mínimo, tirar abajo La Espiga Roja usando el mismo tractor de Dugoni. Los buenos oficios del secretario de El Senador lo volvieron a la calma. Otra vez, bastaron dulces palabras profesionales y una renovada promesa de título y foto.

En la panadería, en tanto, Prasky, convencido de ayudar a Porchetto con una salida negociada que a su vez lo pusiera fuera de ese lugar, había hallado una plataforma en las palabras conciliatorias de El Senador, y procuraba convencer al líder de cesar las hostilidades hasta ver qué se traía entre manos el político.

—Nada de líos. Déjelo hablar pero que no lo enrosque, que éste debe apalabrar de lo lindo. Y usted, sobre todo usted, nada de presos políticos, ¿eh? Mire que después del tractorazo estos no deben tener paciencia para nada más.

Porchetto le había respondido con una afirmación circunstancial que no convenció al porteño, pero entendía que las consecuencias de negarse a parlamentar podían ser gravosas. Parecía comprender que todas sus ventajas se evaporaban con cada minuto, como si el destino hubiera decidido darle la espalda.

Se decidió. Acercó el rostro al vidrio roto de la puerta y dijo a El Senador que podía seguir caminando. Cuando echó a andar, detrás de la F100 reiniciaron los movimientos y el Comandante se sobresaltó. Pegó un grito para saber qué pasaba. El Senador dio media vuelta y ordenó que nadie se moviera, que él iba a entrar y que quería a todos calmados para poder dialogar en un ambiente de confianza y respeto.

—¡Hagamos prevalecer el espíritu democrático, pueblo! —vociferó, y hasta el sordo del pueblo entendió.

Avanzó hasta la puerta de La Espiga Roja. No se interesó por los restos de las peceras de soja y los últimos gusanos que viboreaban sobre la vereda, al borde de caer por la cuneta bañados del polvo blanco de los matafuegos. Ya en la puerta, el Comandante Marx le pidió que se detuviera y levantase los brazos. El Subcomandante Marcos salió a una orden de Porchetito y le tanteó las piernas y la cadera. Luego, El Senador ingresó y la puerta se cerró tras él. A diferencia de unos segundos atrás, Porchetto sintió regresar el espíritu victorioso. Era evidente: tenía al político, solo y desarmado, dentro de su cuartel. Se sintió rebosante, pleno. Un Senador preso. ¿No era ese ya un trunfo ni soñado? ¿Por qué hacer caso al indolente de Prasky?

La noche se había cerrado y al interior de la panadería apenas lo mantenían alejado de la penumbra una media docena de velas mal consumidas. Todos se pusieron de pie cuando El Senador cruzó la puerta y saludó con seguridad natural. Unos segundos después, el Comandante Marx se plantó frente a él, rodeado de su estado mayor. Prasky permaneció contra la pared, siempre junto a la puerta y mirando a la plaza para detectar escarceos. A diferencia de Porchetto, cuya seguridad estaba atada al viento y creía haber ganado la ventaja nuevamente, él continuaba esperando una jugada del político.

Finalmente, el Comandante Marx extendió su mano a El Senador; éste le correspondió, también marcialmente. La imaginación de Porchetito elevó la panadería y el momento a una impensada categoría histórica, comparable a la reunión de Nixon y Chou En-lai. O a Yalta. O a Kennedy y Khrushchev. Habló con decisión.

—En nombre de la revolución, le comunico que queda usted detenido.

Prasky meneó la cabeza e insultó por lo bajo. Ana tocó el hombro del Comandante Osvaldito Lenin para que depusiera su entusiasmo por transmitir.

—No creo que eso sea recomendable —dijo El Senador sin inmutarse, mirando al Comandante Marx desde arriba.

La respuesta gallarda zanjaba cualquier duda; la situación distaba de intimidarlo. Porchetto era inferior a su jerarquía. Con los brazos en jarra y las manos calzadas en la cadera, miró en derredor para tener claridad de cuánta gente movía el panadero.

—Poco me importa lo que crea recomendable —retrucó Marx, envalentonado—. Esta es nuestra revolución y no el Senado. Átenlo —ordenó, sin siquiera mirar a sus subordinados.

Los peones se estudiaron: ¿atar a un senador? Braulio hizo un movimiento y El Senador supuso que se dirigía a él, así que lo plantó en seco con un grito duro. Fue como si el planeta se detuviera y sus engranajes crujieran.

—¡Usted! —se dirigió entonces a Porchetito con la furia hinchándole los músculos— ¡¡No se me haga el jefe que no tiene charreteras ni para cabo!!... El que me toca un pelo se hunde más y no lo recomiendo porque ya tienen mierda hasta el cuello. ¡¿O no se dan cuenta de que están perdidos desde el principio, imbéciles?!

El tono imperativo dejó lívido al gigante, al que la experiencia le indicaba que el gritón seguro es patrón y manda. Porchetito quiso interrumpir, pero la palma levantada y la mirada fiera de El Senador fueron censura suficiente. Prasky fue el único que superó la sorpresa. Una neurona se alzó y le dictó lo previsible: la revolución de Estación Alicia estaba acabada. La civilización empezaba a triunfar. Como debía ser.

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Dos líneas en policiales

LA REVOLUTA - EPISODIO 43

Nada más el tractor asomó la trompa en el cruce de calles, Prasky pellizcó el brazo del Comandante Marx. A Porchetito todavía le duraba el entusiasmo por el desnudo de El Senador, pero finalmente giró y se dio con el entusiasmo del periodista. Le pareció demasiado. “Un rato que sí, otro que no; un rato con nosotros, el otro llorando para tomárselas”, pensó el panadero. “A éste se le rompió la bolsa de caramelos”.

—¡Mire, Porchetto, es Braulio!

Prasky arrastró a Porchetto del brazo hasta la ventana y al Comandante lo ganó cierta sorpresa. No entendía qué hacía el tractor de Dugoni con el motor moderando frente al bar de Doña Margarita. Y, sobre todo, qué hacía Braulio junto al viejo carcamán.

—¿Qué caraj...?

—Parece que el tipo promete lo que cumple, Comandante. Debiera aprender de él. Eso es carácter.

—Sea serio, Prasky.

El porteño lanzó una risita.

—¿Qué se traerán? —dijo luego.

—Ni idea, pero lo que sea ayuda.

—Qué bueno que lo admita: alguien piensa más rápido que usted.

—No empiece otra vez con la cantinela. Braulio demostró convicción, che.

—Usted escucha lo que quiere —dijo el periodista, señalando a la plaza: la ley se reagrupaba—. ¿No oyó que dijo que la revolución a él le vale ni fu ni fa?

Porchetto se puso por encima.

—Pavadas. Es un líder; está con nosotros. Debiera haberlo llamado Comandante Lenin.

—¿No le queda un nombre para él?

—Muchos. Si algo han dado las revoluciones son hombres de valía. Y no sea socarrón, que le noto el tonito...

—Ya. ¿Cuál tiene?

—¿Pregunta en serio o boludea? —Prasky respondió que no jugaba y Porchetto se lanzó a una perorata— Ninguno. No había pensado en ponerle nombre de algún héroe histórico... De todos modos, también es bueno que las revoluciones tengan color local. ¿Por qué cree que la bandera nuestra es con trigo?

—Me fijé. Está bien, aunque parece medio maricona.

—Maricona su abuela...

—Eh, tampoco es para tanto. ¿Qué nombre, entonces?

El Comandante bufó.

—Qué se yo... Comandante no puede ser... Un rango inferior, sí, porque no estuvo desde el principio... Pero Subcomandante Braulio no me suena bien... Muy criollo, un nombre medio... pelotudo —devarió Porchetto—... Quizá el segundo nombre de él... Sí... Subcomandante Marcos. Sí. Ese le queda bien.

—Ahá... Con que Marcos... —río para sus adentros Prasky— ...Oiga, recién ahora noto que ando preguntándole tonterías. Piense para adelante: si Braulio y Dugoni hacen lío y no ganan, estos otros se le van a venir crudo.

—La demostración de fuerza de Braulio, perdón, del Subcomandante Marcos, le dará ímpetu a mi gente.

—Bla, bla, bla...

—En serio. El que me llama la atención es Dugoni. No lo imaginé jamás aquí. Creo que debo pensar un nombre para él también.

—Concéntrese, carajo. Hay cosas más importantes.

—Pero... ¡hace un minuto usted quería que buscase nombres para Braulio! ¡¿Quién lo entiende?! ¿Ustedes allá son todos así?

—¿Allá es Baires?

—Sí.

—No. Además, yo puedo pensar y hablar de lo que quiera. El que tiene que estar atento es usted. Es su revolución y usted el jefe. ¿Usted cree que Lenin se distraía en bautizar soldaditos como usted ahora? Mire que es facilito, eh...

—Déjeme decírselo así, incapaz: la presentación de una revolución es muy importante.

Prasky rió con ganas.

—Pare un poco ahí: usted está pensando en el libro de historia antes de cagar la tinta, macho —se buró—. Ahora caigo: quiere esto para que escriban sobre el panadero heroico. ¡Qué bajo lo suyo, Porchetto! Todo esto para dos líneas en policiales. Si las publican.

—Todo héroe merece reconocimiento, al fin de cuentas —dijo el Comandante, con el bronce en el rostro.

style="font-size:125%;">—Sí, y si acá hubiera un psiquiátrico a usted le hacen el monumento al frente. No sé si usted es un boludo romántico o un cínico cualquiera... —y meneando la cabeza:— Bah, no sé por qué me preocupo.... Entonces, ¿Dugoni va cómo?

—Ya le dije que no se me ocurre nada en este momento —respondió Marx, distante.

—Póngale Gramsci —insisitó Prasky—. Total, es tano.

El Comandante no respondió.

—Además, comparado con lo que tiene acá, Dugoni debe ser todo un intelectual. Upa... —señaló al frente— Se mueven...

Porchetito se asomó a la ventana cuando la acción ya tenía velocidad. Estalló en aplausos cuando el John Deere de Dugoni arrasó por primera vez el coche de El Senador. La peonada del Subcomandante Marcos, ex Braulio, se sumó intentando ver por los espacios que dejaban las cabezas de Prasky y El Comandante. Tronaron de risa, alentados por el coraje de su jefe.

Prasky seguía en silencio, mordiéndose los labios, sopesando el impacto de cada giro de las ruedas del tractor. Nada bueno saldría de allí si la policía tomaba el control. Sin embargo, cuando el Subcomandante Marcos inició la centrífuga de bosta de vaca, también él se unió al grupo. Todos vivaron al peón que, de la nada, se erigía en un combatiente aguerrido y valiente.

Pero lo que siguió no fue agradable para los revoltosos de La Espiga Roja. Los policías finalmente tomaron el control del John Deere y, empujando al peón hacia el interior, parecían poner fin a la asonada. Porchetito Marx y su banda se desgañitaron echando alertas a voz en cuello al Subcomandante Marcos, que finalmente pudo apearse de la cabina y escabullirse de las fuerzas del orden.

A Dugoni no le fue tan bien. Los insurgentes lo vieron tomarse el rostro y soltar el volante del tractor y comprobaron impávidos cómo los policías reducían al anciano. Para cuando quisieron darse cuenta, el descalabro ya estaba sobre ellos, pues el John Deere viró ciego hacia la panadería.

—¡¡Nos hace mierda, rajen!! —ordenó Prasky.

La peonada corrió al cuarto del fondo sin orden y el periodista tuvo que detener su propia carrera para llevarse a Porchetito Marx, impávido junto a la puerta. Ana se había unido pronto al primer grupo y el único que seguía entonces absorto era Osvaldito Lenin, que continuaba el recitado de la proclama, a media lengua, por el micrófono de radioaficionado del verdulero Raimundi.

Fueron milésimas de segundo en las que todos esperaron que el frente de la panadería se viniera abajo por el impacto de la mole verde de hierro, pero nada ocurrió. a último momento, el tractor desvió la trayectoria y siguió por la vereda, en paralelo a La Espiga Roja Revolucionaria.

Lo que siguió fue el estruendo de las peceras volando en pedazos.

—¡¡¡Cagamos!!! —gritó el Comandante Marx— ¡¡¡Se soltó la bicha!!!

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jueves, 9 de abril de 2009

La bicha

LA REVOLUTA - EPISODIO 42

El runrún del tractor no fue extraño para los vecinos: Dugoni era uno más en el pueblo. Años llevaba trabajando la tierra con su viejo John Deere, yendo y viniendo por esas calles de Dios. Por eso el ronroneo expectante en de su bestia verde en una esquina de la plaza, a metros del bar de Doña Margarita, no significó nada. Para todos, Dugoni estaría viendo qué pasaba en el pueblo. Nada más la asamblea de viejos sentados en la plaza era suficiente espectáculo. Los locos de la panadería valían de postre.

Sin embargo, quienes sí atendieron al sonido de la máquina fueron El Senador, el comisario, Giusti y sus hombres. Los policías se revolvieron pero fue Giusti quien los calmó aclarándoles que no era más que un contratista de la zona.

—Un viejo loco —decidió—. No le den pelota.

Giusti siempre elegía esa frase para referirse a Dugoni, aunque también la aplicaba a cualquiera que no comulgase con su visión de las cosas. Lopes estaba loco porque tenía biblioteca. El pueblo estaba loco porque seguía allí. El aire estaba loco porque enloquecía al pueblo. Sin embargo, nada más la locura de Porchetito se había manifestado para confirmar su impresión.

Para Dugoni, en cambio, el estanciero era un hijo de puta cabal. Cuando comenzó a rentar los campos, sus asociados llegaron provistos de máquinas modernas y nuevos aparejos para cosecha. El viejo se quedó de a pie. Dugoni se peleó con algunos capataces y les hizo saber que se las cobraría con Giusti también por, dijo, cagón y comemierda. Recién pudo hacerlo cuando logró meter al estanciero en una encerrona. Ocurrió en un camino rural que salía de uno de los campos del estanciero. Dugoni se había escondido con su John Deere detrás de un montecito de paraísos, aguardando que el estanciero concluyera su visita a la estancia. Cuando la F100 de Giusti asomó por la boca del camino, le tiró el tractor encima.

La Ford acabó en la banquina, con tanta mala suerte que la puerta del conductor se atascó con el impacto y el peón bigotudo quedó atrapado dentro de la camioneta. Giusti quedaba a su suerte. A su gordo el aire caliente le saltaba a mares por las fauces abiertas. Cualquiera podría haberse intimidado con él, pero no Dugoni, capaz a su vez de tumbar, borracho, un novillo en una yerra. El viejo aprovechó la desprotección de Giusti, bajó del tractor y lo insultó mientras sacudía ante los ojos del bigotón una barreta para hacerle saber que también habría para él si se hacía el sotreta.

Dugoni había estado bebiendo en el bar de Doña Margarita y se embaló cuando un par de peones calientaorejas empezaron a contar los fabulosos negocios que Giusti hacía con los porteños.

—Hace la plata en pala, hace...

—¡Viejo ‘e mierda! —montó en cólera Dugoni, afectado por la insidia— ¡¡Ió le vua dá hacé guita a mi costa!!

Dejó el lugar moviendo a la carrera sus ciento cincuenta kilos y encendió el tractor con la misma premura. Pero el John Deere no avanzaba a la misma velocidad que su incordio y recorrió el camino hasta el campo de Giusti con paciencia de burro. Ni esa parsimonia andariega calmó al gringo, que cubrió todo el trayecto alimentando la saña, dando puñetazos al volante e insultando a destajo.

Finalmente frente a la camioneta, borracho pero bravo, Dugoni se bajó el cierre del pantalón y meó por la ventanilla. El bigotón y el estanciero hicieron lo imposible por cubrirse pero la orina les entró hasta por la boca. Dos segundos después Dugoni descargaba más furia a barretazos sobre el techo de la F100.

—¡Porca miseria! ¡Porca miseria!

Cuando ya no restaba prácticamente un centímetro de chapa por abollar y el cansancio le había tomado el cuerpo, Dugoni se bajó los pantalones y los calzoncillos y defecó en el piso. Después, aun con los Pampero en los tobillos, se agachó, juntó la mierda del piso y la lanzó al rostro de Giusti y el bigotón.

Entre risas e insultos, eso mismo había recordado ahora Dugoni en el viaje con Braulio hacia el pueblo. El peón iba apeado en el estribo de la cabina del John Deere explicando al viejo la idea de Porchetito de tomar los campos. A Dugoni, la mera idea de dañar a Giusti, alcanzaba para movilizarlo. Se sumó entusiasmado a la banda de revoltosos y de lo único que se lamentó fue de no haber estado en el momento en que la revolución había tomado prisionero al estanciero.

—Me hubiera encantao miarlo otra vé al culiao ese... —dijo ya haciendo guardia con Braulio en la esquina del pueblo.

—Aura vai a podé... —le festejó el otro— ¿‘Tamo listo, che?

—Ió sí, ¿vó?

—Soy un soldadito. ‘Tonce... ‘vamo.

Dugoni aceleró y el motor del tractor lanzó un ronquido estruendoso y una bocanada de humo saltó por el escape lateral. El viejo enfiló la máquina hacia la panadería con la misma velocidad de tortuga de siempre.

—¡¡¡¡¡Giustiiiii!!!! ¡Reverendo hijueputa, te vamo a ‘cé recagá!... —provocó Dugoni— ¡¡¡Giustiiiii!!!

— ¡Devolvé lo campo, culiao! —se sumó Braulio— ¡Devolvé lo campo!

Nadie permaneció indiferente. El pueblo completo, los policías, el estanciero y El Senador se volvieron sorprendidos hacia el dúo del tractor y aun estaban consternados identificando quiénes capitaneaban la máquina cuando las ruedas del John Deere, avanzando por un costado de la calle, se subieron al auto del secretario de El Senador. El sedán quedó abollado como una lata de cervezas.

—¡¡El auto!! ¡¡El auto!! —se desesperó el comisario.

—¡¿Qué auto, pelotudo?! —tronó El Senador—. ¡Agarrame a esos dos inmediatamente, la puta que te parió! ¡Ese auto me sale de los viáticos, carajo!

La respuesta del oficial fue previsible:

—¡¡Tiren!!

—¡¡Noooo!! —el secretario se plantó frente a los fusiles de los agentes y los capataces del estanciero con los brazos en alto—... ¡¡Senador, no!! ¡¡La prensa!!

Mientras Doña Margarita repetía “mi Dios, mi Dios” y los pueblerinos habían dejado sus sillas para seguir la controversia, El Senador se recompuso haciendo gala de su pragmatismo automático.

—¡Comisario, pare! ¡Ni una bala!

—¡¿Y cómo quiere que los paremos?! —se quedó el petiso, indeciso.

—No sé, pelotudo, pero tiros no. —lo conminó El Senador, cubierto ya a las espaldas de sus tres asistentes— Invente algo, que para eso es policía.

Giusti, en tanto, insistía a sus peones que siguieran encañonando a Braulio y Dugoni que, extraviados, disfrutaban viendo al John Deere ir y venir sobre el coche del secretario.

—¡Juá, qué quilombo que estamo’ haciendo, Dugoni!

—¡¡¡Giustiiii!!!! ¡Ió te vua dá dejame sin trabajo!

Entonces, el policía de las zapatillas sin cordones y uno de los gordos, soltaron sus armas y corrieron al tractor para tomarlo por asalto. Braulio los vio llegar y no le costó rechazarlos con la pierna libre del apero. Pero pronto otros dos se sumaron a la carga, seguidos de los peones del estanciero y los demás policías que aun quedaban con las armas en las manos.

—¡Braulio, ahora! —gritó Dugoni— ¡Ahora!

Con agilidad de gacela, el peón se estiró dentro del John Deere y volvió a aparecer con las manos cargadas de bosta fresca de vaca. Le estampó una torta en el rostro a un policía y empezó a repartir bandazos a diestra y siniestra, imitando a Dugoni cuando emboscó a Giusti.

La bosta voló sin descanso impulsada por el brazo fuerte de Braulio. Giusti recibió un paquete oloroso a la distancia sobre la boca, la nariz y los ojos y a los asesores de El Senador la mierda les cubrió todo el cuerpo mientras procuraban escudar al jefe. El comisario fue el único que logró evitarla zambulléndose bajo la F100.

—¡Tomá mierda, viejo culo roto!

Cuando Braulio notó que se quedaba sin parque, dio un aviso al gringo, que forzó la marcha del John Deere hasta quitarlo de encima del auto. El tractor dio un respingo y los policías que a duras penas se sostenían del estribo evitando los bombazos orgánicos del peón se desparramaron por el piso. Braulio entonces descargó un enorme bidón con suero de cerdo, el mismo en el que había caído Prasky cuando su Fiat lo abandonó.

Pero la batalla estaba lejos de acabar inclinada hacia el bando revolucionario. En el desconcierto, el comisario había logrado escabullirse de su escondite bajo la camioneta y, con un veloz movimiento, impropio de su físico rechoncho, lanzaba a dos manos una enorme torta de bosta que recogió del piso de la plaza.

El parabrisas del John Deere quedó cubierto y Dugoni perdió la visual. El viejo aminoró la velocidad mientras procuraba limpiar el vidrio con una mano, pero ya el tractor había perdido la línea y enfilaba hacia la panadería. En menos tiempo del pensado, los policías aprovecharon el descuido, treparon a la máquina y consiguieron ingresar velozmente a la cabina. Braulio se les escabulló pero Dugoni quedó librado a su suerte con dos agentes colgados del cuello.

Sin control, el John Deere dio un barquinazo, terminó de torcer el rumbo, subió a la vereda de la panadería y, antes de acabar frenado por los policías justo frente a la casa de Lopes, destrozó las peceras con la soja y los gusanos.

El comisario fue el primero en dar el grito de alarma.

—¡¡¡La bicha!!! ¡¡¡Soltaron la bicha!!!

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jueves, 2 de abril de 2009

La viga en mi ojo

LA REVOLUTA – EPISODIO 41

Prasky le rodeó el cuello con el brazo y la besó en la frente por última vez. Después se acomodó a su lado y le enruló el cabello. Ana volvió a una pregunta con respuesta pendiente: por qué esperó hasta el final para contarle de él algo más. Prasky se detuvo en la frase: ¿ella pensaba como él? ¿Presentían ambos el final de la pandilla de Primo Boschetto? ¿Era también su final de ellos? Habían tenido apenas un encuentro trunco, esta noche y un largo juego previo. ¿Concluían también? En ese preciso instante Prasky supo el por qué de aquel revolcón en las tripas cuando la llegada de El Senador abría otra vez las puertas a su partida de Estación Alicia.

—¿Vos creés que pude haberme enamorado de vos en tan poco tiempo? —disparó el periodista a quemarropa.

Ana no se inmutó. La idea también le daba vueltas en la cabeza.

—Más bien creo que es metejón. Fuertecito, pero metejón.

—Hum.

Prasky comenzó a vestirse otra vez. Desde el salón de ventas de La Espiga Roja Revolucionaria llegaban las risas de los peones, a los que se había unido Porchetito. Su voz, ahora exageradamente feliz, ratificaba un desenlace victorioso en su forcejeo con El Senador.

—¿Y eso es mejor o es peor que enamorarse?

La maestra lo atravesó con la mirada. No tenía respuesta para eso. La única certeza que poseía en ese instante era que vería a Prasky marcharse en breve. Un día o dos, quizás horas. Pero se iría. La idea de volver a verse sola la hundió en la cama de Porchetito.

—Voy a responderte —dijo entonces Prasky, ya casi terminando de vestirse—. A por qué esperé hasta el final, digo. No sé si lo tengo muy claro pero creo que es un comportamiento muy propio de mí. O sea, para mí, esto, la revolución de Porchetito, se va al diablo en segundos. Es un asunto simple, no algo que me vaya a marcar de por vida, excepto por vos —aclaró—, quiero decir...

—No tenés que aclarar, Ezequiel, no es necesario —no había enfado en la voz de la maestra, que también comenzó a vestirse.

—No, no lo digo de comedido o para quedar bien. No, de veras que tengo algo... interesante —Prasky estaba corto de palabras— con vos. O sea, me gustás, que quede claro. Vuelvo a lo anterior. Cuando empezás a ver por qué fracasó todo, y tarde o temprano lo haremos o lo haré con esta chifladura de Porchetito, te preguntás qué hiciste vos. Si sos o no responsable de eso, por acción o por omisión —Ana lo escuchaba atentamente, aunque sin mirarlo, terminando de ponerse las ropas—. Por lo general, nos abrimos. Somos, cómo decirlo, demasiado pequeños. Mentalmente, quiero decir. Siempre la culpa de la derrota, como ahora, o del fracaso sistemático, como me pasa a mí, la tiene un vecino o el hijo de puta de afuera, ¿me explico?

Ana le hizo saber que sí.

—La paja en el ojo ajeno —respondió.

—Exacto. Es más sencillo, más fácil...

—Más maricón.

—Y más inmaduro, también, poner en otro mi responsabilidad. Bueno, con esto me pasa lo mismo. Me preguntaste por qué ayudé hace un rato a Porchetto, te dije que por lástima. Entendiste bien: era hacia mí. Yo me debía hacer algo, no por la pendorchada de la revoluta del panadero, sino... —Prasky se detuvo, como si su cerebro fundiera a blanco.

—¿Sino?...

—Yo no quiero resignarme a que tengo que ser adulto —su tono se hizo grave—. No queremos resignarnos, comprometernos, tomar decisiones. No queremos ese compromiso porque duele, porque no aprendimos a crecer bien, a asumir que hay que despellejarse para llegar a tener, qué se yo, la verga gorda y el pubis con pendejos.

—No es muy educado pero sirve como figura —concedió Ana.

—Sí, pero pará, no me hables al toque que pierdo el hilo... Responsabilidad va de la mano con aceptar que, ante el error o la pérdida, ante cualquier derrota y fracaso, tenemos que detenermos y revisar qué hicimos mal. Si somos responsables, y perdón que insista con esto, si descubrimos entonces el error, la falla, el equívoco, entonces tenemos la obligación moral o como quieras llamarla de corregir la metida de pata. Eso es, al fin, ser adultos: hacerse cargo de, al menos, evitar repetir las estupideces del pasado.

Ana se detuvo un instante, mientras se ponía los zapatos, asaltada por un cuestionamiento repentino.

—¿Estás hablando de vos, no? Porque suena a caracterización nacionalista... No caigas en eso.

Prasky dudó. Terminó de acomodarse la ropa y quitó la silla del picaporte.

—Sí, por supuesto. Hablo de mí —dijo finalmente.

Abrió la puerta y cedió el paso a Ana. En la sala los recibieron a los gritos, bebiendo una caña que ni Ana ni Prasky supieron de dónde había salido. Porchetito Marx se acercó a la carrera y, metiéndose entre ambos, los llevó al centro de la sala. Pidió un brindis por Ana, por Prasky, por la revolución y por él.

—¡Hasta la victoria, siempre! —aulló.

Prasky estaba ausente. En otro momento se hubiera burlado de los lugares comunes del panadero pero parecía no estar de ánimo. En rigor, se decía, su misma explicación sobre su escaso compromiso era una librería de frases hechas y pensamientos superficiales. Lo que él anunciaba como autocrítica era todo lo contrario. Así era para él la revolución, Estación Alicia, su país, el mundo. Ausencias, inhibiciones, privaciones, retiros. Desentendimientos.

Para Prasky, su vida —todas las vidas— podían explicarse recurriendo a la militancia de las personales en un infantilismo perpetuo. Omisiones para tomar el toro por las astas, olvidos del sí dado, apartamientos y alejamientos de las papas que queman. Lugares comunes, miedo a ser señalado, una sucesión de escapes.

Ana lo adivinó en esa senda y se acercó hasta él. Le rodeó la cintura con el brazo y apoyó la cabeza en su pecho. Por un instante, Ezequiel Prasky se reconcilió consigo mismo y estuvo dispuesto a quedarse a vivir con la maestra olvidadiza e inventora de historias en el medio de la nada rural. Pero entonces al segundo siguiente vio a Porchetito levantar la copa, gritarle “camarada Prasky” y todo volvió a ser igual. Otra cuña en la cacha que borraría apenas dejase ese jodido pueblo de mierda.

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